ETICA Y CONSTRUCCION DE LA CIUDADANIA

Espacio de la Cátedra de Etica y Construcción de la Ciudadanía. 4º año, Prof. de Educación Primaria - ENSAGA


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ETICA Y CONSTRUCCION DE LA CIUDADANIA

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1 ETICA Y CONSTRUCCION DE LA CIUDADANIA el Miér Abr 18, 2012 9:55 pm

GARCÍA

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Última edición por Garcia el Miér Abr 29, 2015 2:34 pm, editado 1 vez

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2 muchas gracias profe el Lun Jun 25, 2012 4:51 am

gracias por ocuparse de su labor con profesionalismo, me alienta a seguir creciendo. un abrazo

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3 ^^ el Jue Jun 28, 2012 5:21 am

GARCÍA

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Muchas gracias Mauricio! Wink
El reconocimiento y ver que el esfuerzo da frutos en ustedes es el mejor estímulo para seguir aprendiendo juntos...

Hasta mañana! Wink

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4 ACTIVIDAD PARA LA SEMANA DEL 27/3 el Mar Mar 28, 2017 12:27 pm

GARCÍA

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En grupos de 6 a 8 alumn@s, seleccionar un texto en lenguaje literario: una canción, poesía, prosa; que tenga lo que uds. consideren sean connotaciones éticas y morales. Analizarlo y compartir conclusiones en clase.

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5 Re: ETICA Y CONSTRUCCION DE LA CIUDADANIA el Miér Mar 29, 2017 3:29 pm

Ok profe .

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6 ACTIVIDAD PARA LA SEMANA DEL 3/4 el Lun Abr 03, 2017 12:36 pm

GARCÍA

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En grupos de 6 a 8 alumn@s, seleccionar una norma moral (no inventarla) y una norma jurídica. Analizarlas y compararlas. Establecer similitudes y diferencias.

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7 Re: ETICA Y CONSTRUCCION DE LA CIUDADANIA el Lun Abr 10, 2017 11:56 am

GARCÍA

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MORAL

Procede del término latino ‘mos-moris’, que significa ‘costumbres’ y también ‘modo de ser’, en el sentido de que el carácter se adquiere a través de las costumbres y de los hábitos de conducta.
De una manera muy general, podemos definirla como "las normas y comportamientos justos y conformes al deber que una sociedad o un grupo humano acepta como válidos en un instante histórico determinado".
En el lenguaje cotidiano es frecuente utilizar la palabra moral como sinónimo de ética. Sin embargo, la tradición filosófica suele distinguir entre ellas, aunque no de una manera muy precisa. Así, la ética trata de las reflexiones teóricas acerca de qué es el deber y por qué razones deben ser considerados como justos o injustos ciertos actos. En cambio, la moral sería el conjunto de normas concretas que llevan a la práctica real la reflexión ética. De aquí que muchos pensadores afirmen que la moral no es más que ética aplicada.
Algunos rasgos que definen a la moral son:
- Está basada en las acciones prácticas, aunque estas procedan de una reflexión ética previa.
- Sus normas se expresan en imperativos morales (haz esto, no hagas aquello) que dictan cuál es nuestro deber.
- Sus mandatos exigen cumplimiento por respeto al deber. De ahí que las acciones morales provoquen responsabilidad, es decir, obligación a responder moralmente de los propios actos. Ahora bien, para que exista responsabilidad moral son necesarios, entre otros, los siguientes elementos: conocimiento de lo que se hace y de las consecuencias que puede tener la acción, voluntariedad, si existió libertad de acción y el carácter bueno o malo de las intenciones que se querían lograr con el acto.
El filósofo José Luis Aranguren (España 1909/1996) distingue entre:
- Moral como estructura: el hombre posee una dimensión moral que lo constituye como hombre. Esta dimensión surgió históricamente durante el proceso de humanización (adquisición del pensamiento y la cultura en las primeras sociedades humanas). Por tanto, todos los seres humanos tienen moral.
- Moral como contenido: el conjunto de normas concretas que forman un código moral determinado. Cada civilización suele tener un código moral propio que se diferencia del de otras civilizaciones. El hecho de que algunos valores morales sean diferentes, no debe evitar la búsqueda de un código moral mínimo que sea respetado en todos los lugares del mundo. Ésa es la función que se otorga a los Derechos Humanos.
Desde el punto de vista de la moral, un hecho debe ser considerado bueno o malo atendiendo a los conceptos de bien y de mal moral. Estos conceptos son elaborados por la llamada conciencia moral, que consiste en la capacidad que posee el ser humano de juzgar sus actos y los de los demás en relación a si son o no justos.
El filósofo ilustrado D’Alembert (Paris 1717/1783) definía a la moral de la siguiente manera: "Lo que pertenece esencial y únicamente a la razón, y lo que, consiguientemente, es uniforme a todo los pueblos, son los deberes a los que estamos obligados para con nuestros semejantes. El conocimiento de estos deberes es lo que se llama Moral."


Ley moral

Existen muy variados y diferentes tipos de leyes: jurídica, naturales, científicas, formales, probabilísticas, morales, etc. De una forma excesivamente genérica, con el concepto ‘ley’ expresamos, o bien una regla o relación a las que están sometidos los seres de la naturaleza por su propia constitución física, biológica, etc. (y hablamos entonces de leyes científicas o naturales), o bien una norma o conjunto de normas que obligan a las personas a actuar de determinada forma, concretamente la que está estipulada por la ley (y hablamos entonces de leyes jurídicas o de leyes morales).
La ley moral es el conjunto de imperativos, normas y preceptos que constituyen un código moral determinado. Lo que expresa la ley moral es nuestra obligación a actuar de acuerdo a la racionalidad moral, la cual determina nuestros actos. Esencialmente la forma que adopta la ley moral es la de un imperativo.
Se diferencia de la ley jurídica en que ésta, en el caso de que alguien la incumpla, el Estado y los poderes públicos ejercen una coacción, es decir, ejercen la fuerza sancionando al infractor con determinados castigos. En cambio, la ley moral aunque de obligatorio cumplimiento también debido a que la racionalidad del ser humano así lo impone no se inspira en la coacción física (el castigo legal) para obligar a su ejecución o para sancionar al inmoral. Su obligatoriedad no deriva, pues, de algo externo a ella, sino de sí misma: la ley moral debe cumplirse porque mi conciencia me dicta que ése es mi deber.
Ambas normas, moral y jurídica, son imperativas. La norma moral generalmente no se origina en forma escrita y se transmite por traición oral y la influencia de la sociedad y la cultura. La norma jurídica se comunica en forma escrita en el Boletín Oficial y emana del Poder Legislativo.
Los estudiosos de la Ética han señalado tres rasgos genéricos que caracterizan a las leyes morales:
- Obligatoriedad.
- Incondicionalidad: el cumplimiento de las leyes morales no depende de nada exterior a la propia moralidad (es decir, no está condicionado por alguna pena exterior como el castigo), sino que la finalidad de las acciones morales hay que buscarla en el respeto que me produce el cumplimiento del deber moral, es decir, son incondicionales.
- Universalidad: en principio, las leyes morales aspiran a la universalidad. El fundamento en que se basa esta pretensión es el siguiente: si yo estoy plenamente convencido de que algo es bueno en sí (y no sólo es bueno para mí) porque así lo determina mi conciencia moral, debo creer necesariamente que también es bueno para el resto de los seres humanos. Sin embargo, no todos los autores están convencidos de que esta propiedad (aparte de ser un ideal de la razón humana) se dé en el mundo real. El relativismo ético, por ejemplo, sostiene que las leyes morales sólo tienen validez subjetiva, ya que su origen está determinado por las diferentes tradiciones históricas y culturales de cada sociedad humana.
Debemos distinguir entre ley y principio moral. Este último es el criterio supremo que se invoca para justificar todas las leyes y preceptos morales, los cuales se deducen de aquel. Ejemplo de principio moral sería: "la felicidad es el fin de toda vida humana y ésta se alcanza mediante la obtención del placer y la ausencia del dolor". De ese principio, se derivarían leyes morales como las siguientes: "para ser feliz, debes gozar moderadamente de los placeres", o "si buscas la felicidad, limita el número de tus necesidades".
Según Kant, también hay que distinguir entre ley y máxima moral. Él mismo establece esa distinción en su Crítica del juicio: "Son [principios éticos] subjetivos o máximas, cuando la condición es considerada por el sujeto como valedera sólo para su voluntad; son, en cambio, objetivos o leyes prácticas cuando la condición es conocida como objetiva, es decir, valedera para la voluntad de todo ser racional". Una máxima es aquella norma dirigida a sólo una persona en particular, como las máximas de San Martín a su hija Mercedes.
También distingue Kant entre ley y precepto moral: el segundo es cuando una norma se aplica a un acto único, mientras que la ley tiene validez para todos los actos que pertenezcan a una clase o género.


Principio moral

En general, se entiende por principio el origen de lo que procede algo, la causa o el fundamento que da cuenta de un hecho. Sin embargo, el término se aplica también en otros sentidos, sobre todo en lógica y en epistemología. Principio lógico es la proposición inicial de una inferencia o deducción. Se entiende por principio epistemológico el fundamento teórico de algún conocimiento.
El concepto ‘principio moral’ no es interpretado igual por los autores que escriben sobre ética. Para muchos de ellos su significado equivale al de ley moral. Sin embargo, muchos otros establecen una distinción entre esos dos términos: el principio moral (también llamado por algunos ‘principio de la moralidad’) sería el criterio supremo de un determinado tipo de moralidad. Se caracteriza por ser el criterio superior, es decir, por no derivarse de ninguna otra norma que esté situada por encima; al contrario, todas las demás normas morales toman su fundamento de él. Así, en Epicuro, el principio moral sería la búsqueda del placer; en Kant, el obrar por puro respeto al deber, obrar que se deriva del principio de la buena voluntad, etc.
El principio moral expresa un criterio, una orientación a seguir y así está enunciado, por ejemplo: “La felicidad es el objetivo a alcanzar por todos los hombres y sus actos están encaminados a ese fin”.
El valor moral sería “la felicidad”.
La norma sería: “Sé feliz” o “Debes ser feliz”. Siempre en tono imperativo y nunca el verbo en modo infinitivo.



Moralidad

Por regla general, se entiende por moralidad el ejercicio de los ideales éticos. En ocasiones, sin embargo, también es utilizada como un sinónimo de moral, entendida ésta en un sentido amplio y no restrictivo.
La moralidad consiste en las obligaciones que la conciencia nos impone en relación con nuestros deberes, ya sean estos para con los demás, para con la naturaleza y los seres naturales, o para con nosotros mismos. Esos deberes se caracterizan por no ser impuestos por ningún poder exterior a nosotros (como sí lo son los deberes que emanan del Derecho o del Poder, cuyo incumplimiento lleva aparejado un castigo físico o administrativo), sino que su mandato proviene de nuestra propia razón.
A ese respecto es muy conocida la distinción que establece Kant entre legalidad y moralidad. La primera sería la determinada por la ley moral; la segunda, en cambio, estaría determinada por el amor y el respeto a la ley moral. En su terminología, pues, la legalidad consiste en acciones conforme al deber; la moralidad, por contra, en acciones por deber. Quiere esto decir que alguien puede cumplir con la legalidad pero no ser moral; sucede ese caso cuando alguien obra bien, pero no por respetar a la ley moral, sino por miedo al castigo o buscando una recompensa social por su acción.
También conviene señalar que la moralidad no puede identificarse con una moral concreta o con un momento histórico determinado. Aunque la moralidad no puede sustraerse a la evolución histórica de las ideas morales, se encuentra más allá de ellas: es una exigencia irrenunciable del ser humano, el cual trata de plasmarla en morales concretas (estas sí que están influidas por la tradición, la cultura, las ideas recibidas o los sucesos históricos del pasado). De ahí que una de las características de la moralidad sea la de potenciar la propia crítica moral, con el fin de ir avanzando en el orden de la justicia social.



Acción moral

Se entiende por ‘acción moral’ cualquier acto que haya sido ejecutado obedeciendo a los mandatos de las leyes morales. Por tanto, no todas las acciones humanas son susceptibles de recibir una cualificación moral (por ejemplo, desde el punto de vista ético el estornudar no puede merecer ninguna valoración moral propiamente dicha, salvo que lo hagamos encima de una persona para fastidiarla, con lo cual lo valorable moralmente sería nuestra intención de dañar a esa persona, no el acto de estornudar en sí). Sólo podemos hablar de acciones morales o inmorales cuando cumplan al menos un conjunto de condiciones:
- Ser una acción que afecte a normas, principios o valores morales.
- Haber sido realizada con libertad, es decir, haber tenido la oportunidad de elegir entre varias opciones antes de realizar la acción. En el caso de que no exista esa libertad (por ejemplo, si alguien me obliga a realizar un acto apuntándome con un revólver), el individuo no puede ser considerado responsable moral de esa acción.
- Que haya sido realizada voluntariamente y siendo consciente de los efectos que iba a producir esa acción. Por ejemplo, si yo realizo un acto y, sin que yo lo sepa, ese acto causa trastornos graves a otra persona, no puedo ser considerado responsable moral del daño causado involuntariamente.
- Las intenciones o fines con los que yo he llevado a cabo esa acción, puesto que puede darse el caso de realizar un acto bueno en sí mismo aunque las intenciones que motivaron ese acto fueran inmorales (por ejemplo, alguien que ayuda económicamente a una familia pobre, aunque lo hace con la secreta intención de obtener favores sexuales). O a la inversa: provocar un daño aunque mis intenciones sean buenas.
El filósofo Kant afirmó al respecto que sólo podían ser consideradas como buenas moralmente aquellas acciones que hubieran sido ejecutadas exclusivamente por puro respeto al deber moral, es decir, sin que nos moviera ningún interés particular en realizarlas. Según él, existen las ‘acciones conformes al deber’, las cuales no son estrictamente acciones morales, porque el fin que las motivó fue el interés personal y no el respeto al deber. Él mismo pone un ejemplo de ‘acciones conformes al deber’: un comerciante que no practica la usura puesto que mantiene bajos sus precios, pero lo hace para tener más clientes y enriquecerse, no porque considere que ésa es su obligación moral.

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8 ACTIVIDAD PARA EL 12/4 SÓLO 4°A el Lun Abr 10, 2017 11:59 am

GARCÍA

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En grupos de 6 a 8 alumn@s, seleccionar una norma moral (no inventarla) y una norma jurídica. Analizarlas y compararlas. Establecer similitudes y diferencias.



Última edición por Garcia el Mar Abr 11, 2017 3:11 pm, editado 1 vez

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9 ACTIVIDAD PARA EL 11/4 SÓLO 4B el Lun Abr 10, 2017 12:04 pm

GARCÍA

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En grupos de 6 a 8 alumn@s, describan los principales rasgos de personalidad, sus ideas y algunas de sus acciones de una persona imaginaria, moralmente muy severa y estricta a nivel “extremo”. Lo ve todo a través de la Moral, desde un reduccionismo ético y moral.
Hacer una crítica constructiva sobre el caso. Traer un retrato de la misma. (imagen, dibujo, foto, collage, dramatización, etc.)



Última edición por Garcia el Mar Abr 11, 2017 3:12 pm, editado 1 vez

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10 ATENCIÓN 4° A el Mar Abr 11, 2017 1:00 pm

GARCÍA

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HOY MARTES 11/4

"NO" ME ADHIERO AL PARO DOCENTE.

Dicto Cátedra normalmente.
Saludos Wink

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11 ACTIVIDAD PARA LA SEMANA DEL 17/4 el Sáb Abr 15, 2017 1:25 pm

GARCÍA

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4A
En grupos de 6 a 8 alumn@s, describan los principales rasgos de personalidad, sus ideas y algunas de sus acciones de una persona imaginaria, moralmente muy severa y estricta a nivel “extremo”. Lo ve todo a través de la Moral, desde un reduccionismo ético y moral.
Hacer una crítica constructiva sobre el caso. Traer un retrato de la misma. (imagen, dibujo, foto, collage, dramatización, etc.)


4B
En grupos de 6 a 8 alumn@s, describan los principales rasgos de personalidad, sus ideas y algunas de sus acciones de una persona imaginaria, moralmente muy relajada y laxa a nivel “extremo”.
Hacer una crítica constructiva sobre el caso. Traer un retrato de la misma. (imagen, dibujo, foto, collage, dramatización, etc.)

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12 ATENCIÓN 4° B el Dom Abr 23, 2017 4:17 am

GARCÍA

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EL MIÉRCOLES 26/4 "NO HABRÁ CLASE DE ÉTICA", por estar convocado a una mesa de examen extraordinario de dicha materia, en la misma Institución.

Hasta la próxima Wink

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13 PRÁCTICA PARA 4° A - 25/4 el Dom Abr 23, 2017 3:13 pm

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En grupos de 6 a 8 alumn@s, describan los principales rasgos de personalidad, sus ideas y algunas de sus acciones de una persona imaginaria, moralmente muy relajada y laxa a nivel “extremo”.
Hacer una crítica constructiva sobre el caso. Traer un retrato de la misma, mediante un recurso expresivo distinto al anterior, no imágenes.

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14 PRÁCTICA PARA 4°B - 3/5 el Dom Abr 23, 2017 3:40 pm

GARCÍA

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En grupos de 6 a 8 alumnas, seleccionar dos noticias “reales” de fuente real, con connotaciones éticas y/o morales. Analizar su texto, debatir y compartir conclusiones sobre la mirada ética y moral de dicho medio sobre el objeto de las noticias. Citar la fuente.

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15 RECORDATORIO el Miér Abr 26, 2017 11:25 am

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RECUERDO A 4°B QUE HOY 26/4 "NO" HAY CLASE DE ÉTICA.


Hasta la próxima! Wink

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16 ÉTICA Y MORAL - BASE CONCEPTUAL el Mar Mayo 02, 2017 1:01 pm

GARCÍA

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Inmoralidad

En sentido literal, aquello que es contrario a un determinado código moral. Cuando se aplica a un individuo, nos referimos a que su conducta no respeta habitualmente las normas morales vigentes en una sociedad concreta.
Sin embargo, el inmoralismo puede tener un valor positivo, tal y como sucede en la filosofía de Nietzsche. Sucede así cuando el individuo considerado socialmente como inmoral intenta ejercer una acción crítica con respecto a un código de normas morales que él considera injusto, al que trata de modificar o sustituir por otro código más justo. A este respecto, es interesante señalar que muchos de los grandes reformadores éticos de la historia fueron acusados de inmorales por los partidarios de los viejos códigos de conducta. En ese sentido, cabe considerar al inmoralismo como la antesala de una nueva moralidad.


Amoralidad

Su significación estricta es "aquello que carece de moral". Utilizando una expresión del filósofo Nietzsche, podríamos decir: "aquello que está más allá del bien y del mal".
Es importante señalar que ‘amoral’ no significa lo mismo que ‘inmoral’, puesto que lo inmoral es algo contrario a lo moral, y es catalogado así por comparación con las normas morales. Sin embargo, lo amoral se encontraría tan alejado de lo inmoral como de lo propiamente moral.
En filosofía, ‘amoral’ también se suele utilizar como calificativo que acompaña a todas aquellas disciplinas que tratan los hechos sin valorarlos desde una perspectiva ética o social. Por ejemplo, con la expresión "el conocimiento científico es amoral" queremos significar que estudia los hechos prescindiendo de cualquier valoración moral.
Se ha discutido si existen o no individuos ‘amorales’, esto es, que carezcan de cualquier norma moral. En general, se acepta que no pueden existir, puesto que toda persona se guía por uno u otro código de conducta que lleva implícito ciertos valores morales. Ni siquiera los psicópatas con graves alteraciones emotivas y conductuales carecerían de normas y valores propios. Únicamente en el caso de personas con gravísimas deficiencias mentales, y por tanto carentes de una mínima racionalidad, podríamos hablar de individuos amorales.



Prejuicio

Deriva del término latino praejudicium, y en su sentido etimológico designaba la acción de prejuzgar algo antes de que sucediera, o en valorarlo sin suficiente conocimiento o causa del mismo.
En el sentido usual y cotidiano, se entienden como prejucios ideas falsas o deformadas sobre algún ámbito concreto. La causa de ese error tiene que ver con la existencia de sistemas de transmisión culturales que consolidan esas opiniones erróneas. Por ejemplo, en muchas sociedades todavía constituye un prejuicio la creencia en que la mujer es menos inteligente que el hombre.
Desde el punto de vista de la filosofía, se entiende por prejucio una idea u opinión sobre alguna cuestión sin poseer el conocimiento adecuado para ello, o sin haber realizado un análisis crítico previo sobre la cuestión que se va a opinar.
Socialmente, los prejucios constituyen importantes trabas para la aceptación colectiva de teorías, modos de vida, costumbres, etc., ya que su erradicación de la cultura popular es lenta y difícil. Existen numerosos tipos de prejuicios: científicos, morales, culturales, artísticos, etc.


Conflicto

Se produce un conflicto cuando en una situación determinada nos aparecen varias alternativas posibles a la hora de tomar una decisión; dichas alternativas deben ser incompatibles y poseer una intensidad similar. En el caso de que no fuera así, no existiría conflicto ya que tendríamos claro qué alternativa elegir.
Hablamos de conflictos morales cuando este hecho aparece en relación con un tema moral o ético. En ese sentido, podemos decir que se trata de un sinónimo de ‘dilema moral’.



Dilemas morales

La palabra ‘dilema’ procede de la unión de dos vocablos griegos: dil (dos) y lemma (premisa). Se utilizó originariamente como un término de la lógica que expresaba un tipo de argumento, concretamente el que partía de una proposición disyuntiva y, a través de sus premisas, llegaba a una idéntica conclusión. Por ejemplo: "O elijo la profesión de cantante o la de ingeniero; si soy cantante, ganaré mucho dinero; si soy ingeniero también ganaré mucho dinero. Luego, ganaré mucho dinero o ganaré mucho dinero".
Sin embargo, el término pronto adquirió un nuevo significado por extensión de su semántica originaria, pasando a designar lo siguiente: situación en la que debemos elegir entre dos o más alternativas, y cuya elección nos provoca un conflicto de decisión. Por ejemplo: ¿miento para salvarme o digo la verdad aunque me castiguen? Cuando, como en el caso anterior, la elección se plantea en el terreno de la ética, hablamos de dilemas morales.
Los moralistas han insistido en la importancia de poseer una jerarquía de valores a la hora de resolver posibles dilemas morales. Otros han elaborado casuísticas, cuya finalidad es aportar ejemplos concretos para saber qué hacer en casos similares. Sin embargo, en muchas ocasiones, no son suficientes ni la jerarquización de valores ni la casuística, porque las circunstancias particulares en las que se encuentra un sujeto sometido a un dilema moral son únicas. De ahí que tenga que tomar la decisión analizando las normas morales y calculando los efectos o consecuencias de sus posibles elecciones.



Doble moral

Expresión que se aplica para reflejar casos donde un individuo mantiene una conducta contradictoria en el ámbito moral, de tal manera que actúa de una u otra forma en situaciones similares dependiendo de su propio beneficio. Por ejemplo, alguien se declara contrario al aborto por motivos morales; sin embargo, cuando una hija suya, menor de edad, queda embarazada de manera causal y no deseada, autoriza y financia el aborto.
La expresión se utiliza especialmente para expresar contradicciones entre lo que un individuo defiende públicamente (ética pública) y lo que hace en privado (ética privada). Así, es frecuente que numerosas personas actúen moralmente en su vida privada de manera diferente a lo que proclaman en público. En tales caso, hablamos de doble moral o moral hipócrita. También cuando un individuo defiende la existencia de ciertas normas morales para todos los demás o para los que no son como él, y sin embargo no se aplica las mismas normas a él mismo.

Intencionalidad

En filosofía, el concepto ‘intencionalidad’ expresa la realización de actos dirigidos hacia algo distinto a sí mismo. Fue utilizado en la escolástica (escuela cristiana de pensamiento que alcanzó su mayor esplendor durante los siglos XII y XIII) y posteriormente retomado en el siglo XX aunque con un significado algo diferente por el pensador E. Husserl, representante de un movimiento filosófico conocido como Fenomenología. Para este último, la conciencia es intencional en el sentido de que siempre hace referencia a otras cosas distintas de ella misma, por ejemplo, a objetos, a conocimientos...
En el ámbito de la Ética, sin embargo, la intencionalidad se refiere a la intención que nos movió a realizar determinadas acciones morales o inmorales, es decir, afecta a la cuestión de la responsabilidad moral de nuestros actos. Así, se habla de mala o de buena fe, según hayan sido nuestras intenciones o fines al realizar una acción.

Motivos

Los motivos son tendencias que nos mueven a obrar de una determinada forma y no de otra. En ese sentido se encuentran íntimamente relacionados con los fines que perseguimos al realizar una acción, puesto que, según sean éstos, estaremos más o menos motivados para llevar a cabo dicha acción.
Existen diferentes tipos de motivos: biológicos (están relacionados con los instintos y los impulsos, como la sexualidad, la supervivencia, el bienestar corporal y anímico, etc.), sociales (el deseo de triunfo o de fama, por ejemplo), económicos (el afán de riqueza...), culturales, etc.
Desde el punto de vista de la Ética, los motivos son importantes a la hora de establecer la moralidad de una acción y también en cuanto a determinar la responsabilidad moral de un individuo. En efecto, los motivos que impulsan nuestra conducta deben ser analizados desde una perspectiva moral por cuanto afectan a la moralidad de la propia acción.
Por ejemplo, una persona que se inscribe en una ONG para luchar contra la desigualdad puede hacerlo por creer que ése es su deber moral, o, en cambio, haber actuado motivado por la vanidad y el deseo de ir ascendiendo dentro de la organización hasta llegar a su dirección con el objetivo de ser famoso o de obtener éxitos sociales. Como puede apreciarse en este caso, la motivación hace que nuestra valoración moral sea distinta ante cada una de esas actitudes.


Laxitud moral

El sustantivo ‘laxitud’ deriva del adjetivo ‘laxo’, que significa: flojo a causa de falta de tensión. Cuando se acompaña del adjetivo ‘moral’, designa un relajamiento en la conducta moral, es decir, una falta de rigor en lo concerniente al cumplimiento de las normas morales.
La laxitud puede ser de dos tipos: habitual, y entonces hablamos de una persona escasamente moral; o circunstancial y ocasional: aquella que se da en personas habitualmente morales pero que, en determinadas circunstancias, se relajan en el estricto respeto al deber moral. Esto puede suceder a causa de que las consecuencias que se esperan obtener de una acción determinada nos son favorables, aunque para alcanzarlas haya que incumplir un deber, o por otros motivos de diversa índole.


Moralina

Término utilizado habitualmente con sentido peyorativo para expresar un tipo de moralidad superficial, falsa, o centrada exclusivamente en una parte de la moralidad y que ignora voluntariamente el resto.
La moralina se fundamenta muchas veces en prejuicios y en tópicos de una tradición determinada.


Moralismo

En general, tendencia a interpretar todos los fenómenos sociales exclusivamente desde el punto de vista de la moralidad, otorgando a ésta la función de determinar la conveniencia o no de los cambios sociales, la evolución de las ideas, etc.
Debe considerarse al moralismo como una forma de reduccionismo que consiste en interpretar el todo tan sólo desde una parte, en este caso, desde la moral.



Última edición por GARCÍA el Mar Mayo 02, 2017 1:16 pm, editado 1 vez

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17 PRÁCTICAS PARA LA SEMANA DEL 1/5 el Mar Mayo 02, 2017 1:08 pm

GARCÍA

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4A: En grupos de 6 a 8 alumn@s seleccionar, analizar y reflexionar sobre dos ejemplos de situaciones prejuiciosas “reales o de ficción pero de fuente real” (películas, series, noticieros, etc.)
Citar la fuente real.

4B: En grupos de 6  8 alumnas seleccionar dos noticias “reales” de fuente real, con connotaciones éticas y/o morales. Analizar su texto, debatir y compartir conclusiones sobre la mirada ética y moral de dicho medio sobre el objeto de las noticias. Citar la fuente real.

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18 BASE CONCEPTUAL ÉTICA Y MORAL el Dom Mayo 07, 2017 1:20 pm

GARCÍA

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Moral provisional

Es un concepto utilizado por Descartes (Francia 1596/1650), cuyo desarrollo se encuentra expuesto en la tercera parte de su obra Discurso del método.
Descartes argumenta que su razón no encuentra unas bases sólidas e irrefutables en los sistemas éticos que ha estudiado. Su objetivo racionalista de fundamentar un conocimiento universal e indubitable (es decir, del que no quepa dudar en ningún caso) topa, en el terreno de la moral, un obstáculo insalvable, puesto que no halla ningún fundamento teórico universal para justificar un código moral determinado.
Sin embargo, y según Descartes, el estar sometido a la duda en las cuestiones éticas no significa, sin más, que debamos vivir como amorales. En su obra nos da cuenta de la moral provisional que él mismo ha adoptado mientras el entendimiento se encuentre sometido a la duda. Se trata de una moral esencialmente práctica, basada en la experiencia histórica y cultural, y sin ninguna pretensión teórica definitiva.
Según él, cuatro son las reglas de esta moral provisional:
1. "Obedecer las leyes y las costumbres de mi país".
2. "Ser tan fuerte y tan resuelto en mis acciones como pueda". Explica esta regla diciendo que una decisión será mejor siempre que la indecisión en el obrar, y la perseverancia mejor que la inconstancia.
3. "Intentar siempre antes vencerme a mí que a la fortuna, y cambiar mis ideas antes que el orden del mundo".
4. "Emplear toda mi vida en cultivar mi Razón y avanzar tanto como pueda en el conocimiento de la verdad".





Praxis

Término que procede directamente del griego, cuya traducción más habitual es la de ‘acción práctica’, en oposición a la reflexión teórica o a la pura teoría.
Dentro de la Ética como disciplina del saber, se utiliza ‘praxis’ para distinguir entre lo que algunos denominan ‘Moral pensada’ (conjunto de teorías que reflexionan sobre lo que es bueno y malo, justo o injusto..., y sobre los principios del conocimiento donde se apoyan tales conceptos) y la ‘Moral vivida’, o práctica concreta de la moralidad en nuestra vida.
Para muchos filósofos en eso consiste la distinción fundamental entre Ética y Moral: la primera reflexionaría teóricamente sobre la moralidad, mientras que la segunda consistiría en la praxis concreta de esa moralidad, es decir, en dictar unas normas de conducta que exigen un cumplimiento moral.
Dentro de la Filosofía marxista, el concepto ‘praxis’ expresa el conjunto de las acciones humanas que son necesarias para la transformación de una sociedad.


Puritanismo

En sentido coloquial, el puritanismo consiste en mostrar una intransigencia obsesiva en el cumplimiento estricto y literal de las normas morales. Para una persona puritana cualquier relajación en la observancia de las leyes morales conduce a una laxitud que se convierte automáticamente en inmoral.
La significación anterior procede del movimiento religioso conocido como Puritanismo, grupo cristiano protestante que se escindió de la Iglesia anglicana a finales del siglo XVI, y que se desarrolló especialmente en América del Norte (muchos puritanos fueron colonos en Estados Unidos) durante el siglo XVII.
Los puritanos exigían una purificación de las costumbres sociales para hacerlas acordes con los principios de la Biblia. Extendían esa pureza moral no sólo al individuo, sino también a las colectividades e incluso a los Estados. Por eso llegaron a fundar ciudades enteras de puritanos, quienes vivían y se gobernaban mediante códigos estrictos de conducta. Su influencia en la mentalidad y en las costumbres de amplias capas de población en EE UU ha sido y es grande.


Razón Práctica

Término kantiano que se contrapone a la razón teórica (cuya función consiste en establecer las condiciones y límites del conocimiento objetivo). La Razón práctica, para Kant, consiste en la facultad a priori (esto es, independiente de cualquier experiencia) que nos permite conocer el imperativo categórico, es decir, la regla universal de la moralidad. Así, con el nombre de Filosofía práctica se designa el estudio de la ética y la moral.


Responsabilidad

Concepto importante dentro de la ética, que expresa la obligación que tenemos de responder moralmente de nuestros actos. La responsabilidad moral se diferencia de la penal o civil dentro del ámbito de la justicia en que estas dos últimas están sancionadas con penas de cárcel o económicas, es decir, el Estado ejerce coacción para obligar a los ciudadanos al cumplimiento de las leyes.
Sin embargo, la responsabilidad moral no lleva aparejada penas o sanciones físicas, puesto que se trata de una responsabilidad de conciencia, esto es, del deber que tenemos ante nosotros mismos de justificar moralmente nuestros actos. Es, por tanto, una responsabilidad ante la que no estamos obligados por ninguna coacción externa a nuestra propia conciencia, sino tan sólo por el hecho de ser personas libres y con capacidad de elección.
Precisamente la existencia de libertad y de conciencia (o, lo que es lo mismo, ‘ser plenamente conscientes de...’) son elementos necesarios para que podamos ser considerados como responsables morales de una acción. En el caso de que no se den esas dos condiciones necesarias, no existirá tampoco una estricta responsabilidad moral sobre nuestros actos.


Sentimiento moral

Los sentimientos expresan los estados afectivos internos de un sujeto. Se encuentran íntimamente ligados con las emociones y las pasiones, aunque se diferencian de ellas en que poseen una mayor continuidad y en que carecen de la intensidad que arrastran tanto la emoción como la pasión.
De forma genérica, podemos definir el sentimiento moral como la emotividad que provocan en nuestra conciencia determinadas acciones; así ante la visión de una injusticia, nos rebelamos o nos indignamos moralmente; la contemplación de la pobreza nos mueve a sentir solidaridad o compasión, etc.
El término fue utilizado especialmente por la corriente ética conocida como emotivismo. Así, para Hume (Edimburgo 1711/1776), los juicios morales no son verdaderos ni falsos, porque no se trata de juicios de hecho cuya verdad o falsedad pueda comprobarse en la experiencia. Si yo afirmo: "la droga es un vicio", el término ‘vicio’ no tiene realidad material, es decir, no existe propiamente en la naturaleza (yo no lo puedo percibir por ningún lado, dice Hume). De ahí que el emotivismo entienda que los juicios morales sólo expresan sentimientos de nuestra conciencia moral ante la contemplación de ciertas acciones. Por ejemplo, sentimientos de desagrado, de aprobación, de indignación, de compasión, etc.

FIN BASE CONCEPTUAL.

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19 PRÁCTICA PARA LA SEMANA DEL 8/5 el Dom Mayo 07, 2017 1:26 pm

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En grupos, seleccionar, analizar y reflexionar sobre un texto escolar con implicancia ética y moral dirigido a los alumnos de un grado en particular. No sólo manuales, sino también textos literarios, artículos, ensayos, etc. Compartir reflexiones y conclusiones sobre sus connotaciones éticas y morales en clase.

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GARCÍA

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A lo largo de la historia se han dado diversas posibilidades de justificar la acción moral. Los sistemas éticos más relevantes pueden ser reducidos a unos cuantos modelos que desde diversas perspectivas tratan de ofrecer una justificación de las actitudes morales.
Las éticas más significativas se pueden concretar en tres modelos:

– Éticas teleológicas,
– Éticas deontológicas
– Éticas dialógicas.


ÉTICAS TELEOLÓGICAS

Los que defienden este tipo de ética sostienen que la vida humana tiene una finalidad: por ello se llaman “teleológicas”, que quiere decir que se orientan hacia la consecución de un fin: la búsqueda de la felicidad.

–Los hombres somos partícipes de una naturaleza humana que nos lleva a desear la felicidad. En consecuencia, la tarea moral consiste en hallar los medios adecuados para lograr ese fin que es nuestro bien máximo.
–Las normas morales se justifican entonces por su contribución al logro de la felicidad humana: “debo seguir aquel código moral que me ayuda a alcanzar la felicidad”.

La felicidad no significa lo mismo para todos, sino que hay muchas maneras diferentes de entender en qué consiste la felicidad y cuáles son los medios para alcanzarla. Por ello, existen diferentes tipos de éticas teleológicas: el eudemonismo, el hedonismo y el utilitarismo.


EUDEMONISMO

•El creador y representante más significativo del eudemonismo es el filósofo griego del siglo IV a.C. Aristóteles.
•El término “eudemonismo” proviene del griego eudaimonía que significa “felicidad”, la cual consiste en el ejercicio, la actividad y la perfección de las capacidades y disposiciones propias del ser humano: ser feliz, en suma, consiste en autorrealizarse ejercitando las disposiciones con las que estamos dotados.
•Para Aristóteles, la actividad más propiamente humana es lo que los griegos llamaban “contemplación” (theoria) que no es sino el ejercicio de las actividades intelectuales: el pensamiento y la argumentación: el ser humano es un “animal racional” y, por tanto, su felicidad está en el uso de su facultad más propia, la razón.

•Pero nuestra vida no se reduce sólo a la contemplación, sino que actuamos constantemente en otras áreas vitales y con otras motivaciones (económicas, deportivas, laborales, sentimentales, etc.): estas actividades también influyen en la felicidad humana y, por ello, es necesario escogerlas y realizarlas con sumo cuidado. La virtud que nos guía en la correcta elección es lo que Aristóteles llamó PRUDENCIA y, según él, consiste en la moderación y elección del “termino medio” rechazando los extremos (el exceso y el defecto o insuficiencia).


HEDONISMO


•El hedonismo sostiene que la felicidad consiste en el placer. Por ello, la máxima moral hedonista se puede resumir en la afirmación: “debes buscar el placer y rechazar el dolor”.
•Ahora bien, por placer no entienden los hedonistas meramente el placer sensible, sino también y fundamentalmente otro tipo de placeres conectados con la amistad, el uso del intelecto, los sentimientos y la autorrealización del individuo.
•El hedonismo aparece como teoría ética en la obra del filósofo griego Epicuro (341-270a.C.) y será luego continuada por el filósofo romano Lucrecio (96-55a.C.) y desde entonces por diversos pensadores a lo largo de la historia de la filosofía.


UTILITARISMO

•El utilitarismo como corriente ética aparece fundamentalmente en la obra de Jeremy Bentham (1748-1832) y de John S. Mill (1806-1876).
•Según estos autores, el móvil de la conducta humana está en la búsqueda del placer, pero su adquisición no se entiende como un logro del individuo singular, sino de la sociedad: la felicidad consiste en el bienestar de la mayoría.
•Así pues, el criterio racional que hemos de utilizar para apreciar la moralidad de un acto es la consideración de las consecuencias que se derivan de él para la felicidad humana.


ÉTICAS DEONTOLÓGICAS

Las éticas deontológicas son éticas que fundamentan la acción moral en el deber.
Es buena moralmente aquella acción que se efectúa sólo porque es un deber el realizarla y no por otro motivo (utilidad, miedo a las consecuencias, esperanza de un premio, placer).
Los defensores de esta concepción han criticado de modo radica las éticas teleológicas por su carácter heterónomo.

“Heteronomía” significa recibir de otro la ley. Desde un punto de vista moral con este concepto se alude a que la norma moral se recibe de una instancia distinta de la persona misma: yo acato una norma moral que, aunque pueda encontrarla en mí, procede de algo externo, ya sea la sociedad con sus normas y costumbres, la religión con sus creencias y dogmas o la propia naturaleza con sus instintos e inclinaciones. En todos estos casos es la moral heterónoma porque su fuente no es el propio individuo.

Frente a la heteronomía está la “autonomía moral”: la norma moral no sólo la encuentro en mí sino que además procede de mí: yo me doy a mi mismo mi propia norma moral estableciéndola desde mi racionalidad: el origen y fundamento de la norma moral reside en la razón (práctica). Los defensores de la autonomía moral suponen que el ser humano sólo adquiere dignidad cuando se sustrae al orden natural y es capaz de dictarse a sí mismo sus propias leyes, cuando es legislador autónomo, cuando las normas nacen de sí mismo, cuando al obedecer, se obedece a sí mismo.

Las éticas deontológicas, por tanto, sostienen que el deber que motiva la acción moral proviene de la norma moral que, a su vez, encuentra su origen y fundamento en la propia razón humana.
A lo largo de la historia ha habido diversas doctrinas éticas deontológicas, pero la más importante y ejemplar es la ética del filósofo alemán I. Kant (1724-1804):
La ética kantiana se estructura en torno al principio de actuar conforme al deber, el cual se determina en función de criterios estrictamente racionales.
Esta ética no dice lo que hay que hacer en cada momento o situación sino que nos proporciona la forma (la estructura racional) que debe tener cualquiera de nuestros actos para que sean morales: sólo se indica un motivo formal a la voluntad, válido para todo hombre y para cualquier ocasión.
La ética de Kant pretende, por tanto, ser universal y necesaria (como lo son las matemáticas o la física): en ella no cabe el interés propio ni el egoísmo, sino sólo la buena voluntad de actuar de acuerdo con el deber.

A esta ética llama Kant «formal» y «autónoma», mientras que considera que las restantes son «materiales» y «heterónomas», por cuanto en ellas la voluntad humana se determina a obrar por motivos prácticos y no por motivos estrictamente morales.
Así, si queremos una ética universal que valga para todos y para todo tiempo, una ética para la cual lo que es bueno o malo no depende del momento o de las circunstancias o del interés individual, entonces tenemos que fundamentarla en un principio al que Kant denomina imperativo categórico y que formula del siguiente modo:
«Obra sólo según aquella máxima que puedas querer que se convierta, al mismo tiempo, en ley universal».
«Procede de modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la de los demás, siempre como un fin en sí mismo y nunca como un medio».

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21 PRÁCTICA PARA LA SEMANA DEL 15/5 el Lun Mayo 15, 2017 1:09 am

GARCÍA

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En grupos cuatro grupos como máximo, seleccionar dos teorías éticas vistas en clase. Proyectar cómo impactarían en la dinámica áulica si las tomáramos como referente ético para conducir el proceso de enseñanza/aprendizaje. Qué se propiciaría en función de cada una de ellas. Analizarlas y comentarlas por separado.

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22 PRÁCTICA PARA LA SEMANA DEL 22/5 el Sáb Mayo 20, 2017 9:55 pm

GARCÍA

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1) Individual: Elaborar una escala de valores personales.

En no más de cuatro grupos:

2) Elaborar por consenso una escala de valores sociales. Fundamentar. En qué tengo que ceder? Por qué?
3) Reflexionar sobre una situación social concreta donde se lesionen valores.
Qué valores y disvalores imperan en la sociedad actual?

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23 ETICA PARA AMADOR - Fernando Savater - Prólogo el Miér Mayo 24, 2017 3:39 am

GARCÍA

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ÉTICA PARA AMADOR – Fernando Savater
Prólogo

A veces, Amador, tengo ganas de contarte muchas cosas. Me las aguanto, estáte tranquilo, porque bastantes rollos debo pegarte ya en mi oficio de padre como para añadir otros suplementarios disfrazado de filósofo. Comprendo que la paciencia de los hijos también tiene un límite. Además, no quiero que me pase lo que a un amigo mío gallego que cierto día contemplaba  pacíficamente el mar con su chaval de cinco años. El mocoso le dijo, en tono soñador: «Papi, me gustaría que saliéramos mamá, tú y yo a dar un paseo en una barquita, por el mar. » A mi sentimental amigo se le hizo un nudo en la garganta, justo encima del de la corbata: «¡Desde luego, hijo mío, vamos cuando quieras!» «Y cuando estemos muy adentro -siguió fantaseando la tierna criatura- os tiraré a los dos al agua para que os ahoguéis. » Del corazón partido del padre brotó un berrido de dolor: «¡Pero, hijo mío ...« !«Claro, papi. ¿Es que no sabes que los papás nos dais mucho la lata?» Fin de la lección primera.
Si hasta un crío de cinco años puede darse cuenta de eso, me figuro que un gamberro de más de quince como tú lo tendrá ya requetesabido. De modo que no es mi intención proporcionarte más motivos para el parricidio de los ya usuales en familias bien avenidas. Por otro lado, siempre me han parecido fastidiosos esos padres empeñados en ser «el mejor amigo de sus hijos ». Los chicos debéis tener amigos de vuestra edad: amigos y amigas, claro. Con padres, profesores y demás adultos es posible en el mejor de los casos llevarse razonablemente bien, lo cual es ya bastante. Pero llevarse razonablemente bien con un adulto incluye, a veces, tener ganas de ahogarle. De otro modo no vale. Si yo tuviera quince años, lo que ya no es probable que vuelva a pasarme, desconfiaría de todos los mayores demasiado «simpáticos», de todos los que parece como si quisieran ser más jóvenes que yo y de todos los que me diesen por sistema la razón.
Ya sabes, los que siempre están con que «los jóvenes sois cojonudos», «me siento tan joven como vosotros» y chorradas por el estilo. ¡Ojo con ellos! Algo querrán con tanta zalamería. Un padre o un profesor como es debido tienen que ser algo cargantes o no sirven para nada. Para joven ya estás tú.
De modo que se me ha ocurrido escribirte algunas de esas cosas que a ratos quise contarte y no supe o no me atreví. A un padre soltando el rollo filosófico hay que estarle mirando a la jeta, mientras se pone cara de cierto interés y se sueña con el liberador momento de correr a ver la tele. Pero un libro lo puedes leer cuando quieras, a ratos perdidos y sin necesidad de dar ninguna muestra de respeto: al pasar las páginas bostezas o te ríes si te apetece, con toda libertad. Como la mayor parte de lo que voy a decirte tiene mucho que ver precisamente con la libertad, es más propio para ser leído que para ser escuchado en sermón. Eso sí, tendrás que prestarme un poco de atención (aproximadamente la mitad de la que dedicas a aprender un nuevo juego de ordenador) y tener algo de paciencia, sobre todo en los primeros capítulos. Aunque comprendo que es poner las cosas bastante más difíciles, no he querido ahorrarte el esfuerzo de pensar paso a paso ni tratarte como si fueses idiota. Soy de la opinión, que no sé si compartirás, de que cuando se trata a alguien como si fuese idiota es muy probable que si no lo es llegue pronto a serlo...
¿De qué me propongo hablarte? De mi vida y de la tuya, nada más ni nada menos. 0 si prefieres: de lo que yo hago y de lo que tú estás empezando a hacer. En cuanto a lo primero, a lo que hago, quisiera contestarte por fin a una pregunta que me planteaste a bocajarro hace muchos años -ya ni te acordarás- y que en su día quedó sin respuesta. Debías tener unos seis años y pasábamos el verano en Torrelodones. Esa tarde, como las otras, yo estaba tecleando con desgana en mi Olivetti portátil, encerrado en mi cuarto, ante una foto de la cola de una gran ballena, erguida y chorreante sobre el mar azul. Os oía jugar a ti y a tus primos en la piscina; os veía correr por el jardín. Perdona la cursilada confidencial: me sentía pringoso de sudor y de felicidad. De pronto te llegaste hasta la ventana abierta y me dijiste: «Hola. ¿Qué estás maquinando?»
Contesté cualquier bobada porque no era el caso de empezar a explicarte que intentaba escribir un libro de ética. Ni a ti te interesaba lo que pudiera ser la ética ni estabas dispuesto a prestarme atención durante mucho más de tres minutos. Quizá sólo querías que supiese que estabas ahí: ¡como si yo pudiera olvidarlo alguna vez, entonces o ahora! Pero ya te llamaban los otros y te fuiste corriendo. Yo seguí maquinando dale que te pego y es ahora, casi diez años más tarde, cuando me decido por fin a darte explicaciones sobre esa cosa rara, la ética, de la que me sigo ocupando.
Un par de años más tarde y también en nuestro miniparaíso de Torrelodones, me contaste un sueño que habías tenido. ¿A que tampoco te acuerdas? Estabas en un campo muy oscuro, como de noche, y soplaba un viento terrible. Te agarrabas a los árboles, a las piedras, pero el huracán te arrastraba sin remedio, igual que a la niña de El mago de Oz. Cuando ibas zarandeado por el aire, hacia lo desconocido, oíste mi voz («yo no te veía, pero sabía que eras tú», precisaste) diciendo: « ¡Ten confianza! ¡Ten confianza! » No sabes el regalo que me hiciste contándome esa rara pesadilla: ni en mil años que viva podría pagarte el orgullo de aquella tarde en que supe que mi voz podía darte ánimos. Pues bueno, todo lo que voy a decir en las páginas siguientes no son más que repeticiones de ese único consejo una y otra vez: ten confianza. No en mí, claro, ni en ningún sabio aunque sea de los de verdad, ni en alcaldes, curas ni policías. No en dioses ni diablos, ni en máquinas, ni en banderas.
Ten confianza en ti mismo. En la inteligencia que te permitirá ser mejor de lo que ya eres y en el instinto de tu amor, que te abrirá a merecer la buena compañía. Ya ves que esto no es una novela de misterio, de esas que hay que leer hasta la última página para saber quién es el criminal. Tengo tanta prisa que empiezo por descubrirte en el prólogo la última lección.
Quizá sospeches que estoy tratando de comerte el coco y en cierto sentido no vas desencaminado. Verás, muchos pueblos antropófagos abren -o abrían- el cráneo de sus enemigos para comer parte de su cerebro, en un intento de apropiarse así de su sabiduría, de sus mitos y de su coraje. En este libro te estoy dando a comer algo de mi propio coco y también aprovecho para comerte un poco el tuyo. No sé si sacarás mucha pitanza de mis sesos: quizá sólo unos bocados de la experiencia de un príncipe que no todo lo aprendió en los libros. Por mi parte, quiero apropiarme a mordiscos de una buena porción del tesoro que te sobra: juventud intacta.
Que nos aproveche a ambos.

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ETICA PARA AMADOR - Fernando Savater

CAPITULO PRIMERO
DE QUÉ VA LA ÉTICA


Hay ciencias que se estudian por simple interés de saber cosas nuevas; otras, para aprender una destreza que permita hacer o utilizar algo; la mayoría, para obtener un puesto de trabajo y ganarse con él la vida. Si no sentimos curiosidad ni necesidad de realizar tales estudios, podemos prescindir tranquilamente de ellos.
Abundan los conocimientos muy interesantes pero sin los cuales uno se las arregla bastante bien para vivir: yo, por ejemplo, lamento no tener ni idea de astrofísica ni de ebanistería, que a otros les darán tantas satisfacciones, aunque tal ignorancia no me ha impedido ir tirando hasta la fecha. Y tú, si no me equivoco, conoces las reglas del fútbol pero estás bastante pez en béisbol. No tiene mayor importancia, disfrutas con los mundiales, pasas olímpicamente de la liga americana y todos tan contentos.
Lo que quiero decir es que ciertas cosas uno puede aprenderlas o no, a voluntad. Como nadie es capaz de saberlo todo, no hay más remedio que elegir y aceptar con humildad lo mucho que ignoramos. Se puede vivir sin saber astrofísica, ni ebanistería, ni fútbol, incluso sin saber leer ni escribir: se vive peor, si quieres, pero se vive. Ahora bien, otras cosas hay que saberlas porque en ello, como suele decirse, nos va la vida. Es preciso estar enterado, por ejemplo, de que saltar desde el balcón de un sexto piso no es cosa buena para la salud; o de que una dieta de clavos (¡con perdón de los fakires!) y ácido prúsico no permite llegar a viejo. Tampoco es aconsejable ignorar que si uno cada vez que se cruza con el vecino le atiza un mamporro las consecuencias serán antes o después muy desagradables. Pequeñeces así son importantes. Se puede vivir de muchos modos pero hay modos que no dejan vivir.
En una palabra, entre todos los saberes posibles existe al menos uno imprescindible: el de que ciertas cosas nos convienen y otras no. No nos convienen ciertos alimentos ni nos convienen ciertos
comportamientos ni ciertas actitudes. Me refiero, claro está, a que no nos convienen si queremos seguir viviendo. Si lo que uno quiere es reventar cuanto antes, beber lejía puede ser muy adecuado o también procurar rodearse del mayor número de enemigos posibles.
Pero de momento vamos a suponer que lo que preferimos es vivir: los respetables gustos del suicida los dejaremos por ahora de lado.
De modo que ciertas cosas nos convienen y a lo que nos conviene solemos llamarlo «bueno» porque nos sienta bien; otras, en cambio, nos sientan pero que muy mal y a todo eso lo llamamos «malo».
Saber lo que nos conviene, es decir: distinguir entre lo bueno y lo malo, es un conocimiento que todos intentamos adquirir -todos sin excepción- por la cuenta que nos trae.
Como he señalado antes, hay cosas buenas y malas para la salud: es necesario saber lo que debemos comer, o que el fuego a veces calienta y otras quema, así como el agua puede quitar la sed pero
también ahogarnos. Sin embargo, a veces las cosas no son tan sencillas: ciertas drogas, por ejemplo, aumentan nuestro brío o producen sensaciones agradables, pero su abuso continuado puede ser nocivo. En unos aspectos son buenas, pero en otros malas: nos convienen y a la vez no nos convienen. En el terreno de las relaciones humanas, estas ambigüedades se dan con aún mayor frecuencia. La mentira es algo en general malo, porque destruye la confianza en la palabra -y todos necesitamos hablar para vivir en sociedad- y enemista a las personas; pero a veces parece que puede ser útil o beneficioso mentir para obtener alguna ventajilla. O incluso para hacerle un favor a alguien. Por ejemplo: ¿es mejor decirle al enfermo de cáncer incurable la verdad sobre su estado o se le debe engañar para que pase sin angustia sus últimas horas? La mentira no nos conviene, es mala, pero a veces parece resultar buena. Buscar gresca con los demás ya hemos dicho que es por lo común inconveniente, pero ¿debemos consentir que violen delante de nosotros a una chica sin intervenir, por aquello de no meternos en líos? Por otra parte, al. que siempre dice la verdad -caiga quien caiga- suele cogerle manía todo el mundo; y quien interviene en plan Indiana Jones para salvar a la chica agredida -es más probable que se vea con la crisma rota que quien se va silbando a su casa. Lo malo parece a veces resultar más o menos bueno y lo bueno tiene en ocasiones apariencias de malo. Vaya jaleo.
Lo de saber vivir no resulta tan fácil porque hay diversos criterios opuestos respecto a qué debemos hacer. En matemáticas o geografía hay sabios e ignorantes, pero los sabios están casi siempre de acuerdo en lo fundamental. En lo de vivir, en cambio, las opiniones distan de ser unánimes. Si uno quiere llevar una vida emocionante, puede dedicarse a los coches de fórmula uno o al alpinismo; pero si se prefiere una vida segura y tranquila, será mejor buscar las aventuras en el videoclub de la esquina. Algunos aseguran que lo más noble es vivir para los demás y otros señalan que lo más útil es lograr que los demás vivan para uno. Según ciertas opiniones lo que cuenta es ganar dinero y nada más, mientras que otros arguyen que el dinero sin salud, tiempo libre, afecto sincero o serenidad de ánimo no vale nada. Médicos respetables indican que renunciar al tabaco y al alcohol es un medio seguro de alargar la vida, a lo que responden fumadores y borrachos que con tales privaciones a ellos desde luego la vida se les haría mucho más larga. Etc.
En lo único que a primera vista todos estamos de acuerdo es en que no estamos de acuerdo con todos. Pero fíjate que también estas opiniones distintas coinciden en otro punto: a saber, que lo
que vaya a ser nuestra vida es, al menos en parte, resultado de lo que quiera cada cual. Si nuestra vida fuera algo completamente determinado y fatal, irremediable, todas estas disquisiciones
carecerían del más mínimo sentido. Nadie discute si las piedras deben caer hacia arriba o hacia abajo: caen hacia abajo y punto.
Los castores hacen presas en los arroyos y las abejas panales de celdillas exagonales: no hay castores a los que tiente hacer celdillas de panal, ni abejas que se dediquen a la ingeniería
hidráulica. En su medio natural cada animal parece saber perfectamente lo que es bueno y lo que es malo para él si discusiones ni dudas. No hay animales malos ni buenos en la naturaleza, aunque quizá la mosca considere mala a la araña que tiende su trampa y se la come. Pero es que la araña no lo puede remediar...
Voy a contarte un caso dramático. Ya conoces a las termitas, esas hormigas blancas que en África levantan impresionantes hormigueros de varios metros de alto y duros como la piedra. Dado que el cuerpo de las termitas es blando, por carecer de la coraza quitinosa que protege a otros insectos, el hormiguero les sirve de caparazón colectivo contra ciertas hormigas enemigas, mejor armadas que ellas. Pero a veces uno de esos hormigueros se derrumba, por culpa de una riada o de un elefante (a los elefantes les gusta rascarse los flancos contra los termiteros, qué le vamos a hacer). En seguida, las termitas-obrero se ponen a trabajar para reconstruir su dañada fortaleza, a toda prisa. Y las grandes hormigas enemigas se lanzan al asalto. Las termitas-soldado salen a defender a su tribu e intentan detener a las enemigas. Como ni por tamaño ni por armamento pueden competir con ellas, se cuelgan de las asaltantes intentando frenar todo lo posible su marcha, mientras las feroces mandíbulas de sus asaltantes las van despedazando. Las obreras trabajan con toda celeridad y se ocupan de cerrar otra vez el termitero derruido... pero lo cierran dejando fuera a las pobres y heroicas termitas-soldado, que sacrifican sus vidas por la seguridad de las demás. ¿No merecen acaso una medalla, por lo menos? ¿No es justo decir que son valientes?
Cambio de escenario, pero no de tema. En la Ilíada, Homero cuenta la historia de Héctor, el mejor guerrero de Troya, que espera a pie firme fuera de las murallas de su ciudad a Aquiles, el enfurecido campeón de los aqueos, aun sabiendo que éste es más fuerte que él y que probablemente va a matarle. Lo hace por cumplir su deber, que consiste en defender a su familia y a sus
conciudadanos del terrible asaltante. Nadie duda de que Héctor es un héroe, un auténtico valiente. Pero ¿es Héctor heroico y valiente del mismo modo que las termitas-soldado, cuya gesta millones de
veces repetida ningún Homero se ha molestado en contar? ¿No hace Héctor, a fin de cuentas, lo mismo que cualquiera de las termitas anónimas? ¿Por qué nos parece su valor más auténtico y más difícil que el de los insectos? ¿Cuál es la diferencia entre un caso y otro?
Sencillamente, la diferencia estriba en que las termitas-soldado luchan y mueren porque tienen que hacerlo, sin poderlo remediar (como la araña que se come a la mosca). Héctor, en cambio, sale a
enfrentarse con Aquiles porque quiere. Las termitas-soldado no pueden desertar, ni rebelarse, ni remolonear para que otras vayan en su lugar: están programadas necesariamente por la naturaleza
para cumplir su heroica misión. El caso de Héctor es distinto. Podría decir que está enfermo o que no le da la gana enfrentarse a alguien más fuerte que él. Quizá sus conciudadanos le llamasen cobarde y le tuviesen por un caradura o quizá le preguntasen qué otro plan se le ocurre para frenar a Aquiles, pero es indudable que tiene la posibilidad de negarse a ser héroe. Por mucha presión que los demás ejerzan sobre él, siempre podría escaparse de lo que se supone que debe hacer: no está programado para ser héroe, ningún hombre lo está. De ahí que tenga mérito su gesto y que Homero cuente su historia con épica emoción. A diferencia de las termitas, decimos que Héctor es libre y por eso admiramos su valor. Y así llegamos a la palabra fundamental de todo este embrollo: libertad. Los animales (y no digamos ya los minerales o las plantas) no tienen más remedio que ser tal como son y hacer lo que están programados naturalmente para hacer. No se les puede reprochar que lo hagan ni aplaudirles por ello porque no saben comportarse de otro modo. Tal disposición obligatoria les ahorra sin duda muchos quebraderos de cabeza. En cierta medida, desde luego, los hombres también estamos programados por la naturaleza.
Estamos hechos para beber agua, no lejía, y a pesar de todas nuestras precauciones debemos morir antes o después. Y de modo menos imperioso pero parecido, nuestro programa cultural es determinante: nuestro pensamiento viene condicionado por el lenguaje que le da forma (un lenguaje que se nos impone desde fuera y que no hemos inventado para nuestro uso personal) y somos educados en ciertas tradiciones, hábitos, formas de comportamiento, leyendas ... ; en una palabra, que se nos inculcan desde la cunita unas fidelidades y no otras. Todo ello pesa mucho y hace que seamos bastante previsibles. Por ejemplo, Héctor, ese del que acabamos de hablar. Su programación natural hacia que Héctor sintiese necesidad de protección, cobijo y colaboración, beneficios que mejor o peor encontraba en su ciudad de Troya.
También era muy natural que considerara con afecto a su mujer Andrómaca -que le proporcionaba compañía placentera- y a su hijito, por el que sentía lazos de apego biológico-Culturalmente, se
sentía parte de Troya Y compartía con los troyanos la lengua, las costumbres y las tradiciones. Además, desde pequeño le habían educado para que fuese un buen guerrero al servicio de su ciudad
y se le dijo que la cobardía era algo aborrecible, indigno de un hombre. Si traicionaba a los suyos, Héctor sabía que se vería despreciado y que le castigarían de uno u otro modo. De modo que
también estaba bastante programado para actuar como lo hizo,
¿no? Y sin embargo...
Sin embargo, Héctor hubiese podido decir: ¡a la porra con todo! Podría haberse disfrazado de mujer para escapar por la noche de Troya, o haberse fingido enfermo o loco para no combatir, o haberse arrodillado ante Aquiles ofreciéndole sus servicios como guía para invadir Troya por su lado más débil; también podría haberse dedicado a la bebida o haber inventado una nueva religión que dijese que no hay que luchar contra los enemigos sino poner la otra mejilla cuando nos abofetean. Me dirás que todos estos comportamientos hubiesen sido bastante raros, dado quien era Héctor y la educación que había recibido. Pero tienes que reconocer que no son hipótesis imposibles, mientras que un castor que fabrique panales o una termita desertora no son algo raro sino estrictamente imposible. Con los hombres nunca puede uno estar seguro del todo, mientras que con los animales o con otros seres naturales sí por mucha programación biológica o cultural que tengamos, los hombres siempre podernos optar finalmente por algo que no esté en el programa (al menos, que no esté del todo).
Podemos decir «sí» o «no», quiero o no quiero. Por muy achuchados que nos veamos por las circunstancias, nunca tenemos un solo camino a seguir sino varios.
Cuando te hablo de libertad es a esto a lo que me refiero. A lo que nos diferencia de las termitas y de las mareas, de todo lo que se mueve de modo necesario e irremediable. Cierto que no podemos hacer cualquier cosa que queramos, pero también cierto que no estamos obligados a querer hacer una sola cosa. Y aquí conviene señalar dos aclaraciones respecto a la libertad:
Primera: No somos libres de elegir lo que nos pasa (haber nacido tal día, de tales padres y en tal país, padecer un cáncer o ser atropellados por un coche, ser guapos o feos, que los aqueos se empeñen en conquistar nuestra ciudad, etc.), sino libres para responder a lo que nos pasa de tal o cual modo (obedecer o rebelarnos, ser prudentes o temerarios, vengativos o resignados, vestirnos a la moda o disfrazarnos de oso de las cavernas, defender Troya o huir, etc.).
Segunda: Ser libres para intentar algo no tiene nada que ver con lograrlo indefectiblemente. No es lo mismo la libertad (que consiste en elegir dentro de lo posible) que la omnipotencia (que sería
conseguir siempre lo que uno quiere, aunque pareciese imposible).
Por ello, cuanta más capacidad de acción tengamos, mejores resultados podremos obtener de nuestra libertad. Soy libre de querer subir al monte Everest, pero dado mi lamentable estado físico y mi nula preparación en alpinismo es prácticamente imposible que consiguiera mi objetivo. En cambio soy libre de leer o no leer, pero como aprendí a leer de pequeñito la cosa no me resulta demasiado difícil si decido hacerlo. Hay cosas que dependen de mi voluntad (y eso es ser libre) pero no todo depende de mi voluntad (entonces sería omnipotente), porque en el mundo hay otras muchas voluntades y otras muchas necesidades que no controlo a mi gusto. Si no me conozco ni a mí mismo ni al mundo en que vivo, mi libertad se estrellará una y otra vez contra lo necesario.
Pero, cosa importante, no por ello dejaré de ser libre... aunque me escueza.
En la realidad existen muchas fuerzas que limitan nuestra libertad, desde terremotos o enfermedades hasta tiranos. Pero también nuestra libertad es una fuerza en el mundo, nuestra fuerza. Si hablas con la gente, sin embargo, verás que la mayoría tiene mucha más conciencia de lo que limita su libertad que de la libertad misma. Te dirán: «¿Libertad? ¿Pero de qué libertad me hablas? ¿cómo vamos a ser libres, si nos comen el coco desde la televisión, si los gobernantes nos engañan y nos manipulan, si los terroristas nos amenazan, si las drogas nos esclavizan, y si además me falta dinero para comprarme una moto, que es lo que yo quisiera?» En cuanto te fijes un poco, verás que los que así hablan parece que se están quejando pero en realidad se encuentran muy satisfechos de saber que no son libres. En el fondo piensan: «¡Uf! ¡Menudo peso nos hemos quitado de encima! Como no somos libres, no podemos tener la culpa de nada de lo que nos ocurra ... »Pero yo estoy seguro de que nadie -nadie- cree de veras que no es libre, nadie acepta sin más que funciona como un mecanismo inexorable de relojería o como una termita. Uno puede considerar que optar libremente por ciertas cosas en ciertas circunstancias es muy difícil (entrar en una casa en llamas para salvar a un niño, por ejemplo, o enfrentarse con firmeza a un tirano) y que es mejor decir que no hay libertad para no reconocer que libremente se prefiere lo más fácil, es decir, esperar a los bomberos o lamer la bota que le pisa a uno el cuello. Pero dentro de las tripas algo insiste en decirnos: «Si tú hubieras querido ... »
Cuando cualquiera se empeñe en negarte que los hombres somos libres, te aconsejo que le apliques la prueba del filósofo romano. En la antigüedad, un filósofo romano discutía con un amigo que le
negaba la libertad humana y aseguraba que todos los hombres no tienen más remedio que hacer lo que hacen. El filósofo cogió su bastón y comenzó a darle estacazos con toda su fuerza. « ¡Para, ya
está bien, no me pegues más! », le decía el otro. Y el filósofo, sin dejar de zurrarle, continuó argumentando: «¿No dices que no soy libre y que lo que hago no tengo más remedio que hacerlo? Pues entonces no gastes saliva pidiéndome que pare: soy automático. »Hasta que el amigo no reconoció que el filósofo podía libremente dejar de pegarle, el filósofo no suspendió su paliza. La prueba es buena, pero no debes utilizarla más que en último extremo y siempre con amigos que no sepan artes marciales...
En resumen: a diferencia de otros seres, vivos o inanimados, los hombres podemos inventar y elegir en parte nuestra forma de vida. Podemos optar por lo que nos parece bueno, es decir, conveniente
para nosotros, frente a lo que nos parece malo e inconveniente. Y como podemos inventar y elegir, podemos equivocarnos, que es algo que a los castores, las abejas y las termitas no suele pasarles.
De modo que parece prudente fijarnos bien en lo que hacemos y procurar adquirir un cierto saber vivir que nos permita acertar. A ese saber vivir, o arte de vivir si prefieres, es a lo que llaman ética.
De ello, si tienes paciencia, seguiremos hablando en las siguientes páginas de este libro.
Vete leyendo:

«¿Y si ahora, dejando en el suelo el abollonado escudo y el fuerte casco y apoyado la pica contra el muro, saliera al encuentro del inexorable Aquiles, le dijera que permitía a los Atridas llevarse a Helena y las riquezas que Alejandro trajo a llión en las cóncavas naves, que esto fue lo que originó la guerra, y le ofreciera repartir a los aqueos la mitad de lo que la ciudad contiene y más tarde tomara juramento a los troyanos de que, sin ocultar nada, formasen dos lotes con cuantos bienes existen dentro de esta hermosa ciudad?... Mas ¿por qué en tales cosas me hace pensar el corazón?» (Homero, Ilíada).

«La libertad no es una filosofía y ni siquiera es una idea: es un movimiento de la conciencia que nos lleva, en ciertos momentos, a pronunciar dos monosílabos: Sí o No. En su brevedad instantánea,
como a la luz del relámpago, se dibuja el signo contradictorio de la naturaleza humana» (Octavio Paz, La otra voz).

«La vida del hombre no puede "ser vivida" repitiendo los patrones de su especie; es él mismo -cada uno- quien debe vivir. El hombre es el único animal que puede estar fastidiado, que puede estar disgustado, que puede sentirse expulsado del paraíso» (Erich Fromm, Ética y psicoanálisis)

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25 EVALUACIÓN N° 1 el Miér Mayo 24, 2017 3:47 am

GARCÍA

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Evaluación N° 1

En no más de cuatro grupos en total, en el curso. Mínimo de 8 (ocho) integrantes por grupo:


1) Situar parte de los conceptos vistos (ley moral, jurídica, valores, principios, etc.) en un contexto escolar concreto, en relación a dos situaciones reales, que sean de público conocimiento a través de los medios. Incluir la fuente de las mismas. “No inventar situaciones”.

2) Optar por una de las teorías éticas que se adapte más a la dinámica escolar (a nivel relacional y de aprendizaje) y justificarla.

Fundamentar por medio de las conclusiones del debate grupal previo. Si bien la idea es llegar a un consenso colectivo, pueden hacerse constar opiniones en desacuerdo.
NO copiar y pegar conceptos ya vistos en clase y/o en la bibliografía.
Sí se pueden hacer citas sintéticas del material en función del debate previo.

Se envía en formato Word a: cggarcia@live.com.ar hasta el 6/6 inclusive.
En la clase de la siguiente semana se expone sintéticamente en público.

Respetar la cantidad de alumnos por grupo para poder generar el debate necesario para las conclusiones colectivas.
No se aceptan trabajos de menor cantidad de alumnos que la necesaria para conformar cuatro grupos en total y el mínimo de 8 integrantes por grupo.

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26 ACTIVIDAD PARA LA SEMANA DEL 29/5 el Miér Mayo 24, 2017 3:49 am

GARCÍA

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En no más de cuatro grupos en el curso:

1) Leer y reflexionar sobre el prólogo y el Capítulo I de Etica para Amador – Fernando Savater
2) En no más de cuatro grupos: elaborar una escala sobre los valores que debe fomentar la escuela. Se pueden equiparar aquellos que consideren están en el mismo rango de importancia. Fundamentar.

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27 a proposito de Amador el Vie Mayo 26, 2017 1:16 pm

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28 Re: ETICA Y CONSTRUCCION DE LA CIUDADANIA el Dom Mayo 28, 2017 4:21 pm

GARCÍA

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A propósito de Amador
Germanborello4A2017

https://www.youtube.com/watch?v=uPIQLG1Uij4

Saludos Germán


Qué casualidad Germán!
Una alumna de la Cátedra de Educación Artística compartió en el foro un video sobre la Musicalización de la misma película... Wink

Lo vamos a debatir en clase. Excelente aporte! Gracias!

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29 VALORES MORALES el Dom Jun 04, 2017 1:38 pm

GARCÍA

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VALORES

La axiología o filosofía de los valores es la rama de la filosofía que estudia la naturaleza de los valores y juicios valorativos. El término axiología fue empleado por primera vez por Paul Laupie en 1902 y posteriormente por Eduard Von Hartman en 1908.
La teoría de los valores implica la existencia de una escala que va de lo positivo a lo negativo.
La axiología no sólo trata de los valores positivos, sino también de los valores negativos o disvalores, analizando los principios que permiten considerar que algo es o no valioso, y considerando los fundamentos de tal juicio.
La investigación de una teoría de los valores ha encontrado una aplicación especial en la ética y en la estética, ámbitos donde el concepto de valor posee una relevancia específica. Algunos filósofos como los alemanes Heinrich Rickert o Max Scheler han realizado diferentes propuestas para elaborar una jerarquía adecuada de los valores. En este sentido, puede hablarse de una ‘ética axiológica’, que fue desarrollada, principalmente, por el propio Scheler y Nicolai Hartmann.
El Idealismo designa las teorías que —en oposición al Materialismo— sostienen que la realidad extramental no es cognoscible tal como es en sí misma, y que el objeto del conocimiento está preformado o construido por la actividad cognoscitiva. Para el idealismo el valor se encuentra en la conciencia. Kant, Hegel.
Para el Materialismo la naturaleza del valor reside en la capacidad del ser humano para valorar el mundo en forma objetiva. Es una corriente filosófica que surge en oposición al idealismo y que resuelve la cuestión fundamental de la filosofía dándole preeminencia al mundo material; lo material precede al pensamiento. Marx, Engels.
El problema fundamental que se desarrolla desde los orígenes mismos de la axiología, hacia fines del siglo XIX, es el de la objetividad o subjetividad de la totalidad de los valores. Max Scheler se ubicará en la primera de las dos posiciones. El subjetivismo se opondrá, desde el principio, a este enfoque. Y entenderá -a la antigua manera de Protágoras- que lo estrictamente humano es la medida de todas las cosas, de lo que vale y de lo que no vale, y de la misma escala de valores, sin sustento en la realidad exterior. Ayer mismo, en "Lenguaje,verdad y lógica", su obra temprana, dejará los juicios de valor fuera de toda cuestión, en virtud de que no cumplen con el principio de verificación empírica. De esta manera, lo ético y lo estético no son más que "expresiones" de la vida espiritual del sujeto. No una captación comprobable del mundo externo.
Los valores pueden ser objetivos o subjetivos. Ejemplos de valores objetivos incluyen el bien, la verdad o la belleza, siendo finalidades ellos mismos. Se consideran valores subjetivos, en cambio, cuando estos representan un medio para llegar a un fin (en la mayoría de los casos caracterizados por un deseo personal). Además, los valores pueden ser fijos (permanentes) o dinámicos (cambiantes).


CONCEPTO DE VALOR

El valor es una cualidad que confiere a las cosas, hechos o personas una estimación positiva o negativa. Son características morales inherentes a las personas, como la humildad, piedad, solidaridad, responsabilidad, etc.
Son un conjunto de ejemplos a seguir en las relaciones sociales, creencias de mayor rango compartidas por una cultura y surgidas del consenso social.
Se considera "Valor" a aquellas cualidades o características de los objetos, de las acciones o de las instituciones atribuidas y preferidas, seleccionadas o elegidas de manera libre, consciente, que sirven al individuo para orientar sus comportamientos y acciones en la satisfacción de determinadas necesidades.
Los Valores son guías que dan determinada orientación a la conducta y a la vida de cada individuo y de cada grupo social.
Los valores se fundan en dos puntos:
1- Un sujeto dotado de necesidad de motivación.
2- Un objeto, una persona, una actitud, algo, en fin, capaz de satisfacer o atender la exigencia del sujeto.

En sentido humanista, se entiende por valor lo que hace que un hombre sea tal, sin lo cual perdería la humanidad o parte de ella. El valor se refiere a una excelencia o a una perfección. Hablar de valores humanos significa aceptar al hombre como el supremo valor entre todas las realidades humanas, y que no debe supeditarse a ningún otro valor terreno, dinero, estado o ideología, por ello los valores están presentes en toda sociedad humana.
La sociedad exige un comportamiento digno en todos los que participan de ella, pero cada persona se convierte en un promotor de Valores, por la manera en que vive y se conduce. Desde un punto de vista socio-educativo, los valores son considerados referentes, pautas o abstracciones que orientan el comportamiento humano hacia la transformación social y la realización de la persona.
Los valores también pueden diferenciarse a base de su grado de importancia y pueden ser conceptualizados en términos de una jerarquía, en cuyo caso algunos poseerán una posición más alta que otros.

Max Scheler presenta la siguiente escala de valores:

1- De lo agradable y desagradable que corresponde a la naturaleza sensible, en general.
2- Vitales, cuya categoría fundamental son "lo noble" y "lo vulgar". Tienen que ver con la valoración de lo humanamente vital: la juventud, la lozanía, la vitalidad, etc.
3- Espirituales; estos comprenden:
• Los valores estéticos (la belleza).
• Los valores jurídicos (la justicia).
• Los valores del conocimiento puro (la verdad).
4- Religiosos, que se expresan a través de "lo sacro" y "lo profano". Este valor Funda, sostiene a los anteriores por ello es el valor supremo.

Las características de los valores son:
Independientes e inmutables: son lo que son y no cambian, por ejemplo: la justicia, la belleza, el amor.
Absolutos: no están condicionados o atados a ningún hecho social, histórico, biológico o individual. Un ejemplo puede ser los valores como la verdad o la bondad.
Inagotables: no hay ni ha habido persona alguna que agote la nobleza, la sinceridad, la bondad, el amor.
Objetivos y verdaderos: los valores se dan en las personas o en las cosas, independientemente que se les conozca o no. Un valor objetivo siempre será obligatorio por ser universal (para todo ser humano) y necesario para todo hombre, por ejemplo, la sobrevivencia de la propia vida. Las valores tienen que ser descubiertos por el hombre y sólo así es como puede hacerlos parte de su personalidad.
Subjetivos: los valores tienen importancia al ser apreciados por la persona, su importancia es sólo para ella, no para los demás. Cada cual los busca de acuerdo con sus intereses.

Las Normas Morales como expresión de los Valores Morales

Sin asumir posturas pesimistas o cínicas, es necesario reconocer una realidad: el comportamiento de la sociedad indica que se están dejando de asumir los valores morales, y en cambio se introyectan otros que podemos llamar antivalores o disvalores, lo cual denigra las relaciones humanas. Las causas pueden ser diversas y combinadas, como: el egoísmo excesivo, la influencia de algunos medios de información, conflictos familiares, padres irresponsables en la crianza de sus hijos, presiones económicas, pobreza, etc.; pero sobre todo el funcionamiento de un Sistema Educativo desvinculado de las necesidades actuales de los ciudadanos. Sin embargo, la formación escolar debe ser el medio que conduzca al progreso y a la armonía de toda nación; por ello, es indispensable que el sistema educativo, concretamente, renueve la curricula y las prácticas educativas del nivel básico principalmente, otorgando prioridad al ámbito problemático referido.
El proceso de desvalorización siempre ha estado presente en todos los tiempos y civilizaciones; empero no tan acentuadamente como en la contemporaneidad. Aunque todavía existen personas que revelan una gran calidad humana, es decir, que asumen las normas universales de toda sociedad, tales como la responsabilidad, la humildad, la honradez, la solidaridad, el respeto, entre otras; la mayor parte de la población reproduce lo opuesto: la negligencia, el engaño, la agresividad, la envidia, etc.
Comúnmente, los problemas típicos de los alumnos pertenecientes a las instituciones de educación básica (particularmente en el grado de secundaria) son: irresponsabilidad en la elaboración de tareas escolares, falta de respeto a los profesores, agresividad física o verbal hacia los compañeros, vandalismo y demás. Para algunos adultos las actitudes anteriores podrían ser normales e incluso justificables ya que los cambios emocionales y físicos de la infancia a la adolescencia son diversos; pero tal no es una verdad absoluta sino circunstancial puesto que los individuos son impredecibles, distintos entre sí, únicos, y se desarrollan conforme a las variables y situaciones de su entorno. Por ello, los profesionales de la formación escolar deberán promover ambientes áulicos agradables y educar para evitar toda manifestación anémico social o de pérdida de valores. Desde esta perspectiva, la nueva educación del siglo XXI tendrá que ser esencialmente preventiva.
Para contribuir activamente a la solución de estas problemáticas, una alternativa viable es que las instituciones educativas de dicho nivel fortalezcan sustantivamente y renueven cursos, asesorías pedagógicas generales y especializadas referentes a la enseñanza de los principios universales, con el fin de impartir una educación moral a los padres, en diferentes horarios y de acuerdo a su tiempo libre. De ahí que la familia tendrá que sostener correspondencia directa con la escuela.
Con base en la experiencia, las situaciones en las que se distinguen los llamados antivalores o disvalores son diversas y permanentes; tal es el estilo de vida actual. Basta consultar sus altos índices de criminalidad, prostitución, drogadicción, narcotráfico, alcoholismo, infidelidades conyugales, etc., para constatarlo. Así, las generaciones de estos tiempos se orientan hacia la decadencia.
Todo lo anterior nos proporciona elementos para conformar el perfil del hombre contemporáneo o también llamado sujeto posmoderno. La posmodernidad no destruye lo axiológico, sino solamente su fundamento absoluto, su punto de referencia. La posmodernidad inventa nuevos valores, pero todos ellos andan huérfanos de fundamento: hedonismo, egoísmo, ausencia de sentido, individualismo, agresividad, entre otros. Es el individuo de la contradicción: por un lado es quien produce y domina la nueva tecnología, posee ciertas aptitudes, ejecuta órdenes; por el otro, es un ser enajenado, alejado de los ideales, desmoralizado, que con facilidad estalla con violencia e intenta aniquilar a sus semejantes. El panorama es desalentador, y los esfuerzos reivindicatorios tienen que centrarse en la escuela.
Por último, la educación básica no es sólo una de tantas etapas de formación escolar, sino también es la base en la que se constituye la personalidad del individuo, o sea, el fundamento intelectual, moral, emocional, etc., que orientará su posterior desarrollo.

[b]Paulo Freire: “…de ahí la importancia de la transformación de este nivel académico, que debe consistir en una reestructuración de la curricula y las prácticas escolares en las que los profesores y los alumnos aborden crítica y reflexivamente mediante técnicas grupales, los diversos temas de actualidad: el racismo, las crisis económicas, la identidad nacional, la globalización, la sexualidad, etc., otorgando primordial importancia al fomento de los valores en coordinación con la familia. Sólo así es posible construir un nuevo modelo de sociedad, que se distinga por la justicia, la igualdad y la armonía…”

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30 Sentimientos el Dom Jun 04, 2017 1:50 pm

¿quien me dice que no tiene sentimiento? esos ojos hablan a gritos

https://www.youtube.com/watch?v=cy7iUiP17-Y

¿Qué se puede decir del comportamiento moral y ético de la persona que abandonó a este ser? Los valores son altamente cuestionables de quien cometa tremendo hecho inhumano. Llegamos, creo, a la conclusión de que el valor "RESPETO" está en la cúspide de los valores, ¿cuantos valores son vulnerados en esta sola acción?

Quien puede abandonar o maltratar a un animal es mas propenso a que haga lo mismo con un humano.

Mahatma Ghandi: " Un país, una civilización se puede juzgar por la forma en que trata a sus animales"

saludos



Última edición por Germanborello4A2017 el Dom Jun 04, 2017 1:58 pm, editado 1 vez

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31 ÉTICA PARA AMADOR - Capítulo Séptimo. el Dom Jun 04, 2017 1:53 pm

GARCÍA

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CAPÍTULO SÉPTIMO
PONTE EN SU LUGAR


Robinson Crusoe pasea por una de las playas de la isla en la que una inoportuna tormenta con su correspondiente naufragio le ha confinado. Lleva su loro al hombro y se protege del sol gracias a la sombrilla fabricada con hojas de palmera que le tiene justificadamente orgulloso de su habilidad. Piensa que, dadas las circunstancias, no puede decirse que se las haya arreglado del todo mal. Ahora tiene un refugio en el que guarecerse de las inclemencias del tiempo y del asalto de las fieras, sabe dónde conseguir alimento y bebida, tiene vestidos que le abriguen y que él mismo se ha hecho con elementos naturales de la isla, los dóciles servicios de un rebañito de cabras, etc. En fin, que sabe cómo arreglárselas para llevar más o menos su buena vida de naúfrago solitario. Sigue paseando Robinson y está tan contento de sí mismo que por un momento le parece que no echa nada de menos. De pronto, se detiene con sobresalto. Allí, en la arena blanca, se dibuja una marca que va a revolucionar toda su pacífica existencia: la huella de un pie humano.
¿De quién será? ¿Amigo o enemigo? ¿Quizá un enemigo al que puede convertir en amigo? ¿Hombre o mujer? ¿Cómo se entenderá con él o ella? ¿Qué trato le dará? Robinson está ya acostumbrado a hacerse preguntas desde que llegó a la isla y a resolver los problemas del modo más ingenioso posible: ¿qué comeré?, ¿dónde me refugiaré?, ¿cómo me protegeré del sol? Pero ahora la situación no es igual porque ya no tiene que vérselas con acontecimientos naturales, como el hambre o la lluvia, ni con fieras salvajes, sino con otro ser humano: es decir, con otro Robinson o con otros Robinsones y Robinsonas. Ante los elementos o las bestias, Robinson ha podido comportarse sin atender a nada más que a su necesidad de supervivencia. Se trataba de ver si podía con ellos o ellos podían con él, sin otras complicaciones. Pero ante seres humanos la cosa ya no es tan simple. Debe sobrevivir, desde luego, pero ya no de cualquier modo. Si Robinson se ha convertido en una fiera como las demás que rondan por la selva, a causa de su soledad y su desventura, no se preocupará más que de si el desconocido causante de la huella es un enemigo a eliminar o una presa a devorar. Pero si aún quiere seguir siendo un hombre...
Entonces se las va a ver no ya con una presa o un simple enemigo, sino con un rival o un posible compañero; en cualquier caso, con un semejante.
Mientras está solo, Robinson se enfrenta a cuestiones técnicas, mecánicas, higiénicas, incluso científicas, si me apuras. De lo que se trata es de salvar la vida en un medio hostil y desconocido. Pero cuando encuentra la huella de Viernes en la arena de la playa empiezan sus problemas éticos. Ya no se trata solamente de sobrevivir, como una fiera o como una alcachofa, perdido en la naturaleza; ahora tiene que empezar a vivir humanamente, es decir, con otros o contra otros hombres, pero entre hombres. Lo que hace «humana» a la vida es el transcurrir en compañía de humanos, hablando con ellos, pactando y mintiendo, siendo respetado o traicionado, amando, haciendo proyectos y recordando el pasado, desafiándose, organizando juntos las cosas comunes, jugando, intercambiando símbolos... La ética no se ocupa de cómo alimentarse mejor o de cuál es la manera más recomendable de protegerse del frío ni de qué hay que hacer para vadear un río sin ahogarse, cuestiones todas ellas sin duda muy importantes para sobrevivir en determinadas circunstancias; lo que a la ética le interesa, lo que constituye su especialidad, es cómo vivir bien la vida humana, la vida que transcurre entre humanos. Si uno no sabe cómo arreglárselas para sobrevivir en los peligros naturales, pierde la vida, lo cual sin duda es un fastidio grande; pero si uno no tiene ni idea de ética, lo que pierde o malgasta es lo humano de su vida y eso, francamente, tampoco tiene ninguna gracia.
Antes te dije que la huella en la arena anunció a Robinson la proximidad comprometedora de un semejante. Pero vamos a ver, ¿hasta qué punto era Viernes semejante a Robinson? Por un lado, un europeo del siglo XVII, poseedor de los conocimientos científicos más avanzados de su época, educado en la religión cristiana, familiarizado con los mitos homéricos y con la imprenta; por otro, un salvaje caníbal de los mares del Sur, sin más cultura que la tradición oral de su tribu, creyente en una religión politeísta y desconocedor de la existencia de las grandes ciudades contemporáneas como Londres o Amsterdam. Todo era diferente del uno al otro: color de la piel, aficiones culinarias,entretenimientos... Seguro que por las noches ni siquiera sus sueños tenían nada en común. Y sin embargo, pese a tantas diferencias, también había entre ellos rasgos fundamentalmente parecidos, semejanzas esenciales que Robinson no compartía con ninguna fiera ni con ningún árbol o manantial de la isla. Para empezar, ambos hablaban, aunque fuese en lenguas muy distintas.
El mundo estaba hecho para ellos de símbolos y de relaciones entre símbolos, no de puras cosas sin nombre. Y tanto Robinson como Viernes eran capaces de valorar los comportamientos, de saber que uno puede hacer ciertas cosas que están «bien» y otras que son por el contrario «malas». A primera vista, lo que ambos consideraban «bueno» y «malo» no era ni mucho menos igual, porque sus valoraciones concretas provenían de culturas muy lejanas: el canibalismo, sin ir más lejos, era una costumbre razonable y aceptada para Viernes, mientras que a Robinson –como a ti, supongo, por tragaldabas que seas- le merecía el más profundo de los horrores. Y a pesar de ello los dos coincidían en suponer que hay criterios destinados a justificar qué es aceptable y qué es horroroso. Aunque tuvieran posiciones muy distintas desde las que discutir, podían llegar a discutir y comprender de qué estaban discutiendo. Ya es bastante más de lo que se suele hacer con un tiburón o con una avalancha de rocas, ¿no?.
Todo eso está muy bien, me dirás, pero lo cierto es que por muy semejantes que sean los hombres no está claro de antemano cuál sea la mejor manera de comportarse respecto a ellos. Si la huella en -la arena que encuentra Robinson pertenece a un miembro de la tribu de caníbales que pretende comérselo estofado, su actitud ante el desconocido no deberá ser la misma que si se trata del grumete del barco que viene por fin a rescatarle. Precisamente porque los otros hombres se me parecen mucho pueden resultarme más peligrosos que cualquier animal feroz o que un terremoto. No hay peor enemigo que un enemigo inteligente, capaz de hacer planes minuciosos, de tender trampas o de engañarme de mil maneras.
Quizá entonces lo mejor sea tomarles la delantera y ser uno el primero en tratarles, por medio de violencia o emboscadas, como si ya fuesen efectivamente esos enemigos que pudieran llegar a ser...
Sin embargo, esta actitud no es tan prudente como parece a primera vista: al comportarme ante mis semejantes como enemigo, aumento sin duda las posibilidades de que ellos se conviertan sin remedio en enemigos míos también; y además pierdo la ocasión de ganarme su amistad o de conservarla si en principio estuviesen dispuestos a ofrecérmela.
Mira este otro comportamiento posible ante nuestros peligrosos semejantes. Marco Aurelio fue emperador de Roma y además filósofo, lo cual es bastante raro porque los gobernantes suelen interesarse poco por las cuestiones que no sean indiscutiblemente prácticas. A este emperador le gustaba anotar algo así como unas conversaciones que tenía consigo mismo, dándose consejos o hasta pegándose broncas. Frecuentemente apuntaba cosas de este jaez (acudo a la memoria, no al libro, de modo que no te lo tomes al pie de la letra): «Al levantarte hoy, piensa que a lo largo del día te encontrarás con algún mentiroso, con algún ladrón, con algún adúltero, con algún asesino. Y recuerda que has de tratarles como a hombres, porque son tan humanos como tú y por tanto te resultan tan imprescindibles como la mandíbula inferior lo es para la superior.» Para Marco Aurelio, lo más importante respecto a los hombres no es si su conducta me parece conveniente o no, sino que -en cuanto humanos- me convienen y eso nunca debo olvidarlo al tratar con ellos. Por malos que sean, su humanidad coincide con la mía y la refuerza. Sin ellos, yo podría quizá vivir pero no vivir humanamente. Aunque tenga algún diente postizo y dos o tres con caries, siempre es más conveniente a la hora de comer contar con una mandíbula inferior que ayude a la superior...
Y es que esa misma semejanza en la inteligencia, en la capacidad de cálculo y proyecto, en las pasiones y los miedos, eso mismo que hace tan peligrosos a los hombres para mí cuando quieren serlo, los hace también supremamente útiles. Cuando un ser humano me viene bien, nada puede venirme mejor. A ver, ¿qué conoces tú que sea mejor que ser amado? Cuando alguien quiere dinero, o poder, o prestigio... ¿acaso no apetece esas riquezas para poder comprar la mitad de lo que cuando uno es amado recibe gratis? Y ¿quién me puede amar de verdad sino otro ser como yo, que funcione igual que yo, que me quiera en tanto que humano... y a pesar de ello? Ningún bicho, por cariñoso que sea, puede darme tanto como otro ser humano, incluso aunque sea un ser humano algo antipático. Es muy cierto que a los hombres debo tratarlos con cuidado, por si acaso. Pero ese «cuidado» no puede consistir ante todo en recelo o malicia, sino en el miramiento que se tiene al manejar las cosas frágiles, las cosas más frágiles de todas... porque no son simples cosas. Ya que el vínculo de respeto y amistad con los otros humanos es lo más precioso del mundo para mí, que también lo soy, cuando me las vea con ellos debo tener principal interés en resguardarlo y hasta mimarlo, si me apuras un poco. Y ni siquiera a la hora de salvar el pellejo es aconsejable que olvide por completo esta prioridad.
Marco Aurelio, que era emperador y filósofo pero no imbécil, sabía muy bien lo que tú también sabes: que hay gente que roba, que miente y que mata. Naturalmente, no suponía que por aquello de llevarse bien con el prójimo hay que favorecer semejantes conductas. Pero tenía bastante claras dos cosas que me parecen muy importantes:
primera: que quien roba, miente, traiciona, viola, mata o abusa de cualquier modo de uno no por ello deja de ser humano. Aquí el lenguaje es engañoso, porque al acuñar el título de infamia («ése es un ladrón», «aquélla una mentirosa», «tal otro un criminal») nos hace olvidar un poco que se trata siempre de seres humanos que, sin dejar de serlo, se comportan de manera poco recomendable. Y quien «ha llegado» a ser algo detestable, como sigue siendo humano aún puede volver a transformarse de nuevo en lo más conveniente para nosotros, lo más imprescindible...
Segunda: Una de las características principales de todos los humanos es nuestra capacidad de imitación. La mayor parte de nuestro comportamiento y de nuestros gustos la copiamos de los demás. Por eso somos tan educables y vamos aprendiendo sin cesar los logros que conquistaron otras personas en tiempos pasados o latitudes remotas. En todo lo que llamamos «civilización», «cultura», etc., hay un poco de invención y muchísinio de imitación. Si no fuésemos tan copiones, constantemente cada hombre debería empezarlo todo desde cero.
Por eso es tan importante el ejemplo que damos a nuestros congéneres sociales: es casi seguro que en la mayoría de los casos nos tratarán tal como se vean tratados. Si repartimos a troche y moche enemistad, aunque sea disimuladamente, no es probable que recibamos a cambio cosa mejor que más enemistad.
Ya sé que por muy buen ejemplo que llegue a dar uno, los demás siempre tienen a la vista demasiados malos ejemplos que imitar.
¿Para qué molestarse, pues, y renunciar a las ventajas inmediatas que sacan a menudo los canallas? Marco Aurelio te contestaría: «¿Te parece prudente aumentar el ya crecido número de los malos, de los que poco realmente positivo puedes esperar, y desanimar a la minoría de los mejores, que en cambio tanto pueden hacer por tu buena vida? ¿No es más lógico sembrar lo que intentas cosechar en lugar de lo opuesto, aun a sabiendas de que la cizaña puede estropear tu cosecha? ¿Prefieres portarte voluntariamente al modo de tanto loco como hay suelto, en lugar de defender y mostrar las ventajas de la cordura? »
Pero estudiemos un poco más de cerca lo que hacen esos que llamamos « malos », es decir, los que tratan a los demás humanos como a enemigos en lugar de procurar su amistad. Seguro que recuerdas la película Frankenstein, interpretada por ese entrañable monstruo de monstruos que fue Boris Karloff. Intentamos verla juntos en la tele cuando eras bastante pequeñajo y tuve que apagar porque, según me dijiste con elegante franqueza, « me parece que empieza a darme demasiado miedo». Bueno, pues en la novela de Mary W. Shelley en la que se basa la película, la criatura hecha de remiendos de cadáveres hace esta confesión a su ya arrepentido inventor: « Soy malo porque soy desgraciado. »Tengo la impresión de que la mayoría de los supuestos «malos» que corren por el
mundo podrían decir lo mismo cuando fuesen sinceros. Si se comportan de manera hostil y despiadada con sus semejantes es porque sienten miedo, o soledad, o porque carecen de cosas necesarias que otros muchos poseen: desgracias, como verás. 0 porque padecen la mayor desgracia de todas, la de verse tratados por la mayoría sin amor ni respeto, tal como le ocurría a la pobre criatura del doctor Frankenstein, a la que sólo un ciego y una niña quisieron mostrar amistad. No conozco gente que sea mala de puro feliz ni que martirice al prójimo como señal de alegría. Todo lo más, hay bastantes que para estar contentos necesitan no enterarse de los padecimientos que abundan a su alrededor y de algunos de los cuales son Cómplices. Pero la ignorancia, aunque esté satisfecha de sí misma, también es una forma de desgracia...
Ahora bien: si cuanto más feliz y alegre se siente alguien menos ganas tendrá de ser malo, ¿no será cosa prudente intentar fomentar todo lo posible la felicidad de los demás en lugar de hacerles desgraciados y por tanto propensos al mal? El que colabora en la desdicha ajena o no hace nada para ponerle remedio... se la está buscando. ¡Que no se queje luego de que haya tantos malos sueltos! A corto plazo, tratar a los semejantes como enemigos (o como víctimas) puede parecer ventajoso. El mundo está lleno de «pillines» o de descarados canallas que se consideran sumamente astutos cuando sacan provecho de la buena intención de los demás y hasta de sus desventuras. Francamente, no me parecen tan « listos » como ellos se halagan en creer. La mayor ventaja que podemos obtener de nuestros semejantes no es la posesión de más cosas (o el dominio sobre más personas tratadas como cosas, como instrumentos) sino la complicidad y afecto de más seres libres. Es decir, la ampliación y refuerzo de mi humanidad. «Y eso ¿para qué sirve?», preguntará el pillo, creyendo alcanzar el colmo de la astucia. A lo que tú puedes responderle: «No sirve para nada de lo que tú piensas. Sólo los siervos sirven y aquí ya te he dicho que estamos hablando de seres libres.» El problema del canalla es que no sabe que la libertad no sirve ni gusta de ser servida sino que busca contagiarse. Tiene mentalidad de esclavo, el pobrecillo... ¡por muy «rico» en cosas que se considere a sí mismo!
Y suspira luego el canalla, ahora ya tembloroso y reducido a simple pillín: « Si yo no me aprovecho de los otros, ¡seguro que son los otros los que se aprovechan de mí! » Es una cuestión de ratones-esclavos y leones-Iibres, con las debidas reverencias para ambas especies zoológicas de mi mayor consideración. Diferencia número uno entre el que ha nacido para ratón y el que ha nacido
para león: el ratón pregunta «¿qué me pasará?» y el león «¿qué haré?». Número dos: el ratón quiere obligar a los demás a que le quieran para así ser capaz de quererse a sí mismo y el león se quiere a sí mismo por lo que es capaz de querer a los demás.
Número tres: el ratón está dispuesto a hacer lo que sea contra los demás para prevenir lo que los demás pueden hacer contra él, mientras que el león considera que hace a favor de sí mismo todo lo que hace a favor de los demás. Ser ratón o ser león: ¡he aquí la cuestión! Para el león está bastante claro -«tenebrosamente claro», como diría el poeta Antonio Machado- que el primer perjudicado cuando intento perjudicar a mi semejante soy precisamente yo mismo... y en lo que tengo de más valioso, de menos servil.
Llegamos por fin al momento de intentar responder a una pregunta cuya contestación directa (indirectamente y con rodeos hace bastantes páginas que no hablamos de otra cosa) hemos aplazado ya demasiado tiempo: ¿en qué consiste tratar a las personas como a personas, es decir, humanamente? Respuesta: consiste en que intentes ponerte en su lugar. Reconocer a alguien como semejante implica sobre todo la posibilidad de comprenderle desde dentro, de adoptar por un momento su propio punto de vista.
Es algo que sólo de una manera muy novelesca y dudosa puedo pretender con un murciélago o con un geranio, pero que en cambio se impone con los seres capaces de manejar símbolos como yo mismo. A fin de cuentas, siempre que hablamos con alguien lo que hacemos es establecer un terreno en el que quien ahora es «yo» sabe que se convertirá en «tú» y viceversa. Si no admitiésemos que
existe algo fundamentalmente igual entre nosotros (la posibilidad de ser para otro lo que otro es para mí) no podríamos cruzar ni palabra. Allí donde hay cruce, hay también reconocimiento de que en cierto modo pertenecemos a lo de enfrente y lo de enfrente nos pertenece... Y eso aunque yo sea joven y el otro viejo, aunque yo sea hombre y el otro mujer, aunque yo sea blanco y el otro negro, aunque yo sea tonto y el otro listo, aunque yo esté sano y el otro enfermo, aunque yo sea rico y el otro pobre. « Soy humano -dijo un antiguo poeta latino- y nada de lo que es humano puede parecerme ajeno.» Es decir: tener conciencia de mi humanidad consiste en darme cuenta de que, pese a todas las muy reales diferencias entre
los individuos, estoy también en cierto modo dentro de cada uno de mis semejantes. Para empezar, como palabra...
Y no sólo para poder hablar con ellos, claro está. Ponerse en el lugar de otro es algo más que el comienzo de toda comunicación simbólica con él: se trata de tomar en cuenta sus derechos. Y cuando los derechos faltan, hay que comprender sus razones. Pues eso es algo a lo que todo hombre tiene derecho frente a los demás hombres, aunque sea el peor de todos: tiene derecho –derecho humano- a que alguien intente ponerse en su lugar y comprender lo que hace y lo que siente. Aunque sea para condenarle en nombre de leyes que toda sociedad debe admitir. En una palabra, ponerte en el lugar de otro es tomarle en serio, considerarle tan plenamente real como a ti mismo. ¿Recuerdas a nuestro viejo amigo el ciudadano Kane? ¿O a Gloucester? Se tomaron tan en serio a sí mismos, tuvieron tan en cuenta sus deseos y ambiciones, que actuaron como si los demás no fuesen de verdad, como si fuesen simples muñecos o fantasmas: los aprovechaban cuando les venía bien su colaboración, los desechaban o mataban si ya no les resultaban utilizables. No hicieron el mínimo esfuerzo por ponerse en su lugar, por relativizar su interés propio para tomar en cuenta también el interés ajeno. Ya sabes cómo les fue.
No te estoy diciendo que haya nada malo en que tengas tus propios intereses, ni tampoco que debas renunciar a ellos siempre para dar prioridad a los de tu vecino. Los tuyos, desde luego, son tan respetables como los suyos y lo demás son cuentos. Pero fíjate en la palabra misma «interés»: viene del latín inter esse, lo que está entre varios, lo que pone en relación a varios. Cuando hablo de «relativizar» tu interés quiero decir que ese interés no es algo tuyo exclusivamente, como si vivieras solo en un mundo de fantasmas, sino que te pone en contacto con otras realidades tan «de verdad» como tú mismo. De modo que todos los intereses que puedas tener son relativos (según otros intereses, según las circunstancias, según leyes y costumbres de la sociedad en que vives) salvo un interés, el único interés absoluto: el interés de ser humano entre los humanos, de dar y recibir el trato de humanidad sin el que no puede haber «buena vida». Por mucho que pueda interesarte algo, si miras bien nada puede ser tan interesante para ti como la capacidad de ponerte en el lugar de aquellos con los que tu interés te relaciona. Y al ponerte en su lugar no sólo debes ser capaz de atender a sus razones, sino también de participar de algún modo en sus pasiones y sentimientos, en sus dolores, anhelos y gozos. Se trata de sentir simpatía por el otro (o si prefieres compasión, pues ambas voces tienen etimologías semejantes, la una derivando del griego y la otra del latín), es decir ser capaz de experimentar en cierta manera al unísono con el otro, no dejarle del todo solo ni en su pensar ni en su querer. Reconocer que estamos hechos de la misma pasta, a la vez idea, pasión y carne. 0 como lo dijo más bella y profundamente Shakespeare: todos los humanos estamos hechos de la sustancia con la que se trenzan los sueños. Que se note que nos damos cuenta de ese parentesco.
Tomarte al otro en serio, es decir, ser capaz de ponerte en su lugar para aceptar prácticamente que es tan real como tú mismo, no significa que siempre debas darle la razón en lo que reclama o en lo que hace. Ni tampoco que, como le tienes por tan real como tú mismo y semejante a ti, debas, comportarte como si fueseis idénticos. El dramaturgo y humorista Bernard Shaw solía decir: « No siempre hagas a los demás lo que desees que te hagan a ti: ellos pueden tener gustos diferentes.» Sin duda los hombres somos semejantes, sin duda sería estupendo que llegásemos a ser iguales (en cuanto a oportunidades al nacer y luego ante las leyes), pero desde luego no somos ni tenemos por qué empeñarnos en ser idénticos. ¡Menudo aburrimiento y menuda tortura generalizada! Ponerte en el lugar del otro es hacer un esfuerzo de objetividad por ver las cosas como él las ve, no echar al otro y ocupar tú su sitio...
O sea que él debe seguir siendo él y tú tienes que seguir siendo tú. El primero de los derechos humanos es el derecho a no ser fotocopia de nuestros vecinos, a ser más o menos raros. Y no hay derecho a obligar a otro a que deje de ser «raro» por su bien, salvo que su «rareza» consista en hacer daño al prójimo directa y claramente...
Acabo de emplear la palabra «derecho» y me parece que ya la he utilizado un poco antes. ¿Sabes por qué? Porque gran parte del difícil arte de ponerse en el lugar del prójimo tiene que ver con eso que desde muy antiguo se llama justicia. Pero aquí no sólo me refiero a lo que la justicia tiene de institución pública (es decir, leyes establecidas, jueces, abogados, etc.), sino a la virtud de la justicia, o sea: a la habilidad y el esfuerzo que debemos hacer cada uno –si querernos vivir bien- por entender lo que nuestros semejantes pueden esperar de nosotros. Las leyes y los jueces intentan determinar obligatoriamente lo mínimo que las personas tienen derecho a exigir de aquellos con quienes conviven en sociedad, pero se trata de un mínimo y nada más. Muchas veces por muy legal que sea, por mucho que se respeten los códigos y nadie pueda ponernos multas o llevarnos a la cárcel, nuestro comportamiento sigue siendo en el fondo injusto. Toda ley escrita no es más que una abreviatura, una simplificación -a menudo imperfecta- de lo que tu semejante puede esperar concretamente de ti, no del Estado o de sus jueces. La vida es demasiado compleja y sutil, las personas somos demasiado distintas, las situaciones son demasiado variadas, a menudo demasiado íntimas, como para que todo quepa en los libros de jurisprudencia. Lo mismo que nadie
puede ser libre en tu lugar, también es cierto que nadie puede ser justo por ti si tú no te das cuenta de que debes serlo para vivir bien. Para entender del todo lo que el otro puede esperar de ti no hay más remedio que amarle un poco, aunque no sea más que amarle sólo porque también es humano... y ese pequeño pero importantísimo amor ninguna ley instituida puede imponerlo. Quien vive bien debe ser capaz de una justicia simpática, o de una compasión justa. ¡Vaya, me ha salido otro capítulo larguísimo! Pero tengo la excusa de que éste es el capítulo más importante de todos. Lo fundamental de la ética de la que quiero hablarte he intentado decirlo en estas últimas páginas. Me atrevería a pedirte que, si no estás demasiado harto, lo leyeras otra vez antes de pasar más adelante. Aunque si no lo haces porque estás algo cansado... ¡bueno, me pongo en tu lugar!

Vete leyendo...

«Un día, cerca del mediodía, cuando iba a visitar mi canoa, me sorprendió de una manera extraña el descubrir sobre la arena la reciente huella de un pie descalzo. Me paré de repente, como herido por un rayo o como si hubiese visto alguna aparición. Escuché, dirigí la vista alrededor mío, pero nada vi, no oí nada...» (Daniel Defoe, Aventuras de Robinson Crusoe).

«Toda vida verdadera es encuentro» (Martin Buber, Yo y tú).

«Unido con sus semejantes por el más fuerte de todos los vínculos, el de un destino común, el hombre libre encuentra que siempre lo acompaña una nueva visión que proyecta sobre toda tarea cotidiana la luz del amor. La vida del hombre es una larga marcha a través de la noche, rodeado de enemigos invisibles, torturado por el cansancio y el dolor, hacia una meta que pocos pueden esperar alcanzar, y donde nadie puede detenerse mucho tiempo. Uno tras otro, a medida que avanzan, nuestros camaradas se alejan de nuestra vista, atrapados por las órdenes silenciosas de la muerte omnipotente. Muy breve es el lapso durante el cual podemos ayudarlos, en el que se decide su felicidad o su miseria.
¡Ojalá nos corresponda derramar luz solar en su senda, iluminar sus penas con el bálsamo de la simpatía, darles la pura alegría de un afecto que nunca se cansa, fortalecer su ánimo desfalleciente, inspirarles fe en horas de desesperanza» (Bertrand Russell, Misticismo y lógica).

«Nunca hubo adepto de la virtud y enemigo del placer tan triste y tan rígido como para predicar las vigilias, los trabajos y las austeridades sin ordenar, al mismo tiempo, dedicarse con todas sus fuerzas a aliviar la pobreza y la miseria de los otros. Todos estiman que incluso hay que glorificar, con el título de humanidad, el hecho de que el hombre es para el hombre salvación y consuelo, puesto que es esencialmente "humano" -y ninguna virtud es tan propia del hombre como ésta- suavizar lo más posible las penas de los otros, hacer desaparecer la tristeza, devolver la alegría de vivir, es decir: el placer» (Tomás Moro, Utopía).

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32 POSMODERNIDAD: EN BUSCA DE UN CONCEPTO el Dom Jun 04, 2017 2:04 pm

GARCÍA

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POSMODERNIDAD: EN BUSCA DE UN CONCEPTO

Llegar a un concepto o definición de lo que es la posmodernidad ha sido motivo de discusión en los círculos académicos. En principio porque uno de los rasgos —quizás el más sobresaliente—, es esa imposibilidad de definirla, de encasillarla en una terminología y de sistematizarla, porque es eso precisamente lo que falta en esta era: un orden, un sistema, una totalidad, una... valga la redundancia, unidad.
El concepto implica necesariamente diferencia en el sentido más amplio de la palabra. Ello quiere decir que, lejos de lograr una identidad posmoderna —en otras palabras, que se apunte a un tipo de vida o forma de ser determinados—, lo posmoderno sería aquello donde caben una infinidad de identidades, todas ellas diferentes.
El hombre posmoderno no puede definirse como se definía al moderno; como aquel que proclamaba el triunfo de la razón y la ciencia, y que rechazaba la Edad Media y la religión por ser símbolos de estancamiento y atraso. El hombre posmoderno no se define por nada en particular. Ésta es la era en donde todo se vale, y de ahí que todo sea relativo.
Aunque es difícil encontrar definiciones exactas, es más fácil encontrar características que nos ayuden a comprender qué es la posmodernidad.

CARACTERÍSTICAS
a) Diferencia

Quizás uno de los conceptos que más resaltan en este tema es el de la diferencia, entendida como una multiplicidad de identidades culturales o realidades que coexisten en nuestro planeta. Hasta ahí la diferencia propiamente dicha. Cuando cobran voz a través de las comunicaciones haciéndonos partícipes de su existencia, este reconocimiento de las diferencias genera una conciencia en nosotros mismos de que somos una entre muchas culturas. A esto podemos llamarlo pluralidad:

b) Pluralidad
La pluralidad, aunque es una idea muy similar a la idea de la diferencia, se distingue de ésta en que aquélla denota una cierta actitud ante la vida, una voluntad política que no se queda en la aceptación o reconocimiento de lo otro como diferente, sino que pretende una comunicación con esta alteridad, una coexistencia y voluntad para compartir un mundo en común. La pluralidad denota una multiplicidad de racionalidades: ya no se va a pensar en una razón universal unificadora sino en muchas racionalidades, y en muchas maneras de ver y vivir el mundo.
Alteridad (del latín alter: el "otro" de entre dos términos, considerado desde la posición del "uno", es decir, del yo) es el principio filosófico de "alternar" o cambiar la propia perspectiva por la del "otro", considerando y teniendo en cuenta el punto de vista.
Su uso actual se debe al filósofo Emmanuel Lévinas, en una compilación de ensayos bajo el título Alteridad y Trascendencia.
El término “alteridad” se aplica al descubrimiento que el “él” hace del “otro”, lo que hace surgir una amplia gama de imágenes del otro, del “nosotros”, así como visiones múltiples del “él”. Tales imágenes, más allá de las diferencias, coinciden todas en ser representaciones más o menos inventadas de personas antes insospechadas, radicalmente diferentes, que viven en mundos distintos dentro del mismo universo.


c) Relativismo
Al aceptar las diferencias y vivir en un mundo plural es inevitable caer en un relativismo; si no hay una razón unificadora de valores y conocimientos, lo que cada quien crea será válido según la cultura o la realidad en que se viva. Esto de alguna manera genera un vacío de ideales en el que no existe un modelo de perfección humana, un tipo ideal. El relativismo se opone así al universalismo, que plantea como tal una escala de valores universales que no tienen lugar en la sociedad plural.

d) Comunicación en masa
En palabras del filósofo Gianni Vattimo (uno de los pensadores más importantes de la posmodernidad), los medios de comunicación masiva son el principal factor de la sociedad posmoderna. Éstos han convertido al mundo en un lugar más complejo; se encargan de mostrar las diferentes realidades, las múltiples identidades en toda su individualidad y peculiaridad; pero también nos muestran irrealidades o, en otras palabras, realidades artificiales, a veces producto de la imaginación de todos aquellos que participan en y de estos medios.
En un mundo donde la comunicación rompe todas las fronteras, en donde podemos conocer a través del internet, el cine y la televisión, culturas y diferencias que en otros tiempos habrían sido impensables y ajenas a nuestra realidad, el sentido de la historia y de la razón se ve alterado de manera definitiva.
El reconocer la diferencia, en otras palabras, el hecho de reconocer en los otros lo que nos es ajeno, lo que no compartimos con una determinada cultura y manera de ver el mundo, nos afirma por un lado en nuestra identidad; es decir, en lo que sí somos (nuestro lenguaje, religión, costumbres, ideología, etcétera). Pero también nos pone a pensar acerca de todo lo que podríamos ser.
Las guerras de la era posmoderna se han caracterizado por ser guerras de civilizaciones, cuyo argumento es religioso, nacionalista, racista. Esto nos lleva a la última y, quizá, más importante de las características de la posmodernidad que es el vacío de ideologías.

e) Vacío de ideologías
Tal vez lo que más destaca de este fin de la modernidad o de la historia es que no hay ideologías. Como consecuencia del relativismo, de la pluralidad, del reconocimiento de la diferencia y de la comunicación en masa y del mundo en el que “todo se vale”, se acaban las ideologías (por lo menos en el sentido en el que estábamos acostumbrados en la modernidad): como un sistema ordenado de ideas. Donde surgen y tienen cabida muchas maneras de pensar se acaba lo que conocemos como mentalidad, es decir un conjunto de valores e ideas compartidas con un grupo de personas dentro de una sociedad.

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33 Sentimientos el Dom Jun 04, 2017 2:34 pm

GARCÍA

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Germanborello4A2017

¿quien me dice que no tiene sentimiento? esos ojos hablan a gritos

https://www.youtube.com/watch?v=cy7iUiP17-Y

¿Qué se puede decir del comportamiento moral y ético de la persona que abandonó a este ser? Los valores son altamente cuestionables de quien cometa tremendo hecho inhumano. Llegamos, creo, a la conclusión de que el valor "RESPETO" está en la cúspide de los valores, ¿cuantos valores son vulnerados en esta sola acción?

Quien puede abandonar o maltratar a un animal es mas propenso a que haga lo mismo con un humano.

Mahatma Ghandi: " Un país, una civilización se puede juzgar por la forma en que trata a sus animales"

saludos


Ya opté por no ver más éstas, que están entre las peores muestras de maldad humana, la única.
Mi ser moral no lo soporta. El abandono, la insensibilidad, la crueldad, el irrespeto por la VIDA.
La VIDA es una sola. DIOS habita en "todos" los seres vivos, en "todas" las formas: perros, gatos, cerdos, gallinas, vacas... todas.
Cinco mil animales son asesinados impunemente "por segundo" en este demente planeta...
Las prolijas y asépticas góndolas de los supermercados no muestran el horror de los mataderos.
Pero aún falta tanto para evolucionar...
Al menos en este país, sólo espero que, por lo pronto, se regule con una ley específica la protección de los Derechos de los Animales no humanos, reconocidos como "personas no humanas" en el nuevo Código Civil. "Personas", igual que nosotros, con todo lo que ello implica...

Mahatma Ghandi: " Un país, una civilización se puede juzgar por la forma en que trata a sus animales"...
Cómo juzgamos entonces a este planeta, y al "país de la carne? muerta..."


"SI LOS MATADEROS TUVIERAN PAREDES DE CRISTAL, TODOS SERÍAMOS VEGETARIANOS".
Sir Paul McCartney

https://www.youtube.com/watch?v=ayrq70OWgU4







Muchas gracias Germán.
Saludos.



Última edición por GARCÍA el Dom Jun 04, 2017 4:01 pm, editado 1 vez

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34 ACTIVIDAD PARA LA SEMANA DEL 12/6 el Dom Jun 04, 2017 2:40 pm

GARCÍA

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En no más de cuatro grupos en el curso:

1) Por grupos, compartir brevemente la Evaluación N° 1.
2) Leer y reflexionar sobre el Capítulo 7° de Ética para Amador.
3) Situar las características de la posmodernidad en el contexto escolar.



Última edición por GARCÍA el Miér Jun 07, 2017 11:14 am, editado 1 vez

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35 ATENCIÓN 4° B el Miér Jun 07, 2017 11:12 am

GARCÍA

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Hola Smile

Más allá de la huelga en el transporte público, les aviso que tengo carpeta médica.
Hasta la próxima clase, buen fin de semana Wink

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36 Re: ETICA Y CONSTRUCCION DE LA CIUDADANIA el Miér Jun 07, 2017 2:07 pm

BUEN DÍA!!!Smile
Gracias por avisar. Nos vemos la semana que viene, que se recupere pronto.
Laughing Laughing

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37 Re: ETICA Y CONSTRUCCION DE LA CIUDADANIA el Jue Jun 08, 2017 12:37 pm

GARCÍA

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Georgina Pisani 4A 2017

BUEN DÍA!!! Smile
Gracias por avisar. Nos vemos la semana que viene, que se recupere pronto.
Laughing Laughing


Muchas gracias Georgina!
Saludos Wink

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38 ATENCIÓN EVALUACIÓN 1 el Jue Jun 08, 2017 12:41 pm

GARCÍA

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El punto 2 es sobre la dinámica escolar en general, NO en referencia a las situaciones seleccionadas y analizadas por uds. en el punto 1.

Saludos! Wink

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39 CONSULTA: el Lun Jun 12, 2017 2:27 pm

Buen día profe,mañana tendremos clases?
En caso de que este disturbio, con el transporte Público siga. Usted, asiste a clases?
Smile Smile Cool bounce bom

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40 ÉTICA PARA AMADOR - Capítulo Tercero el Dom Jun 18, 2017 3:23 pm

GARCÍA

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CAPITULO TERCERO
HAZ LO QUE QUIERAS

Decíamos antes que la mayoría de las cosas las hacemos porque nos las mandan (los padres cuando se es joven, los superiores o las leyes cuando se es adulto), porque se acostumbra a hacerlas así (a veces la rutina nos la imponen los demás con su ejemplo y su presión -miedo al ridículo, censura, chismorreo, deseo de aceptación en el grupo...y otras veces nos la creamos nosotros mismos), porque son un medio para conseguir lo que queremos (como tomar el autobús para ir al colegio) o sencillamente porque nos da la ventolera o el capricho de hacerlas así, sin más ni más.
Pero resulta que en ocasiones importantes o cuando nos tomamos lo que vamos a hacer verdaderamente en esto, todas estas motivaciones corrientes resultan insatisfactorias: vamos, que saben a poco, como suele decirse.
Cuando tiene uno que salir a exponer el pellejo junto a las murallas de Troya desafiando el ataque de Aquiles, como hizo Héctor; o cuando hay que decidir entre tirar al mar la carga para salvar a la tripulación o tirar a unos cuantos de la tripulación para salvar la carga; o... en casos semejantes, aunque no sean tan dramáticos (por ejemplo sencillito: ¿debo votar al político que considero mejor para la mayoría del país, aunque perjudique con su subida de impuestos mis intereses personales, o apoyar al que me permite forrarme más a gusto y los demás que espabilen?), ni órdenes ni costumbres bastan y no son cuestiones de capricho. El comandante nazi del campo de concentración al que acusan de una matanza de judíos intenta excusarse diciendo que «cumplió órdenes », pero a mí, sin embargo, no me convence esa justificación; en ciertos países es costumbre no alquilar un piso a negros por su color de piel o a homosexuales por su preferencia amorosa, pero por mucho que sea habitual tal discriminación sigue sin parecerme aceptable; el capricho de irse a pasar unos días en la playa es muy comprensible, pero si uno tiene a un bebé a su cargo y lo deja sin cuidado durante un fin de semana, semejante capricho ya no resulta simpático sino criminal. ¿No opinas lo mismo que yo en estos casos?
Todo esto tiene que ver con la cuestión de la libertad, que es el asunto del que se ocupa propiamente la ética, según creo haberte dicho ya. Libertad es poder decir «sí» o «no»; lo hago o no lo hago, digan lo que digan mis jefes o los demás; esto me conviene y lo quiero, aquello no me conviene y por tanto no lo quiero. Libertad es decidir, pero también, no lo olvides, darte cuenta de que estás decidiendo. Lo más opuesto a dejarse llevar, como podrás comprender. Y para no dejarte llevar no tienes más remedio que intentar pensar al menos dos veces lo que vas a hacer; sí, dos veces, lo siento, aunque te duela la cabeza... La primera vez que piensas el motivo de tu acción la respuesta a la pregunta «¿por qué hago esto?» es del tipo de las que hemos estudiado últimamente: lo hago porque me lo mandan, porque es costumbre hacerlo, porque me da la gana. Pero si lo piensas por segunda vez, la cosa ya varía.
Esto lo hago porque me lo mandan, pero... ¿por qué obedezco lo que me mandan?, ¿por miedo al castigo?, ¿por esperanza de un premio?, ¿no estoy entonces como esclavizado por quien me manda? Si obedezco porque quien da las órdenes sabe más que yo, ¿no sería aconsejable que procurara Informarme lo suficiente para decidir por mi mismo? ¿Y si me mandan cosas que no me parecen convenientes, como cuando le ordenaron al comandante nazi eliminar a los judíos del campo de concentración? ¿Acaso no puede ser algo «malo» -es decir, no conveniente para mí- por mucho que me lo manden, o «bueno» y conveniente aunque nadie me lo ordene?
Lo mismo sucede respecto a las costumbres. Si no pienso lo que hago más que una vez, quizá me baste la respuesta de que actúo así «porque es costumbre». Pero ¿por qué diablos tengo que hacer siempre lo que suele hacerse (o lo que suelo hacer)? ¡Ni que fuera esclavo de quienes me rodean, por muy amigos míos que sean, o de lo que hice ayer, antes de ayer y el mes pasado! Si vivo rodeado de gente que tiene la costumbre de discriminar a los negros y a mí eso no me parece ni medio bien, ¿por qué tengo que imitarles? Si he cogido la costumbre de pedir dinero prestado y no devolverlo nunca, pero cada vez me da más vergüenza hacerlo, ¿por qué no voy a poder cambiar de conducta y empezar desde ahora mismo a ser más legal? ¿Es que acaso una costumbre nopuede ser poco conveniente para mí, por muy acostumbrada que sea? Y cuando me interrogo por segunda vez sobre mis caprichos, el resultado es parecido. Muchas veces tengo ganas de hacer cosas que en seguida se vuelven contra mí, de las que me arrepiento luego. En asuntos sin importancia el capricho puede ser
aceptable, pero cuando se trata de cosas más serias dejarme llevar por él, sin reflexionar si se trata de un capricho conveniente o inconveniente, puede resultar muy poco aconsejable, hasta peligroso: el capricho de cruzar siempre los semáforos en rojo a lo mejor resulta una o dos veces divertido pero ¿llegaré a viejo si me empeño en hacerlo día tras día?
En resumidas cuentas: puede haber órdenes, costumbres y caprichos que sean motivos adecuados para obrar, pero en otros casos no tiene por qué ser así. Seria un poco idiota querer llevar la contraria a todas las órdenes y a todas las costumbres, como también a todos los caprichos, porque a veces resultarán convenientes o agradables. Pero nunca una acción es buena sólo por ser una orden, una costumbre o un capricho. Para saber si algo me resulta de veras conveniente o no tendré que examinar lo que hago más a fondo, razonando por mí mismo. Nadie puede ser libre en mi lugar, es decir: nadie Puede dispensarme de elegir y de buscar por mí mismo. Cuando se es un niño pequeño, inmaduro, con poco conocimiento de la vida y de la realidad, basta con la obediencia, la rutina o el caprichito. Pero es porque todavía se está dependiendo de alguien, en manos de otro que vela por nosotros.
Luego hay que hacerse adulto, es decir, capaz de inventar en cierto modo la propia vida y no simplemente de vivir la que otros han inventado para uno. Naturalmente, no podemos inventarnos del todo porque no vivimos solos y muchas cosas se nos imponen queramos o no (acuérdate de que el pobre capitán no eligió padecer una tormenta en alta mar ni Aquiles le pidió a Héctor permiso para atacar Troya ... ). Pero entre las órdenes que se nos dan, entre las costumbres que nos rodean o nos creamos, entre los caprichos que nos asaltan, tendremos que aprender a elegir por nosotros mismos.
No habrá más remedio, para ser hombres y no borregos (con perdón de los borregos), que pensar dos veces lo que hacemos. Y si me apuras, hasta tres y cuatro veces en ocasiones señaladas.
La palabra «moral» etimológicamente tiene que ver con las costumbres, pues eso precisamente es lo que significa la voz latina mores, y también con las órdenes, pues la mayoría de los preceptos morales suenan así como «debes hacer tal cosa» o «ni se te ocurra hacer tal otra». Sin embargo, hay costumbres y órdenes -como ya hemos visto que pueden ser malas, o sea «inmorales», por muy ordenadas y acostumbradas que se nos presenten. Si queremos profundizar el' la moral de verdad, si queremos aprender en serio cómo emplear bien la libertad que tenemos (y en este aprendizaje consiste precisamente la «moral» o «ética» de la que estarnos hablando aquí), más vale dejarse de órdenes, costumbres y caprichos. Lo primero que hay que dejar claro es que la ética de un hombre libre nada tiene que ver con los castigos ni los premios repartidos por la autoridad que sea, autoridad humana o divina, para el caso es igual. El que no hace más que huir del castigo y buscar la recompensa que dispensan otros, según normas establecidas por ellos, no es mejor que un pobre esclavo. A un niño quizá le basten el palo y la zanahoria como guías de su conducta, pero para alguien crecidito es más bien triste seguir con esa mentalidad. Hay que orientarse de otro modo. Por cierto, una aclaración terminológica. Aunque yo voy a utilizar las palabras «moral» y «ética» como equivalentes, desde un punto de vista técnico (perdona que me ponga más profesoral que de costumbre) no tienen idéntico significado. «Moral» es el conjunto de comportamientos Y normas que tú, yo y algunos de quienes nos rodean solemos aceptar como válidos; «ética» es la reflexión sobre por qué los consideramos válidos y la comparación con otras «morales» que tienen personas diferentes. Pero en fin, aquí seguiré usando una u otra palabra indistintamente, siempre como arte de vivir. Que me perdone la academia...
Te recuerdo que las palabras «bueno» y «malo» no sólo se aplican a comportamientos morales, ni siquiera sólo a personas. Se dice, por ejemplo, que Maradona o Butragueño son futbolistas muy buenos, sin que ese calificativo tenga nada que ver con su tendencia a ayudar al prójimo fuera del estadio o su propensión a decir siempre la verdad. Son buenos en cuanto futbolistas y como futbolistas, sin que entremos en averiguaciones sobre su vida privada. Y también puede decirse que una moto es muy buena sin que ello implique que la tomamos por la Santa Teresa de las motos: nos referimos a que funciona estupendamente y que tiene todas las ventajas que a una moto pueden pedirse. En cuestión de futbolistas o de motos, lo «bueno» -es decir, lo que conviene- está bastante claro. Seguro que si te pregunto me explicas muy bien cuáles son los requisitos necesarios para que algo merezca calificación de sobresaliente en el terreno de juego o en la carretera. Y digo yo: ¿por qué no intentamos definir del mismo modo lo que se necesita para ser un hombre bueno? ¿No nos resolvería eso todos
los problemas que nos estamos planteando desde hace ya bastantes páginas?
No es cosa tan fácil, sin embargo. Respecto a los buenos futbolistas, las buenas motos, los buenos caballos de carreras, etc., la mayoría de la gente suele estar de acuerdo, pero cuando se trata de determinar si alguien es bueno o malo en general, como ser humano, las opiniones varían mucho. Ahí tienes, por ejemplo, el caso de Purita: su mamá en casa la tiene por el no va más de la bondad, porque es obediente y modosita, pero en clase todo el mundo la detesta porque es chismosa y cizañera. Seguro que para sus superiores el oficial nazi que gaseaba judíos en Auschwitz era bueno y como es debido, pero los judíos debían tener sobre él una opinión diferente. A veces llamarle a alguien «bueno» no indica nada bueno: hasta el punto de que suelen decirse cosas como «Fulanito es muy bueno, ¡el pobre! » El poeta español Antonio Machado era consciente de esta ambigüedad y en su autobiografía poética escribió: «Soy en el buen sentido de la palabra bueno ... » Se refería a que, en muchos casos, llamarle a uno «bueno» no indica más que docilidad, tendencia a no llevar la contraria y a no causar problemas, prestarse a cambiar los discos mientras los demás bailan, cosas así.
Para unos, ser bueno significará ser resignado y paciente, pero otros llamarán bueno a la persona emprendedora, original, que no se acobarda a la hora de decir lo que piensa aunque pueda molestar a alguien. En países como Sudáfrica, por ejemplo, unos tendrán Por bueno al negro que no da la lata y se conforma con el apartheid, mientras que otros no llamarán así más que al que sigue a Nelson Mandela. ¿Y sabes por qué no resulta sencillo decir cuándo un ser humano es «bueno» y cuándo no lo es? Porque no sabemos para que sirven los seres humanos. Un futbolista sirve para jugar al fútbol de tal modo que ayude a ganar a su equipo y meta goles al contrario; una moto sirve para trasladarnos de modo veloz, estable, resistente... Sabemos cuándo un especialista en algo o cuándo un instrumento funcionan como es debido porque tenemos idea del servicio que deben prestar, de lo que se espera de ellos. Pero si tomamos al ser humano en general la cosa se complica: a los humanos se nos reclama a veces resignación y a veces rebeldía, a veces iniciativa y a veces obediencia, a veces generosidad y otras previsión del futuro, etc. No es fácil ni siquiera determinar una virtud cualquiera: que un futbolista meta un gol en la portería contraria sin cometer falta siempre es bueno, pero decir la verdad puede no serlo. ¿Llamarías «bueno» a quien le dice por crueldad al moribundo que va a morir o a quien delata dónde se esconde la víctima al asesino que quiere matarla? Los oficios y los instrumentos responden a unas normas de utilidad bastante claras, establecidas desde fuera: si se las cumple, bien; si no, mal y se acabó. No se pide otra cosa. Nadie exige a un futbolista -para ser buen futbolista, no buen ser humano- que sea caritativo o veraz; nadie le pide a una moto, para ser buena moto, que sirva para clavar clavos. Pero cuando se considera a los humanos en general la cosa no está tan clara, porque no hay un único reglamento para ser buen humano ni el hombre es instrumento para conseguir nada. Se puede ser buen hombre (y buena mujer, claro) de muchas maneras y las opiniones que juzgan los comportamientos suelen variar según las circunstancias. Por eso decimos a veces que Fulano o Menganita son buenos «a su modo». Admitimos así que hay muchas formas de serlo y que la cuestión depende del ámbito en que se mueve cada cual. De modo que ya ves que desde fuera no es fácil determinar quién es bueno y quién malo, quién hace lo conveniente y quién no. Habría que estudiar no sólo todas las circunstancias de cada caso, sino hasta las intenciones que mueven a cada uno. Porque Podría pasar que alguien hubiese pretendido hacer algo malo y le saliera un resultado aparentemente bueno por carambola. Y al que hace lo bueno y conveniente por chiripa lo le llamaríamos «bueno», ¿verdad? También al revés: con la mejor voluntad del mundo alguien podría provocar un desastre y sertenido por monstruo sin culpa suya. Me parece que por este camino sacaremos poco en limpio, lo siento.
Pero si ya hemos dicho que ni órdenes, ni costumbres ni caprichos bastan para guiar. nos en esto de la ética y ahora resulta que no hay un claro reglamento que enseñe a ser hombre bueno y a funcionar siempre como tal, ¿cómo nos las arreglaremos? Voy a contestarte algo que de seguro te sorprende y quizá hasta te escandalice. Un divertidísimo escritor francés del siglo XVI, François Rabelais, contó en una de las primeras novelas europeas las aventuras del gigante Gargantúa y su hijo Pantagruel. Muchas cosas podría contarte de ese libro, pero prefiero que antes o después te decidas a leerlo por ti mismo. Sólo te diré que en una ocasión Gargantúa decide fundar una orden más o menos religiosa e instalarla en una abadía, la abadía de Theleme, sobre cuya puerta está escrito este único precepto: « Haz lo que quieras. » Y todos los habitantes de esa santa casa no hacen precisamente más que eso, lo que quieren. ¿Qué te parecería si ahora te digo que a la puerta de la ética bien entendida no está escrita más que esa misma consigna: haz lo que quieras? A lo mejor te indignas conmigo: ¡vaya, pues sí que es moral la conclusión a la que hemos llegado!, ¡la que se armaría si todo el mundo hiciese sin más ni más lo que quisiera!, ¿para eso hemos perdido tanto tiempo y nos hemos comido tanto el coco? Espera, espera, no te enfades. Dame otra oportunidad: hazme el favor de pasar al capítulo siguiente... vete leyendo...

«Los congregados en Theleme empleaban su vida, no en atenerse a leyes, reglas o estatutos, sino en ejecutar su voluntad y libre albedrío. Levantábanse del lecho cuando les parecía bien, y bebían, comían, trabajaban y dormían cuando sentían deseo de hacerlo. Nadie les despertaba, ni le forzaba a beber, o comer, ni a nada.» Así lo había dispuesto Gargantúa. La única regla de la Orden era ésta:
HAZ LO QUE QUIERAS
»Y era razonable, porque las gentes libres, bien nacidas y bien educadas, cuando tratan con personas honradas, sienten por naturaleza el instinto y estímulo de huir del vicio y acogerse a la virtud. Y es a esto a lo que llaman honor. »Pero cuando las mismas gentes se ven refrenadas y constreñidas, tienden a rebelarse y romper el yugo que las abruma. Pues todos nos inclinamos siempre a buscar lo prohibido y a codiciar lo que se nos niega» (François Rebelais, Gargantúa y Pantagruel).

» La ética humanista, en contraste con la ética autoritaria, puede distinguirse de ella por un criterio formal Y otro material. Formalmente se basa en el Principio de que sólo el hombre por sí mismo puede determinar el criterio sobre virtud y pecado, y no Una autoridad que lo trascienda. Materialmente se basa en el principio de que lo "bueno" es aquello que es bueno para el hombre y "malo" lo que le es nocivo, siendo el único criterio de valor ético el bienestar del hombre» (Erich Fromm, Ética y psicoanálisis).

«Pero, aunque la razón basta, cuando está plenamente desarrollada y perfeccionada, para instruimos de las tendencias dañosas o útiles de las cualidades y de las acciones, no basta, por sí misma, para producir la censura o la aprobación moral. La utilidad no es más que una tendencia hacia un cierto fin; si el fin nos fuese totalmente indiferente, sentiríamos la misma indiferencia por los
medios. Es preciso necesariamente que un sentimiento se manifieste aquí, para hacernos preferir las tendencias útiles a las tendencias dañinas. Ese sentimiento no puede ser más que una simpatía por la felicidad de los hombres o un eco de su desdicha, puesto que éstos son los diferentes fines que la virtud y el vicio tienen tendencia a promover. Así pues, la razón nos instruye acerca de las diversas tendencias de las acciones y la humanidad hace una distinción a favor de las tendencias útiles y beneficiosas»
(David Hume, Investigación sobre los principios de la moral).

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GARCÍA

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Zygmunt Bauman
MODERNIDAD LÍQUIDA

Prólogo
Acerca de lo leve y lo líquido


La interrupción, la incoherencia, la sorpresa son las condiciones habituales de nuestra vida.
Se han convertido incluso en necesidades reales para muchas personas, cuyas mentes sólo se alimentan […] de cambios súbitos y de estímulos permanentemente renovados […] Ya no toleramos nada que dure. Ya no sabemos cómo hacer para lograr que el aburrimiento dé fruto.
Entonces, todo el tema se reduce a esta pregunta: ¿la mente humana puede dominar lo que la mente humana ha creado?
Paul Valéry

La “fluidez” es la cualidad de los líquidos y los gases. Según nos informa la autoridad de la Encyclopedia Britannica, lo que los distingue de los sólidos es que “en descanso, no pueden sostener una fuerza tangencial o cortante” y, por lo tanto, “sufren un continuo cambio de forma cuando se los somete a esa tensión”.
Este continuo e irrecuperable cambio de posición de una parte del material con respecto a otra parte cuando es sometida a una tensión cortante constituye un flujo, una propiedad característica de los fluidos.
Opuestamente, las fuerzas cortantes ejercidas sobre un sólido para doblarlo o flexionarlo se sostienen, y el sólido no fluye y puede volver a su forma original.
Los líquidos, una variedad de fluidos, poseen estas notables cualidades, hasta el punto de que “sus moléculas son preservadas en una disposición ordenada solamente en unos pocos diámetros moleculares”; en tanto, “la amplia variedad de conductas manifestadas por los sólidos es resultado directo del tipo de enlace que reúne los átomos de los sólidos y de la disposición de los átomos”. “Enlace”, a su vez, es el término que expresa la estabilidad de los sólidos –la resistencia que ofrecen “a la separación de los átomos”–.
Hasta aquí lo que dice la EncyclopædiaBritannica, en una entrada que apuesta a explicar la “fluidez” como una metáfora regente de la etapa actual de la era moderna.
En lenguaje simple, todas estas características de los fluidos implican que los líquidos, a diferencia de los sólidos, no conservan fácilmente su forma. Los fluidos, por así decirlo, no se fijan al espacio ni se atan al tiempo. En tanto los sólidos tienen una clara dimensión espacial pero neutralizan el impacto –y disminuyen la significación– del tiempo (resisten efectivamente su flujo o lo vuelven irrelevante), los fluidos no conservan una forma durante mucho tiempo y están constantemente dispuestos (y proclives) a cambiarla; por consiguiente, para ellos lo que cuenta es el flujo del tiempo más que el espacio que puedan ocupar: ese espacio que, después de todo, sólo llenan “por un momento”. En cierto sentido, los sólidos cancelan el tiempo; para los líquidos, por el contrario, lo que importa es el tiempo. En la descripción de los sólidos, es posible ignorar completamente el tiempo; en la descripción de los fluidos, se cometería un error grave si el tiempo se dejara de lado. Las descripciones de un fluido son como instantáneas, que necesitan ser fechadas al dorso. Los fluidos se desplazan con facilidad. “Fluyen”, “se derraman”, “se desbordan”, “salpican”, “se vierten”, “se filtran”, “gotean”, “inundan”, “rocían”, “chorrean”, “manan”, “exudan”; a diferencia de los sólidos, no es posible detenerlos fácilmente –sortean algunos obstáculos, disuelven otros o se filtran a través de ellos, empapándolos–. Emergen incólumes de sus encuentros con los sólidos, en tanto que estos últimos –si es que siguen siendo sólidos tras el encuentro– sufren un cambio: se humedecen o empapan. La extraordinaria movilidad de los fluidos es lo que los asocia con la idea de “levedad”. Hay líquidos que en pulgadas cúbicas son más pesados que muchos sólidos, pero de todos modos tendemos a visualizarlos como más livianos, menos “pesados” que cualquier sólido. Asociamos “levedad” o “liviandad” con movilidad e
inconstancia: la práctica nos demuestra que cuanto menos cargados nos desplacemos, tanto más rápido será nuestro avance.
Estas razones justifican que consideremos que la “fluidez” o la “liquidez” son metáforas adecuadas para aprehender la naturaleza de la fase actual –en muchos sentidos nueva– de la historia de la
modernidad.
Acepto que esta proposición pueda hacer vacilar a cualquiera que esté familiarizado con el “discurso de la modernidad” y con el vocabulario empleado habitualmente para narrar la historia moderna. ¿Acaso la modernidad no fue desde el principio un “proceso de licuefacción”? ¿Acaso “derretir los sólidos” no fue siempre su principal pasatiempo y su mayor logro? En otras palabras, ¿acaso la modernidad no ha sido “fluida” desde el principio?
Éstas y otras objeciones son justificadas, y parecerán más justificadas aun cuando recordemos que la famosa expresión “derretir los sólidos”, acuñada hace un siglo y medio por los autores del Manifiesto comunista, se refería al tratamiento con que el confiado y exuberante espíritu moderno aludía a una sociedad que encontraba demasiado estancada para su gusto y demasiado resistente a los cambios ambicionados, ya que todas sus pautas estaban congeladas. Si el “espíritu” era “moderno”, lo era en tanto estaba decidido a que la realidad se emancipara de la “mano muerta” de su propia historia… y eso sólo podía lograrse derritiendo los sólidos (es decir, según la definición, disolviendo todo aquello que persiste en el tiempo y que es indiferente a su paso e inmune a su fluir). Esa intención requería, a su vez, la “profanación de lo sagrado”: la desautorización y la negación del pasado, y primordialmente de la “tradición” –es decir, el sedimento y el residuo del pasado en el presente–. Por lo tanto, requería asimismo la destrucción de la armadura protectora forjada por las convicciones y lealtades que permitía a los sólidos resistirse a la “licuefacción”.
Recordemos, sin embargo, que todo esto no debía llevarse a cabo para acabar con los sólidos definitivamente ni para liberar al nuevo mundo de ellos para siempre, sino para hacer espacio a nuevos y mejores sólidos; para reemplazar el conjunto heredado de sólidos defectuosos y deficientes por otro, mejor o incluso perfecto, y por eso mismo inalterable. Al leer el AncienRégime [El Antiguo Régimen y la Revolución] de De Tocqueville, podríamos preguntarnos además hasta qué punto esos “sólidos” no estaban de antemano resentidos, condenados y destinados a la licuefacción, ya que se habían oxidado y enmohecido, tornándose frágiles y poco confiables. Los tiempos modernos encontraron a los sólidos premodernos en un estado bastante avanzado de desintegración; y uno de los motivos más poderosos que estimulaba su disolución era el deseo de descubrir o inventar sólidos cuya solidez fuera –por una vez– duradera, una solidez en la que se pudiera confiar y de la que se pudiera depender, volviendo al mundo predecible y controlable.
Los primeros sólidos que debían disolverse y las primeras pautas sagradas que debían profanarse eran las lealtades tradicionales, los derechos y obligaciones acostumbrados que ataban de pies y manos, obstaculizaban los movimientos y constreñían la iniciativa.
Para encarar seriamente la tarea de construir un nuevo orden (¡verdaderamente sólido!), era necesario deshacerse del lastre que el viejo orden imponía a los constructores. “Derretir los sólidos” significaba, primordialmente, desprenderse de las obligaciones “irrelevantes” que se interponían en el camino de un cálculo racional de los efectos; tal como lo expresara Max Weber, liberar la iniciativa comercial de los grilletes de las obligaciones domésticas y de la densa trama de los deberes éticos; o, según Thomas Carlyle, de todos los vínculos que condicionan la reciprocidad humana y la mutua responsabilidad, conservar tan sólo el “nexo del dinero”. A la vez, esa clase de “disolución de los sólidos” destrababa toda la compleja trama de las relaciones sociales, dejándola desnuda, desprotegida, desarmada y expuesta, incapaz de resistirse a las reglas del juego y a los criterios de racionalidad inspirados y moldeados por el comercio, y menos capaz aun de competir con ellos de manera efectiva.
Esa fatal desaparición dejó el campo libre a la invasión y al dominio de (como dijo Weber) la racionalidad instrumental, o (como lo articuló Marx) del rol determinante de la economía: las “bases” de la vida social infundieron a todos los otros ámbitos de la vida el status de “superestructura” –es decir, un artefacto de esas “bases” cuya única función era contribuir a su funcionamiento aceitado y constante–. La disolución de los sólidos condujo a una progresiva emancipación de la economía de sus tradicionales ataduras políticas, éticas y culturales. Sedimentó un nuevo orden, definido primariamente en términos económicos. Ese nuevo orden debía ser más “sólido” que los órdenes que reemplazaba, porque –a diferencia de ellos– era inmune a los embates de cualquier acción que no fuera económica. Casi todos los poderes políticos o morales capaces de trastocar o reformar ese nuevo orden habían sido destruidos o incapacitados, por debilidad, para esa tarea. Y no porque el orden económico, una vez establecido, hubiera colonizado, reeducado y convertido a su gusto el resto de la vida social, sino porque ese orden llegó a dominar la totalidad de la vida humana, volviendo irrelevante e inefectivo todo aspecto de la vida que no contribuyera a su incesante y continua reproducción.
Esa etapa de la carrera de la modernidad ha sido bien descripta por Claus Offe (en “Theutopia of thezerooption”, publicado por primera vez en 1987 en Praxis International): las sociedades complejas “se han vuelto tan rígidas que el mero intento de renovar o pensar normativamente su ‘orden’ –es decir, la naturaleza de la coordinación de los procesos que se producen en ellas– está virtualmente obturado en función de su futilidad práctica y, por lo tanto, de su inutilidad esencial”. Por libres y volátiles que sean, individual o grupalmente, los “subsistemas” de ese orden se
encuentran interrelacionados de manera “rígida, fatal y sin ninguna posibilidad de libre elección”. El orden general de las cosas no admite opciones; ni siquiera está claro cuáles podrían ser esas opciones, y aun menos claro cómo podría hacerse real alguna opción viable, en el improbable caso de que la vida social fuera capaz de concebirla y gestarla. Entre el orden dominante y cada una de las agencias, vehículos y estratagemas de cualquier acción efectiva se abre una brecha –un abismo cada vez más infranqueable, y sin ningún puente a la vista–.
A diferencia de la mayoría de los casos distópicos, este efecto no ha sido consecuencia de un gobierno dictatorial, de la subordinación, la opresión o la esclavitud; tampoco ha sido consecuencia de la “colonización” de la esfera privada por parte del “sistema”. Más bien todo lo contrario: la situación actual emergió de la disolución radical de aquellas amarras acusadas –justa o injustamente– de limitar la libertad individual de elegir y de actuar. La rigidez del orden es el artefacto y el sedimento de la libertad de los agentes humanos. Esa rigidez es el producto general de “perder los frenos”: de la desregulación, la liberalización, la “flexibilización”, la creciente fluidez, la liberación de los mercados financiero, laboral e inmobiliario, la disminución de las cargas impositivas, etc. (como señalara Offe en “Binding, shackles, brakes”, publicado por primera vez en 1987); o (citando a Richard Sennett en Flesh and Stone [Carne y piedra]), de las técnicas de “velocidad, huida, pasividad” – en otras palabras, técnicas que permiten que el sistema y los agentes libres no se comprometan entre sí, que se eludan en vez de reunirse–. Si ha pasado la época de las revoluciones sistémicas, es porque no existen edificios para alojar las oficinas del sistema, que podrían ser invadidas y capturadas por los revolucionarios; y también porque resulta extraordinariamente difícil, e incluso imposible, imaginar qué podrían hacer los vencedores, una vez dentro de esos edificios (si es que primero los hubieran encontrado), para revertir la situación y poner fin al malestar que los impulsó a rebelarse. Resulta evidente la escasez de esos potenciales revolucionarios, de gente capaz de articular el deseo de cambiar su situación individual como parte del proyecto de cambiar el orden de la sociedad.
La tarea de construir un nuevo orden mejor para reemplazar al viejo y defectuoso no forma parte de ninguna agenda actual –al menos no de la agenda donde supuestamente se sitúa la acción política–. La “disolución de los sólidos”, el rasgo permanente de la modernidad, ha adquirido por lo tanto un nuevo significado, y sobre todo ha sido redirigida hacia un nuevo blanco: uno de los efectos más importantes de ese cambio de dirección ha sido la disolución de las fuerzas que podrían mantener el tema del orden y del sistema dentro de la agenda política. Los sólidos que han sido sometidos a la disolución, y que se están derritiendo en este momento, el momento de la modernidad fluida, son los vínculos entre las elecciones individuales y los proyectos y las acciones colectivos –las estructuras de comunicación y coordinación entre las políticas de vida individuales y las acciones políticas colectivas–.
En una entrevista concedida a Jonathan Rutherford el 3 de febrero de 1999, Ulrich Beck (quien hace pocos años acuñó el término “segunda modernidad” para connotar la fase en que la modernidad “volvió sobre sí misma”, la época de la soi-disant “modernización de la modernidad”) habla de “categorías zombis” y de “instituciones zombis”, que están “muertas y todavía vivas”.
Nombra la familia, la clase y el vecindario como ejemplos ilustrativos de este nuevo fenómeno. La familia, por ejemplo: ¿Qué es una familia en la actualidad? ¿Qué significa? Por supuesto, hay niños, mis niños, nuestros niños. Pero hasta la progenitura, el núcleo de la vida familiar, ha empezado a desintegrarse con el divorcio […] Abuelas y abuelos son incluidos y excluidos sin recursos para participar en las decisiones de sus hijos e hijas. Desde el punto de vista de los nietos, el significado de los abuelos debe determinarse por medio de decisiones y elecciones individuales.
Lo que se está produciendo hoy es, por así decirlo, una redistribución y una reasignación de los “poderes de disolución” de la modernidad. Al principio, esos poderes afectaban las instituciones existentes, los marcos que circunscribían los campos de acciones y elecciones posibles, como los patrimonios heredados, con su asignación obligatoria, no por gusto. Las configuraciones, las constelaciones, las estructuras de dependencia e interacción fueron arrojadas en el interior del crisol, para ser fundidas y después remodeladas: ésa fue la fase de “romper el molde” en la historia de la transgresora, ilimitada, erosiva modernidad. No obstante, los individuos podían ser excusados por no haberlo advertido: tuvieron que enfrentarse a pautas y configuraciones que, aunque “nuevas y mejores”, seguían siendo tan rígidas e inflexibles como antes.
Por cierto, todos los moldes que se rompieron fueron reemplazados por otros; la gente fue liberada de sus viejas celdas sólo para ser censurada y reprendida si no lograba situarse –por medio de un esfuerzo dedicado, continuo y de por vida– en los nichos confeccionados por el nuevo orden: en las clases, los marcos que (tan inflexiblemente como los ya disueltos estamentos) encuadraban la totalidad de las condiciones y perspectivas vitales, y condicionaban el alcance de los proyectos y estrategias de vida. Los individuos debían dedicarse a la tarea de usar su nueva libertad para encontrar el nicho apropiado y establecerse en él, siguiendo fielmente las reglas y modalidades de conducta correctas y adecuadas a esa ubicación.
Sin embargo, esos códigos y conductas que uno podía elegir como puntos de orientación estables, y por los cuales era posible guiarse, escasean cada vez más en la actualidad. Eso no implica que nuestros contemporáneos sólo estén guiados por su propia imaginación, ni que puedan decidir a voluntad cómo construir un modelo de vida, ni que ya no dependan de la sociedad para conseguir los materiales de construcción o planos autorizados. Pero sí implica que, en este momento, salimos de la época de los “grupos de referencia” preasignados para desplazarnos hacia una era de “comparación universal” en la que el destino de la labor de construcción individual está endémica e irremediablemente indefinido, no dado de antemano, y tiende a pasar por numerosos y profundos cambios antes de alcanzar su único final verdadero: el final de la vida del individuo.
En la actualidad, las pautas y configuraciones ya no están “determinadas”, y no resultan “autoevidentes” de ningún modo; hay demasiadas, chocan entre sí y sus mandatos se contradicen, de manera que cada una de esas pautas y configuraciones ha sido despojada de su poder coercitivo o estimulante. Y, además, su naturaleza ha cambiado, por lo cual han sido reclasificadas en consecuencia: como ítem del inventario de tareas individuales. En vez de preceder a la política de vida y de encuadrar su curso futuro, deben seguirla (derivar de ella), y reformarse y remoldearse según los cambios y giros que esa política de vida experimente. El poder de licuefacción se ha desplazado del “sistema” a la “sociedad”, de la “política” a las “políticas de vida”… o ha descendido del “macronivel” al “micronivel” de la cohabitación social.
Como resultado, la nuestra es una versión privatizada de la modernidad, en la que el peso de la construcción de pautas y la responsabilidad del fracaso caen primordialmente sobre los hombros del individuo. La licuefacción debe aplicarse ahora a las pautas de dependencia e interacción, porque les ha tocado el turno. Esas pautas son maleables hasta un punto jamás experimentado ni imaginado por las generaciones anteriores, ya que, como todos los fluidos, no conservan mucho tiempo su forma. Darles forma es más fácil que mantenerlas en forma. Los sólidos son moldeados una sola vez. Mantener la forma de los fluidos requiere muchísima atención, vigilancia constante y un esfuerzo perpetuo… e incluso en ese caso el éxito no es, ni mucho menos, previsible.
Sería imprudente negar o menospreciar el profundo cambio que el advenimiento de la “modernidad fluida” ha impuesto a la condición humana. El hecho de que la estructura sistémica se haya vuelto remota e inalcanzable, combinado con el estado fluido y desestructurado del encuadre de la política de vida, ha cambiado la condición humana de modo radical y exige repensar los viejos conceptos que solían enmarcar su discurso narrativo. Como zombis, esos conceptos están hoy vivos y muertos al mismo tiempo. La pregunta es si su resurrección –aun en una nueva forma o encarnación– es factible; o, si no lo es, cómo disponer para ellos un funeral y una sepultura decentes.
Este libro está dedicado a esa pregunta. Hemos elegido examinar cinco conceptos básicos en torno de los cuales ha girado la narrativa ortodoxa de la condición humana: emancipación, individualidad, tiempo/espacio, trabajo y comunidad. Se han explorado (aunque de manera muy fragmentaria y preliminar) sucesivos avatares de sus significados y aplicaciones prácticas, con la esperanza de salvar a los niños del diluvio de aguas contaminadas.
La modernidad significa muchas cosas, y su advenimiento y su avance pueden evaluarse empleando diferentes parámetros. Sin embargo, un rasgo de la vida moderna y de sus puestas en escena sobresale particularmente, como “diferencia que hace toda la diferencia”, como atributo crucial del que derivan todas las demás características. Ese atributo es el cambio en la relación entre espacio y tiempo. La modernidad empieza cuando el espacio y el tiempo se separan de la práctica vital y entre sí, y pueden ser teorizados como categorías de estrategia y acción mutuamente independientes, cuando dejan de ser –como solían serlo en los siglos premodernos– aspectos entrelazados y apenas discernibles de la experiencia viva, unidos por una relación de correspondencia estable y aparentemente invulnerable. En la modernidad, el tiempo tiene historia, gracias a su “capacidad de contención” que se amplía permanentemente: la prolongación de los tramos de espacio que las unidades de tiempo permiten “pasar”, “cruzar”, “cubrir”… o conquistar. El tiempo adquiere historia cuando la velocidad de movimiento a través del espacio (a diferencia del espacio eminentemente inflexible, que no puede ser ampliado ni reducido) se
convierte en una cuestión de ingenio, imaginación y recursos humanos.
La idea misma de velocidad (y aun más conspicuamente, de aceleración), referida a la relación entre tiempo y espacio, supone su variabilidad, y sería difícil que tuviera algún sentido si esa relación no fuera cambiante, si fuera un atributo de la realidad inhumana y prehumana en vez de estar condicionada a la inventiva y la determinación humanas, y si no hubiera trascendido el estrecho espectro de variaciones a las que los instrumentos naturales de movilidad –los miembros inferiores, humanos o equinos– solían reducir los movimientos de los cuerpos premodernos. Cuando la distancia recorrida en una unidad de tiempo pasó a depender de la tecnología, de los medios de transporte artificiales existentes, los límites heredados de la velocidad de movimiento pudieron transgredirse. Sólo el cielo (o, como se reveló más tarde, la velocidad de la luz) empezó a ser el límite, y la modernidad fue un esfuerzo constante, imparable y acelerado por alcanzarlo.
Gracias a sus recientemente adquiridas flexibilidad y capacidad de expansión, el tiempo moderno se ha convertido, primordialmente, en el arma para la conquista del espacio. En la lucha moderna entre espacio y tiempo, el espacio era el aspecto sólido y estólido, pesado e inerte, capaz de entablar solamente una guerra defensiva, de trincheras… y ser un obstáculo para las flexibles embestidas del tiempo. El tiempo era el bando activo y dinámico del combate, el bando siempre a la ofensiva: la fuerza invasora, conquistadora y colonizadora. Durante la modernidad, la velocidad de movimiento y el acceso a medios de movilidad más rápidos ascendieron hasta llegar a ser el principal instrumento de poder y dominación.
Michel Foucault usó el diseño del panóptico de Jeremy Bentham como archimetáfora del poder moderno. En el panóptico, los internos estaban inmovilizados e impedidos de cualquier movimiento, confinados dentro de gruesos muros y murallas custodiados, y atados a sus camas, celdas o bancos de trabajo. No podían moverse porque estaban vigilados; debían permanecer en todo momento en sus sitios asignados porque no sabían, ni tenían manera de saber, dónde se encontraban sus vigilantes, que tenían libertad de movimiento. La facilidad y la disponibilidad de movimiento de los guardias eran garantía de dominación; la “inmovilidad” de los internos era muy segura, la más difícil de romper entre todas las ataduras que condicionaban su subordinación. El dominio del tiempo era el secreto del poder de los jefes… y tanto la inmovilización de sus subordinados en el espacio mediante la negación del derecho a moverse como la rutinización del ritmo temporal impuesto eran las principales estrategias del ejercicio del poder. La pirámide de poder estaba construida sobre la base de la velocidad, el acceso a los medios de transporte y la subsiguiente libertad de movimientos.
El panóptico era un modelo de confrontación entre los dos lados de la relación de poder. Las estrategias de los jefes –salvaguardar la propia volatilidad y rutinizar el flujo de tiempo de sus subordinados– se fusionaron. Pero existía cierta tensión entre ambas tareas. La segunda tarea ponía límites a la primera: ataba a los “rutinizadores” al lugar en el cual habían sido confinados los objetos de esa rutinización temporal. Los “rutinizadores” no tenían una verdadera y plena libertad de movimientos: era imposible considerar la opción de que pudiera haber “amos ausentes”.
El panóptico tiene además otras desventajas. Es una estrategia costosa: conquistar el espacio y dominarlo, así como mantener a los residentes en el lugar vigilado, implica una gran variedad de tareas administrativas engorrosas y caras. Hay que construir y mantener edificios, contratar y pagar a vigilantes profesionales, atender y abastecer la supervivencia y la capacidad laboral de los internos.
Finalmente, administrar significa, de una u otra manera, responsabilizarse del bienestar general del lugar, aunque sólo sea en nombre del propio interés… y la responsabilidad significa estar atado al lugar. Requiere presencia y confrontación, al menos bajo la forma de presiones y roces constantes.
Lo que induce a tantos teóricos a hablar del “fin de la historia”, de posmodernidad, de “segunda modernidad” y “sobremodernidad”, o articular la intuición de un cambio radical en la cohabitación humana y en las condiciones sociales que restringen actualmente a las políticas de vida, es el hecho de que el largo esfuerzo por acelerar la velocidad del movimiento ha llegado ya a su “límite natural”. El poder puede moverse con la velocidad de la señal electrónica; así, el tiempo requerido para el movimiento de sus ingredientes esenciales se ha reducido a la instantaneidad. En la práctica, el poder se ha vuelto verdaderamente extraterritorial, y ya no está atado, ni siquiera detenido, por la resistencia del espacio (el advenimiento de los teléfonos celulares puede funcionar como el definitivo “golpe fatal” a la dependencia del espacio: ni siquiera es necesario acceder a una boca telefónica para poder dar una orden y controlar sus efectos. Ya no importa dónde pueda estar el que emite la orden –la distinción entre “cerca” y “lejos”, o entre lo civilizado y lo salvaje, ha sido prácticamente cancelada–). Este hecho confiere a los poseedores de poder una oportunidad sin precedentes: la de prescindir de los aspectos más irritantes de la técnica panóptica del poder. La etapa actual de la historia de la modernidad –sea lo que fuere por añadidura– es, sobre todo, pospanóptica. En el panóptico lo que importaba era que supuestamente las personas a cargo estaban siempre “allí”, cerca, en la torre de control. En las relaciones de poder pospanópticas, lo que importa es que la gente que maneja el poder del que depende el destino de los socios menos volátiles de la relación puede ponerse en cualquier momento fuera de alcance… y volverse absolutamente inaccesible.
El fin del panóptico augura el fin de la era del compromiso mutuo: entre supervisores y supervisados, trabajo y capital, líderes y seguidores, ejércitos en guerra. La principal técnica de poder es ahora la huida, el escurrimiento, la elisión, la capacidad de evitar, el rechazo concreto de cualquier confinamiento territorial y de sus engorrosos corolarios de construcción y mantenimiento de un orden, de la responsabilidad por sus consecuencias y de la necesidad de afrontar sus costos.
Esta nueva técnica de poder ha sido ilustrada vívidamente por las estrategias empleadas durante la Guerra del Golfo y la de Yugoslavia. En la conducción de la guerra, la reticencia a desplegar fuerzas terrestres fue notable; a pesar de lo que dijeran las explicaciones oficiales, esa reticencia no era producto solamente del publicitado síndrome de “protección de los cuerpos”. El combate directo en el campo de batalla no fue evitado meramente por su posible efecto adverso sobre la política doméstica, sino también (y tal vez principalmente) porque era inútil por completo e incluso contraproducente para los propósitos de la guerra. Después de todo, la conquista del territorio, con todas sus consecuencias administrativas y gerenciales, no sólo estaba ausente de la lista de objetivos bélicos, sino que era algo que debía evitarse por todos los medios y que era considerado con repugnancia como otra clase de “daño colateral” que, en esta oportunidad, agredía a la fuerza de ataque.
Los bombardeos realizados por medio de casi invisibles aviones de combate y misiles “inteligentes” –lanzados por sorpresa, salidos de la nada y capaces de desaparecer inmediatamente– reemplazaron las invasiones territoriales de las tropas de infantería y el esfuerzo por despojar al enemigo de su territorio, apoderándose de la tierra controlada y administrada por el adversario. Los atacantes ya no deseaban para nada ser “los últimos en el campo de batalla” después de que el enemigo huyera o fuera exterminado. La fuerza militar y su estrategia bélica de “golpear y huir” prefiguraron, anunciaron y encarnaron aquello que realmente estaba en juego en el nuevo tipo de guerra de la época de la modernidad líquida: ya no la conquista de un nuevo territorio, sino la demolición de los muros que impedían el flujo de los nuevos poderes globales fluidos; sacarle de la cabeza al enemigo todo deseo de establecer sus propias reglas para abrir de ese modo un espacio –hasta entonces amurallado e inaccesible– para la operación de otras armas (no militares) del poder. Se podría decir (parafraseando la fórmula clásica de Clausewitz) que la guerra de hoy se parece cada vez más a “la promoción del libre comercio mundial por otros medios”.
Recientemente, JimMacLaughlin nos ha recordado (en Sociology, 1/99) que el advenimiento de la era moderna significó, entre otras cosas, el ataque consistente y sistemático de los “establecidos”,
convertidos al modo de vida sedentario, contra los pueblos y los estilos de vida nómades, completamente adversos a las preocupaciones territoriales y fronterizas del emergente Estado moderno. En el siglo XIV, IbnKhaldoun podía cantar sus alabanzas del nomadismo, que hace que los pueblos “se acerquen más a la bondad que los sedentarios porque […] están más alejados de los malos hábitos que han infectado los corazones sedentarios”, pero la febril construcción de naciones y estados-nación que se desencadenó poco tiempo después en toda Europa puso el “suelo” muy por encima de la “sangre” al sentar las bases del nuevo orden legislado, que codificaba los derechos y deberes de los ciudadanos.
Los nómades, que menospreciaban las preocupaciones territoriales de los legisladores y que ignoraban absolutamente sus fanáticos esfuerzos por establecer fronteras, fueron presentados como los peores villanos de la guerra santa entablada en nombre del progreso y de la civilización. Los modernos “cronopolíticos” no sólo los consideraron seres inferiores y primitivos, “subdesarrollados” que necesitaban ser reformados e ilustrados, sino también retrógrados que sufrían “retraso cultural”, que se encontraban en los peldaños más bajos de la escala evolutiva y que eran, por añadidura, imperdonablemente necios por su reticencia a seguir “el esquema universal de desarrollo”.
Durante toda la etapa sólida de la era moderna, los hábitos nómades fueron mal considerados. La ciudadanía iba de la mano con el sedentarismo, y la falta de un “domicilio fijo” o la no pertenencia a un “Estado” implicaba la exclusión de la comunidad respetuosa de la ley y protegida por ella, y con frecuencia condenaba a los infractores a la discriminación legal, cuando no al enjuiciamiento. Aunque ese trato todavía se aplica a la “subclase” de los sin techo, que son sometidos a las viejas técnicas de control panóptico (técnicas que ya no se emplean para integrar y disciplinar a la mayoría de la población), la época de la superioridad incondicional del sedentarismo sobre el nomadismo y del dominio de lo sedentario sobre lo nómade tiende a finalizar. Estamos asistiendo a la venganza del nomadismo contra el principio de la territorialidad y el sedentarismo. En la etapa fluida de la modernidad, la mayoría sedentaria es gobernada por una elite nómade y extraterritorial.
Mantener los caminos libres para el tráfico nómade y eliminar los pocos puntos de control fronterizo que quedan se ha convertido en el metaobjetivo de la política, y también de las guerras que, tal como lo expresara Clausewitz, son solamente “la expansión de la política por otros medios”.
La elite global contemporánea sigue el esquema de los antiguos “amos ausentes”. Puede gobernar sin cargarse con las tareas administrativas, gerenciales o bélicas y, por añadidura, también puede evitar la misión de “esclarecer”, “reformar las costumbres”, “levantar la moral”, “civilizar” y cualquier cruzada cultural. El compromiso activo con la vida de las poblaciones subordinadas ha dejado de ser necesario (por el contrario, se lo evita por ser costoso sin razón alguna y poco efectivo), y por lo tanto lo “grande” no sólo ha dejado de ser “mejor”, sino que ha perdido cualquier sentido racional. Lo pequeño, lo liviano, lo más portable significa ahora mejora y “progreso”. Viajar liviano, en vez de aferrarse a cosas consideradas confiables y sólidas –por su gran peso, solidez e inflexible capacidad de resistencia–, es ahora el mayor bien y símbolo de poder.
Aferrarse al suelo no es tan importante si ese suelo puede ser alcanzado y abandonado a voluntad, en poco o en casi ningún tiempo. Por otro lado, aferrarse demasiado, cargándose de compromisos mutuamente inquebrantables, puede resultar positivamente perjudicial, mientras las nuevas oportunidades aparecen en cualquier otra parte. Es comprensible que Rockefeller haya querido que sus fábricas, ferrocarriles y pozos petroleros fueran grandes y robustos, para poseerlos durante mucho, mucho tiempo (para toda la eternidad, si medimos el tiempo según la
duración de la vida humana o de la familia). Sin embargo, Bill Gates se separa sin pena de posesiones que ayer lo enorgullecían: hoy, lo que da ganancias es la desenfrenada velocidad de circulación, reciclado, envejecimiento, descarte y reemplazo –no la durabilidad ni la duradera confiabilidad del producto–. En una notable inversión de la tradición de más de un milenio, los encumbrados y poderosos de hoy son quienes rechazan y evitan lo durable y celebran lo efímero,
mientras los que ocupan el lugar más bajo –contra todo lo esperable– luchan desesperadamente para lograr que sus frágiles, vulnerables y efímeras posesiones duren más y les rindan servicios duraderos. Los encumbrados y los menos favorecidos se encuentran hoy en lados opuestos de las grandes liquidaciones y en las ventas de autos usados.
La desintegración de la trama social y el desmoronamiento de las agencias de acción colectiva suelen señalarse con gran ansiedad y justificarse como “efecto colateral” anticipado de la nueva levedad y
fluidez de un poder cada vez más móvil, escurridizo, cambiante, evasivo y fugitivo. Pero la desintegración social es tanto una afección como un resultado de la nueva técnica del poder, que emplea como principales instrumentos el descompromiso y el arte de la huida. Para que el poder fluya, el mundo debe estar libre de trabas, barreras, fronteras fortificadas y controles. Cualquier trama densa de nexos sociales, y particularmente una red estrecha con base territorial, implica un obstáculo que debe ser eliminado. Los poderes globales están abocados al desmantelamiento de esas redes, en nombre de una mayor y constante fluidez, que es la fuente principal de su fuerza y la garantía de su invencibilidad. Y el derrumbe, la fragilidad, la vulnerabilidad, la transitoriedad y la precariedad de los vínculos y redes humanos permiten que esos poderes puedan actuar.
Si estas tendencias mezcladas se desarrollaran sin obstáculos, hombres y mujeres serían remodelados siguiendo la estructura del mol electrónico, esa orgullosa invención de los primeros años de la cibernética que fue aclamada como un presagio de los años futuros: un enchufe portátil, moviéndose por todas partes, buscando desesperadamente tomacorrientes donde conectarse. Pero en la época que auguran los teléfonos celulares, es probable que los enchufes sean declarados obsoletos y de mal gusto, y que tengan cada vez menos calidad y poca oferta. Ya ahora, muchos abastecedores de energía eléctrica enumeran las ventajas de conectarse a sus redes y rivalizan por el favor de los buscadores de enchufes. Pero a largo plazo (sea cual fuere el significado que “a largo plazo” pueda tener en la era de la instantaneidad) lo más probable es que los enchufes desaparezcan y sean reemplazados por baterías descartables que venderán los kioscos de todos los aeropuertos y todas las estaciones de servicio de autopistas y caminos rurales.
Parece una diotopía hecha a la medida de la modernidad líquida… adecuada para reemplazar los temores consignados en las pesadillas al estilo Orwell y Huxley.

Junio de 1999

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42 PRÁCTICA PARA LA SEMANA DEL 26/6 el Dom Jun 18, 2017 3:37 pm

GARCÍA

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En no más de cuatro grupos:

Leer y reflexionar sobre el prólogo de Modernidad Líquida de Bauman y el capítulo 3° de Ética para Amador. Compartir en clase.


4°A: La próxima clase del 27/6 exponen brevemente la Evaluación N°1 y "la Práctica programada para esa fecha."

Manténganse al día con la lectura y reflexión del nuevo material.

Saludos! Wink



Última edición por GARCÍA el Dom Jun 25, 2017 2:21 pm, editado 1 vez

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43 RECIBIDO el Dom Jun 18, 2017 10:05 pm

Cool OK.

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44 ATENCIÓN 4° B el Miér Jun 21, 2017 4:07 pm

GARCÍA

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Supongo que habrán sido informados oportunamente por la Institución, pero por las dudas...

ESTE MIÉRCOLES 21/6 "NO" HAY CLASE DE ÉTICA, POR REALIZARSE EL ENCUENTRO DEL PROGRAMA NACIONAL DE FORMACIÓN PERMANENTE DE 15:30 A 19:30 hs.

Hasta la próxima! Wink

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GARCÍA

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Admin
LOS RETOS DE LA EDUCACIÓN EN LA MODERNIDAD LÍQUIDA
Zygmunt Bauman


En el Washington Post del 2 de enero de 2001, Caroline Mayer informaba sobre una amplia variedad de productos que habían invadido los supermercados estadounidenses durante el año anterior, descritos como productos de comida rápida que ahorran tiempo y esfuerzo y pueden consumirse instantáneamente sin complicaciones.
Es verdad que los norteamericanos (y no solo ellos) hace tiempo que han llegado a identificar el progreso con los atajos: con las cada vez más abundantes oportunidades de comprar lo que antes había que hacer. También es cierto (y tan cierto que parece trivial) que. una vez que se ha instalado, esa concepción de «mejoramiento» tiende a expandirse en espiral y a situar en la categoría de tareas evitables y desagradables una cantidad cada vez mayor de actividades que antes se realizaban de buena gana. Labores que solían efectuarse diariamente, en general sin quejas y a menudo con placer, han llegado a considerarse y experimentarse como una perdida desechable, aborrecible y detestable de tiempo y energía. Esta tendencia no es de ningún modo novedosa, pero la velocidad con que estos nuevos y mejorados preparados que permiten ahorrar tiempo se han instalado recientemente en las estanterías de los supermercados, para pasar velozmente a los carritos de los
entusiastas consumidores, asombrarla al más agudo observador de los mercados alimentarios y de los hábitos de sus adictos.
Caroline Meyer nos hace saber que cada vez hay más niños estadounidenses, y cada vez con mayor frecuencia, que consideran agobiante el esfuerzo que implica comer una manzana: demasiado trabajo arduo para las mandíbulas y los dientes y, además, una inversión de tiempo excesiva para la cantidad de placer obtenida. A estos niños también les desagrada tener que pelar una naranja y prefieren beber un jugo envasado. La nueva costumbre de beber cerveza directamente de la botella, un hábito que se expande por los bares estadounidenses y los pubs ingleses tan velozmente como un incendio forestal, ¿no se relaciona con una creciente sensación de que es un trabajo demasiado tedioso verter la cerveza de la botella en una copa antes de saciar la sed?
Smucker, una fábrica de comidas rápidas, presentó no hace mucho una novedad ampliamente aclamada: han quitado la corteza a las rebanadas de pan sobre las que se unta la mantequilla de cacahuete y la jalea de frutas de los emparedados preferidos de los niños estadounidenses Aparentemente, la innovación da respuesta a una urgente necesidad puesto que el éxito fue instantáneo. Según parece, los niños llegaron a considerar que morder el borde más duro de la rebanada de pan era un reto demasiado laborioso para sus mandíbulas.
Aunque tos padres no parecen irles a la zaga. El té helado es una de las bebidas favoritas de los norteamericanos. Pero, desgraciadamente, para prepararlo a la vieja usanza primero hay que hervir agua, llenar la tetera, hacer el té y luego esperar a que el preparado se enfríe. Mucho trabajo y mucho tiempo. Sobrevivirán la sed y el deseo de saciarla todo el proceso? Afortunadamente, otro potentado de la industria de alimentos, Lipton, decidió calmar la impaciencia de los amantes del té helado y ofrece a los afligidos adictos unas bolsitas de té cuyo contenido es soluble en agua fría (y hasta helada). Ahora la satisfacción puede ser instantánea, como en el caso del recientemente comercializado atún instantáneo en polvo que pone fin a la engorrosa tarea de perder tiempo abriendo una lata. Ya no es necesario posponer las necesidades. La espera, como prometieron alguna vez los anuncios que tentaban a los futuros usuarios de las recién aparecidas tarjetas de crédito, ha sido finalmente eliminada del deseo de consumir atún y té helado.

El síndrome de la impaciencia

En su artículo, Caroline Mayer cita al profesor David Shi de la Universidad Furman de Carolina del Sur: «Esperar se ha convertido en una circunstancia intolerable». Shi ha apodado como «síndrome de la aceleración a este nuevo estado de ánimo de los estadounidenses. Yo hablarla más precisamente del “síndrome de la impaciencia”. Max Weber había elegido la postergación de la gratificación como la virtud suprema de los pioneros del capitalismo moderno y como la fuente primera de su asombroso éxito. El tiempo ha llegado a ser un recurso (quizá el último) cuyo gasto se considera unánimemente abominable, injustificable e intolerable; en realidad, un desaire y una bofetada a la dignidad humana, una violación a los derechos humanos. En nuestros días, toda demora, dilación o espera se ha transformado en un estigma de inferioridad. El drama de la jerarquía del poder se representa diariamente (con un cuerpo de secretarias cumpliendo el papel de directores de escena) en innumerables salas de espera en donde se pide a algunas personas (inferiores) que «tomen asiento» y continúen esperando hasta que otras (superiores) estén libres «para recibirlo a usted ahora». El emblema de privilegio (tal vez uno de los más poderosos factores de estratificación) es el acceso a los atajos, a los medios que permiten alcanzar la gratificación instantáneamente. La posición de cada uno en la escala jerárquica se mide por la capacidad (o la ineptitud) para reducir o hacer desaparecer por completo el espacio de tiempo que separa el deseo de su satisfacción. El ascenso en la jerarquía social se mide por la creciente habilidad para obtener lo que uno quiere (sea lo que fuere eso que uno quiere) ahora, sin demora.
Como en el caso de otros bienes muy codiciados, el mercado está siempre dispuesto a suministrar premios de consolación diseñados según los modismos de la nueva era: bolsitas de té helado, sobres de atún en polvo; o bien réplicas producidas masivamente de los objetos auténticos de la haute couture, reservados para el goce de unos pocos selectos. Entrevistada por Oliver Burkman de TheGuardian, una joven inglesa de 18 artos declaraba. «No me gustarla, al hacer un repaso de mi vida, ver que encontré un empleo y permanecí en él para siempre sólo porque era seguro». A los padres que permanecieron en sus empleos durante toda su vida (quiero decir, si todavía quedan de esos padres)se les mira como una advertencia y un freno disuasivo, éste es el tipo de vida que debemos evitar a toda costa. Mientras tanto un panadero neoyorquino se quejaba ante Richard Sennett de la perplejidad que sentían los que estaban del bando de los padres: «No puede usted imaginar lo estúpido que me siento cuando les hablo a mis hijos de compromiso. Como es una virtud abstracta, no la ven en ninguna parte» Seguramente tampoco hay muchas pruebas de compromiso en las vidas de esos mismos padres. Estos probablemente hayan intentado comprometerse con algo más sólido y duradero que ellos mismos una vocación, una causa, un lugar de trabajo sólo para descubrir que hay muy pocos blancos sólidos y duraderos hacia donde apuntar, o quizá ninguno, que reciban con interés su oferta de compromiso.
El descubrimiento de Benjamín Franklin de que el tiempo es dinero era un elogio del tiempo: el tiempo es un valor, el tiempo es importante, es algo que debemos atesorar y cuidar, como hacemos con nuestro capital y nuestras inversiones. El «síndrome de la impaciencia» transmite el mensaje inverso; el tiempo es un fastidio y una faena, una contrariedad, un desaire a la libertad humana, una amenaza a los derechos humanos y no hay ninguna necesidad ni obligación de sufrir tales molestias de buen grado. El tiempo es un ladrón. Si uno acepta esperar, postergar las recompensas debidas a su paciencia, será despojado de las oportunidades de alegría y placer que tienen la costumbre de presentarse una sola vez y desaparecer para siempre. El paso del tiempo debe registrarse en la columna de débitos de los proyectos de vida humanos; trae consigo pérdidas y no ganancias. El paso del tiempo presagia la disminución de oportunidades que debieron cogerse y consumirse cuando se presentaron.
Después de comparar las ideas pedagógicas y los marcos educativos de trece civilizaciones diferentes. Edward D. Myers observó (en un libro publicado en 1960) la creciente tendencia a considerar la educación como un producto antes que como un proceso.
Cuando es considerada como un producto, la educación pasa a ser una cosa que se «consigue», completa y terminada, o relativamente acabada; por ejemplo, hoy es frecuente oír que una persona le pregunte a otra; «¿Donde recibió usted su educación?, esperando la respuesta: «En tal o cual universidad». La implicación es que el graduado aprendió todo lo que necesitaba saber acerca de las técnicas y aptitudes, aspiraciones y valores de la lengua, las matemáticas y todo el conocimiento acumulado sobre las relaciones del hombre con otros hombres, así como también su deuda con el pasado, el orden natural y su relación con él: en suma, todo aquello que necesitaba saber, es decir, que se le exigía para obtener un determinado empleo.
A Myers no le gustó lo que comprobó; hubiera pretendo que la educación fuera juzgada como una empresa continua que dura toda la vida. Tampoco le agradó la tendencia a cortar el pastel del conocimiento en pequeñas porciones, una para cada oficio o profesión. En opinión de Myers, una «persona culta» tenía el deber de no conformarse con su propia porción profesional y además, no bastaba con cumplir ese deber durante los años de educación formal. El conocimiento objetivamente acumulado y potencialmente disponible era enorme y continuaba expandiéndose, de modo que el esfuerzo por asimilarlo no deberla detenerse el día de la graduación. El «apetito de conocimiento» debería hacerse gradualmente más intenso a lo largo de toda la vida, a fin de que cada individuo «continúe creciendo» y sea a la vez una persona mejor. Sm embargo. Myers dio por sentada -y no la impugno- la idea de que uno podía apropiarse del conocimiento y convertirlo en una propiedad duradera de la persona. Como sucedía con cualquier otra propiedad, en la por entonces «sólida» etapa de la modernidad, lo grande era bello y más equivalía a mejor. Lo que Myers consideraba errado del pensamiento educativo de la época era solamente esa noción de que los jóvenes podían obtener su educación de una vez y para siempre, como una adquisición única, en lugar de considerarla una búsqueda continua de posesiones cada vez más numerosas y ricas que se agregarían a las ya adquiridas.

El conocimiento

La imagen del conocimiento reflejaba que el compromiso y la visión de la educación eran una réplica de las tareas que ese compromiso fijó en la agenda moderna. El conocimiento tenía valor puesto que se esperaba que durara, así como la educación tenía valor en la medida en que ofreciera conocimiento de valor duradero. Ya fuera que se la juzgara como un episodio aislado, o bien que se la considerara una empresa de toda una vida, la educación debía encararse como la adquisición de un producto que como todas las demás posesiones, podía y debía atesorarse y conservarse para siempre.
Así llegamos al primero de los múltiples retos que la educación contemporánea debe afrontar y soportar. En nuestra “modernidad líquida”, las posesiones duraderas, los productos que supuestamente uno compraba una vez y ya no reemplazaba nunca más -y que obviamente no se concebían para ser consumidos una única vez-, han perdido su antiguo encanto. Considerados alguna vez como activos ventajosos, hoy tienden a verse como pasivos. Los que alguna vez fueron objetos de deseo se transformaron en objetos de resquemor. ¿Por qué? Porque el mundo vital de la juventud contemporánea, compuesto desmarañadamente con porciones de sus experiencias vitales, ya no se parece a los pasadizos ordenados, sólidos y aprendibles de los laberintos -de ratones de laboratorio» que hace medio siglo se utilizaban para explorar los misterios de la buena adaptación a través del aprendizaje. John Kotter, profesor de la Harvard Business School, aconseja a sus lectores que eviten quedar atrapados en empleos de larga duración del tipo puesto permanente y en realidad, desaconseja desarrollar una lealtad institucional o dejarse absorber demasiado en cualquier empleo durante un tiempo prolongado. No debe sorprendernos, pues, que el panadero Rico se lamentara ante Sennett de lo dificultoso que le resultaba explicar qué podía significar un compromiso.
La historia de la educación está plagada de periodos críticos en los cuales se hizo evidente que las premisas y estrategias probadas y aparentemente confiables habían perdido contacto con la realidad y exigían ajustes o una reforma. Con todo, aparentemente la crisis actual es diferente de las del pasado. Los retos actuales están golpeando duramente la esencia misma de la idea de educación tal como se la concibió en el umbral de la larga historia de la civilización: hoy está en tela de juicio lo invariable de la idea, las características constitutivas de la educación que hasta ahora habían soportado todos los retos del pasado y hablan emergido ilesas de todas las crisis. Me refiero a los supuestos nunca antes cuestionados y mucho menos sospechosos de haber perdido vigencia, con lo cual, necesariamente, deberían reexaminarse y reemplazarse.
En el mundo de la modernidad líquida, la solidez de las cosas, como ocurre con la solidez de los vínculos humanos, se interpreta como una amenaza. Cualquier juramento de lealtad, cualquier compromiso a largo plazo (y mucho más un compromiso eterno) auguran un futuro cargado de obligaciones que inevitablemente restringiría la libertad de movimiento y reducirla la capacidad de aprovechar las nuevas y todavía desconocidas oportunidades en el momento en que (inevitablemente) se presenten. La perspectiva de cargar con una responsabilidad de por vida se desdeña como algo repulsivo y alarmante.
Hoy se sabe que las cosas más preciadas envejecen rápido, que pierden su brillo en un instante y que súbitamente y casi sin que medie advertencia alguna, se transforman de emblema de honor en estigma de vergüenza. Los editores de las lustrosas revistas de moda saben tomar bien el pulso de la época: junto con la información sobre las nuevas tendencias acerca de “lo que hay que hacer” y “lo que hay que tener”, proporcionan regularmente a sus lectores consejo sobre lo que «ya no se usa» y debe descartarse. Además, hoy se espera que ni siquiera los hábitos que supuestamente habrían de durar un poco más permanezcan inalterables. Un anuncio reciente de oferta de teléfonos móviles atrae a los curtidos usuarios de teléfonos con esta exhortación: «Usted ya no puede presentarse en público con ese móvil que tiene ahora... vea los nuevos modelos». Nuestro mundo recuerda cada vez más la “Ciudad invisible” de Leonia de Italo Calvino, donde la opulencia puede medirse, no tanto por las cosas que se fabrican, se venden y se compran cada día; sino antes bien, por las cosas que se tiran diariamente para dejar lugar a las nuevas. La alegría de deshacerse de las cosas, de descartarlas, de arrojarlas al cubo de la basura, es la verdadera pasión de nuestro mundo.
La capacidad de durar mucho tiempo y servir indefinidamente a su propietario ya no juega a favor de un producto. Se espera que las cosas, como los vínculos, sirvan sólo durante un lapso determinado y luego se hagan pedazos; que cuando, tarde o temprano, pero mejor temprano, hayan agotado su vida útil, sean desechadas. Por lo tanto hay que evitar las posesiones, y particularmente las posesiones de larga duración de las que no es fácil librarse. El consumismo de hoy no se define por la acumulación de cosas, sino por el breve goce de esas cosas. Por lo tanto, ¿por qué el “caudal de conocimientos” adquiridos durante los años pasados en el colegio o en la universidad habría de ser la excepción a esa regla universal? En el torbellino de cambios, el conocimiento se ajusta al uso instantáneo y se concibe para que se utilice una sola vez. Los conocimientos listos para el uso instantáneo e instantáneamente desechable de ese estilo que prometen los programas de software que aparecen y desaparecen de las estanterías de las tiendas en una sucesión cada vez más acelerada, resultan mucho más atractivos.
Todo este encogimiento del lapso de vida del saber, provocado por un contagio completo, por el impacto de degradar la durabilidad de la posición, alguna vez venerable, que ocupaba en la jerarquía de valores, está exacerbado por la mercantilización del conocimiento y del acceso al conocimiento.
Hoy el conocimiento es una mercancía; al menos se ha fundido en el molde de la mercancía y se incita a seguir formándose en concordancia con el modelo de la mercancía. Hoy es posible patentar pequeñas porciones de conocimiento con el propósito de impedir las replicas, al tiempo que otras porciones -que no entran en el marco de las leyes de la patente- constituyen secretos cuidadosamente guardados mientras están aún en el proceso de desarrollo (como un nuevo modelo de automóvil antes que se exhiba en el salón del año siguiente, siguiendo la bien fundada creencia de que. como en el caso de cualquier otra mercancía, el valor comercial refleja lo que diferencia al producto de los ya existentes antes que la calidad del producto en su conjunto. Lo que diferencia al producto, por regla general, es de corta vida, pues el impacto de la novedad se desgasta rápidamente. Por lo tanto, el destino de la mercancía es perder valor de mercado velozmente y ser reemplazada por otras versiones nuevas y mejoradas, que pretenden tener nuevas características diferenciales, tan transitorias como las de los productos que acaban de ser desechados porque ya perdieron su momentáneo poder de seducción. Concentrar el valor en lo diferencial es una manera de devaluar, oblicuamente, el resto del conjunto, el resto que no ha sido afectado por el cambio, resto que sigue siendo igual.
Así es como se desalienta la idea de que la educación puede ser un -producto» que uno gana y conserva, atesora y protege y, ciertamente, ya son pocos los que hablan a favor de la educación institucionalizada. Antes, para convencer a sus hijos de tos beneficios del aprendizaje, los padres y madres solían decirles: “Nadie podrá nunca quitarte lo que has aprendido”. Semejante consejo puede haber sido una promesa alentadora para aquellos niños a los que se les enseñaba a construir sus vidas como casas -desde los cimientos hasta el techo, mientras en ese proceso iban acumulando el mobiliario-, pero lo más probable es que la juventud contemporánea lo considere una perspectiva aterradora. Hoy los compromisos tienden a ser muy mal vistos, salvo que contengan una cláusula de hasta nuevo aviso. En una cantidad cada vez mayor de ciudades de Estados Unidos, los permisos para construir sólo se entregan junio con su correspondiente permiso de demolición...


El cambio contemporáneo

El segundo reto a las premisas básicas de la educación procede de la naturaleza errática y esencialmente impredecible del cambio contemporáneo y agrega nueva fuerza a la primera amenaza.
En todas las épocas el conocimiento fue valorado por ser una representación fiel del mundo; pero ¿qué ocurre cuando el mundo cambia de una manera que continuamente desafía la verdad del conocimiento existente y toma constantemente por sorpresa hasta a las personas “mejor informadas”. WemerJaeger, autor de la clásica indagación de las raíces antiguas del concepto occidental de pedagogía y aprendizaje." creía que la idea de educación (Bildung, formación) había nacido de un par de supuestos: el primero era la idea de que debajo del desmenuzable estrato de diversidad, de la variada y cambiante experiencia humana, se asienta la roca dura del orden inmutable del mundo y. el segundo, que las leyes que sustentan y gobiernan la naturaleza humana son igualmente solidas. El primer supuesto justificaba la necesidad y los beneficios de transmitir los conocimientos de los maestros a los discípulos. El segundo imbuía a los docentes de la confianza en sí mismos necesaria para tallar la personalidad de tus alumnos, como el escultor talla el mármol, para darle la forma que, en todos los tiempos se estimaba que debía ser justa, bella y buena y, por esas mismas razones, virtuosa y noble. Si los descubrimientos de Jaeger son acertados (y nunca fueron refutados), la educación -tal como la conocemos» está en serias dificultades, pues hoy requiere un enorme esfuerzo sostener cualquiera de los dos supuestos y aún mis esfuerzo percibirlos como conceptos evidentes por si mismos.

A diferencia del laberinto de los conductistas, el mundo, tal como se vive hoy, parece más un artefacto proyectado para olvidar que un lugar para el aprendizaje. Los tabiques divisorios pueden ser, como en aquel laboratorio laberíntico, opacos e impenetrables, pero éstos marchan sobre ruedas y están en continuo movimiento, arrastrando consigo los pasajes probados y explorados anteriormente. ¡Desdichados aquellos con recuerdos persistentes cuando encuentran que las confiables sendas de ayer al poco tiempo terminan en callejones sin salida o en arenas movedizas, o cuando descubren que las pautas de conducta convertidas en hábitos y que alguna vez contaban con garantía absoluta comienzan a provocar desastres en lugar del éxito asegurado! En semejante mundo, el aprendizaje está condenado a ser una búsqueda interminable de objetos siempre esquivos que para colmo, tienen la desagradable y enloquecedora costumbre de evaporarse o perder su brillo en el momento en que se alcanzan. Y puesto que las recompensas por obrar apropiadamente tienden a trasladarse diariamente a diferentes lugares, los esfuerzos redoblados pueden ser reconfortantes, pero también engañosos: son trampas de las que hay que cuidarse y que conviene evitar, pues pueden instilar hábitos e impulsos que en poco tiempo habrán de revelarse inútiles, si no ya dañinos.
NigelThrift el perspicaz analista de la gente de negocios contemporánea, ha hecho notar el extraordinario cambio de vocabulario y el marco cognitivo que caracteriza a la nueva élite mundial de la industria, el comercio y las finanzas y como, entre ellos, los de mayor éxito, digamos, los que llevan la voz cantante, fijan las pautas de conducta de los de menor éxito o de los miembros que aún aspiran a emularlos.
Para afianzar las reglas de sus estrategias y la lógica de sus acciones, los líderes contemporáneos del mundo de los negocios utilizan los tropos de la danza y del surf. Ya no hablan de la «ingeniería* como lo hacían sus abuelos y todavía sus padres, sino de culturas y redes, de equipos y “coaliciones!”, y antes que hablar de control, liderazgo o, más específicamente, de dirección, prefieren hablar de influencias. En oposición a tales conceptos abandonados o evitados, estos nuevos términos transmiten un mensaje de volatilidad, de fluidez, de flexibilidad y de corla vida. Las personas que despliegan estas expresiones andan en busca de organizaciones de estructura no muy firme fáciles de reunir, desmantelar y reorganizar según lo requieran las cambiantes circunstancias notificándolas con muy poca antelación o directamente sin previo aviso. Esta forma fluida de montar y desmontar es la que mejor se ajusta a la percepción que tienen del mundo que los rodea: un mundo «múltiple, complejo y en veloz movimiento* y, por lo tanto, «ambiguo, «enmarañado* y «plástico*, incierto, paradójico y hasta caótico* Las organizaciones comerciales de hoy tienden a tener un considerable elemento de desorganización deliberadamente construido; cuanto menos solida y prontamente alterable sea una organización, tanto mejor. Y, como sucede con todo lo demás, en semejante mundo liquido toda sabiduría y todo conocimiento de cómo hacer algo sólo puede envejecer rápidamente y agotar súbitamente la ventaja que alguna vez ofreció. De ahí que hoy se presenten como preceptos de la efectividad y la productividad «la negativa a aceptar el conocimiento establecido”, la renuencia a guiarse por los antecedentes y la sospecha que despierta la experiencia acumulada. Uno es tan bueno como sus éxitos, pero en realidad sólo es tan bueno como su último proyecto de éxito.
En los años pioneros de la cibernética ya hubo quienes hicieron notar que no podía existir la «organización perfecta*. No hay manera de afirmar con ningún grado de certeza cuál de las organizaciones alternativas es mejor, salvo que se haya tenido en cuenta el ambiente en el cual está destinada a funcionar esa organización. Podemos juzgar que los complejos organismos multifuncionales de los mamíferos superiores son los logros de primer orden de la evolución de las especies, únicamente porque el planeta Tierra que habitan está protegido del espacio exterior lleno de meteoritos errantes por una gruesa capa de atmosfera. Si éste no fuera el caso, una forma mucho más perfecta de vida sería una masa de un plasma fluido e informe. Podemos decir que la tierra de frontera que todos habitamos en estos días parece favorecer el plasma y desfavorecer los organismos complejos, estrechamente integrados, que se reproducen monótonamente a sí mismos.
Como señaló Ralph Waldo Emerson hace ya mucho tiempo, cuando uno se desliza sobre una capa delgada de hielo, la salvación está en la velocidad. Para los que están buscando su salvación sería un buen consejo que intentaran moverse con la rapidez suficiente como para no correr el riesgo de quedarse demasiado tiempo poniendo a prueba la resistencia del lugar. En un mundo volátil como el de la modernidad liquida, en el cual casi ninguna estructura conserva su forma el tiempo suficiente como para garantizar alguna confianza y cristalizarse en una responsabilidad a largo plazo (al menos nunca se dice si habrá de cristalizarse ni cuándo y hay muy pocas probabilidades de que alguna vez lo haga), andar es mejor que estar sentado, correr es mejor que andar y hacer surf es mejor que correr. El surfing mejora con la ligereza y la vivacidad de quien lo practica; también es conveniente que el deportista no sea melindroso para elegir las olas que llegan hasta él y esté siempre dispuesto a dejar de lado el saber recibido, junto con las preferencias habituales que ese saber garantiza.

La memoria

Todo esto va en contra de la esencia de todo lo que representaron el aprendizaje y la educación a lo largo de la mayor parte de su historia. Después de todo, el aprendizaje y la educación fueron creados a la medida de un mundo que era duradero, esperaba continuar siendo duradero y apuntaba a nacerse aún más duradero de lo que había sido hasta entonces. En semejante mundo, la memoria era un valor positivo, tanto más rico cuanto más lejos en el pasado lograra llegar y cuanto más tiempo se conservara.
Hoy una memoria tan sólidamente atrincherada parece en muchos casos potencialmente inhabilitante, en muchos más engañosa y en la mayoría, inútil. Uno no puede dejar de preguntarse en qué medida el rápido y espectacular crecimiento de los servidores y las redes electrónicas se debió a la promesa que ofrecían esos servidores de mitigar las preocupaciones relativas al almacenamiento, la evacuación y el reciclado de desechos. Puesto que el trabajo de memorizar produce más desperdicios que productos útiles y puesto que no hay una manera confiable de decidir de antemano qué será conveniente y qué no (cuál de los productos aparentemente útiles pronto caerá en desuso y cuál de los aparentemente inútiles gozará de un súbito resurgimiento de la demanda), la posibilidad de almacenar toda la información en contenedores que se mantienen a prudente distancia del cerebro (donde la información acumulada podría tomar subrepticiamente el control de la conducta) fue una proposición oportuna y tentadora.
En nuestro volátil mundo de cambio instantáneo y errático, las costumbres establecidas, los marcos cognitivos sólidos y las preferencias por los valores estables, aquellos objetivos últimos de la educación ortodoxa, se convierten en desventajas. Por lo menos, ésa es la posición en que las sitúa el mercado del conocimiento, para el cual (como sucede con las demás mercancías en los demás mercados) toda lealtad, todo vinculo inquebrantable y todo compromiso a largo plazo son anatema y también un obstáculo que hay que aparta enérgicamente del camino. Pasamos del laberinto inmutable creado en los laboratorios conductistas y la monótona rutina modelada por los colaboradores de Pavlov al mercado abierto, donde cualquier cosa puede pasar en cualquier momento pero en el que nada puede hacerse y fijarse de una vez y para siempre y donde cada paso logrado es una cuestión de suerte que de ninguna manera garantida que. Si se repite, se obtendrá otro éxito. Y lo que debemos recordar y apreciar con todas sus consecuencias es que en nuestros días el mercado y la totalidad del mappamundi et vitae se superponen. Como observaba recientemente Dany-Robert Dufour, «el capitalismo sueña no sólo con ampliar el territorio en el que todo objeto es una mercancía (derechos sobre el agua, derechos sobre el genoma y sobre todas las especies vivas, órganos humanos) hasta los límites del globo; también procura expandirlo en profundidad a fin de abarcar los asuntos privados, alguna vez a cargo del individuo (subjetividad, sexualidad) y ahora incluidos en la categoría de mercancía».
En el actual estadio «liquido de la modernidad, la demanda de las funciones directivas ortodoxas de disciplinar y vigilar se agota rápidamente. Y es fácil comprender por qué: la dominación debe lograrse y asegurase dedicando mucho menos esfuerzo, tiempo y dinero, mediante la amenaza de quedar excluido de todo compromiso o, mejor aún, mediante la negativa a priori a comprometerse, antes que aplicando el control y la vigilancia obstructivos y continuos, día tras día. La amenaza de exclusión del compromiso o la negativa al compromiso traspasan el onusprobandi al otro, al bando dominante. Ahora le corresponde al subordinado comportarse (y hacerlo diariamente) de un modo que atraiga el favor de sus jefes y despierte en éstos el interés por comprar sus servicios y sus productos individualmente diseñados, del mismo modo en que los demás productores y vendedores seducen a sus posibles clientes para que deseen las mercancías que ponen en venta. «Seguir la rutina» no bastaría para alcanzar ese propósito como comprobaron LucBoltanski y ÉveChiapello, quien quiera tener éxito en la organización que ha reemplazado las situaciones laborales del tipo «laberinto de ratones de laboratorio», debe mostrarse jovial, dueño de aptitudes comunicativas, abierto y curioso, ofreciendo a la venta su propia persona, la persona completa, como un valor único e irremplazable que mejorará la calidad del equipo. Ahora es responsabilidad del empleado en funciones o del que aspira a serlo monitorearse para poder estar seguro de que su forma de actuar es convincente y tiene probabilidades de hallar aprobación no sólo en el presente sino en cualquier ocasión, en caso de que el gusto de quien lo examina cambie. Ya no es tarea de los jefes moderar las idiosincrasias de sus empleados, homogeneizar sus comportamientos ni mantener sus acciones dentro del rígido marco de la rutina.
La receta para el éxito es “ser uno mismo” no ser «como todos los demás». Lo que mejor se vende es la diferencia y no la semejanza. Tener conocimientos y aptitudes adecuados para el empleo y ya exhibidos por otros que hicieron ese mismo trabajo antes o se postulan para hacerlo ahora, no sería suficiente: lo más probable es que se considere una desventaja. En cambio, hacen fallas ideas insólitas, proyectos excepcionales nunca antes sugeridos por otros y sobre todo, la gatuna propensión a marchar solitariamente por caminos propios. No parece sencillo cosechar y aprender semejantes virtudes en los libros de texto (y sí, quizás, en los cada vez más numerosos libros de bolsillo que enseñan o prometen enseñar cómo impugnar y apartar del camino el conocimiento y la sabiduría recibidos y cómo cobrar los ánimos necesarios para recorrerlo solo. Por definición, tales virtudes deberían desarrollarse desde dentro, mediante la liberación y la expansión de las fuerzas interiores que están latentes en las oscuras entrañas de la personalidad, unas fuerzas que esperan ser despertadas para ponerse a trabajar
Éste es el tipo de conocimiento (o más precisamente inspiración) que ambicionan los hombres y mujeres de la modernidad liquida. Quieren tener asesores que les ensenen cómo marchar, antes que maestros que les aseguren que están recorriendo la única carretera posible, ya abarrotada. Los asesores que buscan, y por cuyos servicios están dispuestos a pagar lo que haga falta pagar, deberían ayudarlos y lo harán) a excavar en la profundidad de su carácter y de su personalidad, donde se presume que están los yacimientos de precioso y sólido metal pidiendo a voces que se les descubra. Estos consejeros habrán de reprochar probablemente la pereza o la negligencia de sus clientes antes que su ignorancia y les enseñaran el «cómo», es decir, el savoir étre o el savoir vivre antes que el saber a secas, en el sentido de sabiduría, ese saber que los educadores ortodoxos deseaban impartir a sus discípulos y que sabían transmitir muy bien. El culto actual a la educación permanente se concentra en parte en la necesidad de actualizarse en cuando a las novedades últimas de la información profesional pero también, en una parte igual o mayor aún, debe su popularidad a la convicción de que el yacimiento de la personalidad nunca se agota y a la firme creencia de que todavía pueden encontrarse maestros espirituales que sepan cómo llegar hasta los depósitos aún inexplorados que los demás guías no pudieron alcanzar o pasaron por alto, es decir, pueden encontrarse dedicando el debido esfuerzo y el suficiente dinero para pagar el precio de sus servicios.
La marcha triunfal del conocimiento a través del mundo habitado (vivido) por los hombres y mujeres modernos se desarrolló en dos frentes, en el primero se procedió a invadir, capturar, domesticar, proyectar, colonizar y convertir en tierras de cultivo los nuevos territorios aún inexplorados del mundo. Gracias a los avances del primer frente, la construcción del imperio fue la de la información destinada a representar el mundo: en el momento de la representación, la parte representada del mundo se consideró conquistada v reivindicada para los seres humanos. El segundo frente fue el de la educación, que progresó expandiendo el canon de los hombres educados, y ampliando las capacidades de percepción y de retención de los educandos. En ambos frentes, la meta final del largo y tortuoso esfuerzo -el fin de la guerra- se tuvo clara¬mente presente desde el comienzo: todos los espacios en blanco se llenarían eventualmente hasta trazar un mappamondi completo y toda la información necesaria para moverse libremente por el mundo cartografiado se pondría a disposición de los miembros de la especie humana mediante la provisión de la cantidad necesaria de canales de transmisión educacional.
Sin embargo, cuanto más progresaba esta guerra y a medida que las crónicas de las batallas victoriosas se hacían más largas, tanto más parecía retroceder la «línea de meta» En esta lecha ya es prudente suponer que la guerra fue, continúa y continuará siendo imposible de ganar tanto en un frente como en el otro.
Para comenzar, trazar el mapa de cada territorio recién conquistado parece aumentar antes que disminuir el tamaño y la cantidad de espacios en blanco, por lo cual el momento de esbozar un mapamundi completo no parece inminente. Además, el mundo de ahí fuera, que alguna vez pareció fácil de capturar y aprehender, de encarcelar e inmovilizar en el acto de representación, hoy consigue escurrirse de toda forma registrada y se parece más a un jugador (por cierto astuto y taimado) que participa del juego de la verdad que a la apuesta en juego y el premio que los jugadores humanos esperaban compartir según la vivida descripción de Paul Viriito. «el mundo actual ya no tiene ningún tipo de estabilidad, está todo el tiempo deslizándose, escurriéndose silenciosamente».
Con todo, desde el segundo frente, desde el frente educacional, el de la distribución del conocimiento, llegan noticias todavía más seminales. Por continuar citando a Virilio, «lo desconocido ha cambiado de posición; ha pasado del mundo, que era demasiado vasto, misterioso y salvaje, a la galaxia nebular de la imagen». Los exploradores deseosos de examinar esa galaxia en su totalidad son pocos y solo aparecen esporádicamente, y los que están capacitados para hacerlo son aún menos. Hombres de ciencia, artistas, filósofos, todos nosotros nos encontramos en una especie de "nueva alianza" para la exploración de esa galaxia, un tipo de alianza de la que también la gente común podría abandonar toda esperanza de, llegar a formar parte. La galaxia es, pura y sencillamente, inasimilable. Aun más mucho más, en el mundo a que se refiere la información, la información misma ha llegado a ser el principal sitio da lo "desconocido". Hoy lo que parece “demasiado vasto, misterioso y salvaje” es la información misma. Los hombres y mujeres comunes de la actualidad estiman mucho más amenazadores esos volúmenes gigantescos de información ávidos de atención que los pocos «misterios del universo» que quedan y que sólo son objeto de interés para un pequeño grupo de adictos a la ciencia y un puñado aún más pequeño de aspirantes al premio Nobel.
Todo lo desconocido tiende a sentirse como una amenaza, si bien las diferentes variedades de desconocido provocan distintas reacciones. Los espacios en blanco del mapa del universo despiertan la curiosidad del aventurero, lo incitan a la acción y aumentan su determinación, valor y confianza. Prometen una interesante vida de descubrimientos, auguran un futuro mejor librado poco a poco de las molestias que envenenan la vida. Pero es muy diferente el caso de la masa impenetrable de información «objetivamente disponible»: todo esta aquí, accesible ahora y al alcance de la mano y, sin embargo, insolente y enloquecedoramente distante, obstinadamente ajeno. Mas allá de toda esperanza de ser comprendido cabalmente alguna vez. El futuro ya no es un tiempo que se persiga. Sólo aumentará las complicaciones presentes, acrecentando exponencialmente la inútil y sofocante masa de conocimiento, impidiendo la salvación que seductoramente ofrece. La completa masa de conocimiento en oferta es el principal obstáculo que impide aceptar esa misma oferta. Y también es la principal amenaza a la confianza humana: seguramente debe de haber en alguna parte, en esta aterradora masa de información, una respuesta a cualquiera de los problemas que nos atormentan y así es cómo, si no se consigue hallar la respuesta, sobrevienen inmediata y naturalmente la autocrítica y el menosprecio por uno mismo.
La masa de conocimiento acumulado ha llegado a ser el epítome contemporáneo del desorden y el caos relevantes, asignación de importancia, necesidad de determinar la utilidad y autoridades que determinen el valor. La masa hace que sus contenidos parezcan uniformemente descoloridos. Podríamos decir que en esa masa cada pizca de información fluye con el mismo peso especifico Y la gente, a la que se le niega el derecho a opinar por si misma por falta de pericia pero que es constantemente abofeteada por las comentes cruzadas da tas contradictorias declaraciones de los expertos, no tiene manera de separar la paga del trigo.
En la masa, la parcela de conocimiento recortada para el consumo y el uso personal sólo puede evaluarse por su cantidad; no hay ninguna posibilidad de comparar su calidad con el resto de la masa. Una porción de información es igual a otra. Los programas de preguntas y respuestas de la televisión reflejan fielmente esta nueva informidad obtusa y desconcertante del conocimiento humano; el competidor recibo la misma cantidad de puntos por cada respuesta acertada, independientemente del tema a que se refiere la pregunta. La importancia de las preguntas y la consecuente trascendencia de las respuestas no cuentan. Y si contara, ¿cómo se las arreglaría uno para compararlas y medirlas?

Conclusión

Asignar importancia a las diversas porciones de información y más aún asignar a algunas más importancia que a otras probablemente sea una de las tareas más complicadas y una de las decisiones más difíciles de tomar. La única regla empírica que puede guiamos es la relevancia momentánea del tema, una relevancia que, al cambiar de un momento a otro, hace que las porciones de conocimiento asimiladas pierdan su significación tan pronto como fueron adquiridas y. a menudo, mucho antes de que se les haya dado un buen uso. Como oirás mercancías del mercado, son productos concebidos para ser consumidos instantáneamente, en el acto y por única vez.
En el pasado, la educación adquiría muchas formas y demostró ser capaz de ajustarse a las cambiantes circunstancias, fijándose nuevos objetivos y diseñando nuevas estrategias. Pero, lo repito, el cambio actual no es como los cambios del pasado. En ningún otro punto de inflexión de la historia humana los educadores debieron afrontar un desafío estrictamente comparable con el que nos presenta la divisoria de aguas contemporánea. Sencillamente, nunca antes estuvimos en una situación semejante. Aún debemos aprender el arte de vivir en un mundo sobresaturado de información. Y también debemos aprender el aún más difícil arte de preparar a las próximas generaciones para vivir en semejante mundo.

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46 PRÁCTICA PARA LA SEMANA DEL 3/7 el Dom Jul 02, 2017 4:38 pm

GARCÍA

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En grupos:

1) Leer y reflexionar sobre “Los retos de la educación en la modernidad líquida” de Zygmunt Bauman.
2) Buscar imágenes (de tamaño visible, NO pequeñas), que representen el estado de la educación en la era posmoderna. Fundamentar.

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48 EL SISTEMA EDUCATIVO EN LA MODERNIDAD LÍQUIDA el Miér Ago 09, 2017 10:09 pm

GARCÍA

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EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA
El sistema educativo en la modernidad líquida.
Retos y oportunidades en la generación de ciudadanía

Oscar David Rivera Garrido
Universidad de Colima.Facultad de Ciencias Políticas y Sociales.

Hemos identificado los dos objetivos principales de la política educativa de las clases dominantes: la producción de la fuerza de trabajo y la reproducción de las instituciones y las relaciones sociales que facilitan la conversión de la fuerza de trabajo en beneficios (…) el sistema educativo ayuda a legitimar la desigualdad económica (…) la escuela produce, recompensa y certifica las características personales relevantes para la ocupación de las posiciones de la jerarquía (Bowles y Gintis en Fernández Enguita, 1987: p. 131)

En esta ponencia se realizará un breve análisis sobre el sistema educativo en el periodo actual, considerado por Zygmunt Bauman como de la modernidad líquida, pudiendo comprender el rol de la educación en nuestros días, así como el impacto en los procesos de socialización y en la generación de ciudadanía, al igual que los retos y oportunidades a los que se enfrenta el sistema educativo.
Para ello se debe destacar que la búsqueda de la construcción de ciudadanía, debe ir más allá del ejercicio del voto y los sistemas educativos tienen una labor determinante, rescatando la esencia humanista, potenciando el desarrollo de las capacidades cognitivas, sociales, afectivas, estéticas y morales de los alumnos.
En primera instancia se requiere precisar el término modernidad que desde la perspectiva de Berger y Luckmann es un concepto filosófico y sociológico, que como proyecto busca imponer la razón como norma trascendental a la sociedad (Berger y Luckmann, 1999), y aquí se debe destacar dos tipos de modernidad si nos remitimos a Bauman, la modernidad sólida y la modernidad líquida.
En el caso actual es posible referirse a la modernidad líquida, caracterizada por el derretimiento de los sólidos, es decir, de la disolución de lealtades, derechos y obligaciones acostumbradas, un desmoronamiento de las agencias de acción colectiva y una desintegración de la trama social en la que prevalece la instantaneidad o el corto plazo (Bauman, 2000).
Ante este escenario resulta importante analizar el comportamiento del sistema educativo, toda vez que la educación es la base del desarrollo social, ya que como lo establece la Declaración Universal de los Derechos Humanos en su artículo 26,
fracción II:
La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales;
favorecerá la comprensión, la tolerancia y la amistad entre todas las naciones y todos los grupos étnicos o religiosos (Bouché Peris, 2004: p. 140)

De esta forma el sistema educativo debe estar orientado a favorecer la generación de habilidades y competencias que giren en torno al cumplimiento de lo anterior; sin embargo resulta complicado, ya que si bien se habla de pluralismo, este ha generado ansiedad, estrés, así como la pérdida de la calidad de ciertos estratos de sentido que orientan la acción y la vida, llevando al extremo del fundamentalismo y el relativismo, por lo tanto el favorecimiento de la tolerancia y la amistad parecen haber quedado en otro momento histórico, pero no en el actual, quizá en gran medida por el rol que juega la educación en la modernidad líquida, ya que el aprendizaje y la educación fueron creados a la medida de un mundo que era duradero, esperaba continuar siendo duradero (Bauman, 2008: p. 36)

1. LOS ROLES EDUCATIVOS EN LA MODERNIDAD LÍQUIDA

El discurso del Estado afirma y justifica el propósito de que la educación básica prepare a los futuros ciudadanos para incorporarse a un mundo moderno caracterizado por: a) una economía mundial integrada y altamente competitiva; b) procesos de participación política cada vez más plurales y democráticos; y c) una preocupación creciente por el cuidado del medio ambiente y los recursos nacionales (Santos del Real, 2000: p. 55)
En este sentido los roles controlan la institucionalización y están estrechamente vinculados con la relación con la colectividad, su interacción y contexto (Berger y Luckmann), es aquí cuando la educación cumplía el rol de preparar a los alumnos para una actitud libre y participativa en la vida social (Fernández Enguita, 1987: p. 159), así como fomentar y favorecer el conocimiento de sí mismo (el aprendizaje de autonomía) y de la alteridad, del otro; formar un espíritu crítico capaz de discernir con la mayor claridad la vida social y orientar el comportamiento; educar en el compromiso y la
responsabilidad del quehacer del hombre (Bouché Peris, 2004: p. 151)
En la actualidad la educación ha ido modificando sus roles, en gran medida por estar inmersa en la modernidad líquida, en la que el capital se convierte en el eje rector de la vida cotidiana, en la que la educación corre el riesgo de convertirse en una mercancía, por la visión de Estado reducido, como claro ejemplo el aumento de instituciones educativas privadas en todos los niveles, mostrando que sólo quienes puedan pagar una colegiatura tendrán acceso a educación de calidad y por ende podrán ser competitivos en este mundo globalizado, dejando de lado la cooperación y el sentido social.
Lo anterior muestra una reificación del proceso educativo ya que el fenómeno humano se cosifica, en este caso el conocimiento, que como señala Bauman:

El conocimiento se ajusta al uso instantáneo y se concibe para que se utilice una sola vez (...) Hoy el conocimiento es una mercancía; al menos se ha fundido en el molde de mercancía y se incita a seguir formándose en concordancia con el modelo de la mercancía (Bauman, 2008: p. 30)

Esto es posible por las características de la sociedad moderna que de acuerdo con Berger y Luckmann, se caracterizan por la diferenciación de los actos dentro de las esferas institucionales, los individuos se subordinan a las instituciones, es difícil la promoción de sentidos compartidos, entre otras, de forma que la subordinación de los individuos al sistema capitalista y a la óptica de privatización de la esfera educativa encajan perfectamente con el patrón de sociedad actual.
Aunado a ello, la sociedad posmoderna considera a sus miembros en calidad de consumidores, el interrogante sobre el cual se medita en la actualidad es si uno debe consumir para vivir o vive para consumir (Bauman, 1999: p. 107) privando una lógica individualista, si bien en algunas instituciones educativas se ha buscado reforzar el trabajo colaborativo, esto obedece a criterios empresariales, ya que difícilmente el trabajo colaborativo va más allá de una simple tarea, carece del espíritu crítico y de
sentido de cambio social, debido a que:

La sociedad reduce la educación a mecanismo de control, a procesos de transmisión y asimilación ideológica del saber cuando impone a los educandos la obligación de aprender resultados de la actividad científica sin el reconocimiento del método y de las condiciones de validez del conocimiento objetivo y sistemático (Vázquez Piñón, 1994: p. 51)

Así implícitamente los individuos legitiman el actual sistema educativo, desempeñan el rol que se les enseñó, un rol carente de crítica y análisis social, en el que se privilegia la técnica, sumisión y obediencia a un sistema en crisis, pues los alumnos dejan de cuestionar el proceso de enseñanza-aprendizaje, los valores que se promueven, el sentido de movilidad social, es simplemente una fase que permita insertarlos en el cada vez más complicado mercado laboral.
Ante ello, la construcción de la ciudadanía resulta muy complicada, ya que nuevamente la tendencia individualista se presenta con la modernidad líquida a tal grado que lo público queda a segundo plano o simplemente desaparece, quedando atrás las prácticas sociales, formas de expresión, comunicación, información e interacción, por lo que el ejercicio ciudadano queda limitado.
Lo trascendental sería llevar a la vida cotidiana el conocimiento adquirido apegándose con la Declaración Universal de los Derechos Humanos, realizando reformas al modelo educativo sin orientaciones políticas o ideológicas, en este sentido debe quedar claro que:

La educación se cumple como práctica ideológica cuando no se preocupa por examinar las condiciones de origen de los contenidos y fundamentos de su propia práctica (…) la práctica educativa que se realiza como ideología se deja asimilar por las tendencias sociales orientadas a la liquidación de la autonomía del sujeto y
a la evitación de las mínimas transformaciones sociales (Vázquez Piñón, 1994: p.
40)
Ante la lógica que permea la modernidad líquida en el que la masa de conocimiento acumulado ha llegado a ser el epitome contemporáneo del desorden y el caos (Bauman, 2008: p. 44) se corre el riesgo de que las instituciones educativas se conviertan en espacios vacíos de sentido, siguiendo una lógica de alienación, mecanizando la enseñanza-aprendizaje con base a criterios de mercado, fomentando la exclusión de aquellas áreas que para la óptica capitalista carezcan de valor de
transacción o generen fuertes críticas al sistema, en particular el área de las ciencias sociales y humanidades.
Por otro lado, los sistemas educativos han tendido a sobresaturar a los alumnos de información y ha ido en detrimento de la perspectiva humanista, ya que la educación pasa a ser una cosa que se consigue completa y terminada, o relativamente acabada (Bauman, 2008: p. 24). De esta forma al saturar a los alumnos de información se desvirtualiza el proceso de enseñanza-aprendizaje evitando la comprensión de los temas fundamentales.

2. EL SISTEMA EDUCATIVO MEXICANO. EDUCACIÓN SECUNDARIA

La secundaria debe asegurar que el paso por la escuela represente para todos sus alumnos, la adquisición efectiva de los conocimientos, habilidades, valores y actitudes mínimos necesarios para incorporarse como actores a la vida ciudadana, independientemente de sus desiguales condiciones de vida, a la vez que atiende la
diversidad de intereses, expectativas y capacidades de sus destinatarios (Santos del
Real, 2000: p. 58)

Resulta interesante destacar que en el caso mexicano y en particular del sistema educativo secundario, el gobierno del presidente Calderón estableció como objetivos:
• Alcanzar la justicia y equidad educativa
• Mejorar la calidad del proceso y el logro educativo
• Transformar la gestión institucional para colocarla al servicio de la escuela
Sin embargo entre los objetivos se debe priorizar la generación de una educación integral que fomente la ciudadanía, y no se limite a la inserción de los jóvenes al mercado laboral, así como poder cumplir con la meta general quinta de la Organización de Estados Iberoamericanas en el sentido de ofrecer un currículo significativo que asegure la adquisición de competencias básicas para el desarrollo personal y el ejercicio de la ciudadanía democrática (OEI, 2008).
Por otro lado, el sistema educativo debe tener cuidado de no promover la tendencia nacionalista, que afirma la existencia tribal por medio de la agresión y el odio a los otros, en todo caso promover el patriotismo que tiene una benévola tolerancia de variedad cultural (Bauman, 2000) y aquí por ejemplo la forma de enseñar historia de México podría ser cuestionada sobre todo por la falta de conciencia crítica del devenir histórico, ya que no basta con memorizar fechas, se debe comprender el pasado y sus repercusiones en el presente, evitando cometer los mismos errores en el futuro; sin embargo el sistema educativo actual tiende a ser acrítico.
Asimismo el sistema educativo actual no se ha encargado de promover los valores que puedan construir una noción de ciudadanía que no se limite al ejercicio del voto, si bien existen materias base en el caso de la secundaria mexicana como Formación Cívica y Ética, el contenido y su aplicación quedan limitadas, porque no se ha comprendido que la educación como reflexión universal es la educación que el sujeto se otorga a sí mismo, de manera libre y consciente, de forma crítica y emancipadora, como una construcción de la conciencia posible (Vázquez Piñón, 1994: p. 133).
Así se requieren cambios profundos, pues como bien se indica en el documento La educación que queremos para los bicentenarios, no se trata sólo de que los alumnos reciban clases teóricas sobre educación cívica, sino también que vivan en ambientes escolares plurales, participativos y equitativos (OEI, 2008: p. 125), mientras que en las secundarias mexicanas existe una constante discriminación entre los alumnos, en gran medida porque los docentes no han fortalecido la tolerancia y el respeto a la diversidad cuando la educación secundaria es la etapa en la que se forman ciudadanos y se
afirma el derecho de las personas (Pavez en: Rama, 2001: p. 6).
Aquí los docentes no han sabido adaptarse a las necesidades de los jóvenes en este mundo bajo la modernidad líquida, tratando de contrarrestar sus efectos, enseñando que poseer bienes materiales no puede ser el proyecto de vida, mostrando el grave daño que haremos a nuestro cada vez más frágil entorno ecológico.
Es por ello que además de los docentes, la labor educativa debe ir de la mano de la sociedad civil, y aquí es interesante destacar que el gobierno mexicano busca dar mayor importancia a los Consejos Escolares, ya que

Contrario a lo que sucede en otros países, en México las políticas educativas no han contado con la supervisión de la sociedad (…) La idea no es nueva. En 1992 el gobierno de Carlos Salinas de Gortari buscó un modelo educativo diferente basado, entre otras cosas, en el acercamiento de los padres de familia con la escuela (…) De las 196 mil escuela públicas en el país, únicamente 88 mil conformaron sus consejos, buena parte de los cuales son infuncionales (…) Este podría ser el cambio más importante de la actual propuesta del gobierno de
Felipe Calderón. Los padres ahora sí tienen una vía para influir en la educación de sus hijos (El Universal, 2010)

Otro aspecto que debe analizarse en el caso del sistema educativo mexicano se vincula con el contenido, ya que por ejemplo en la Alianza por la Calidad de la Educación se habla de construir ciudadanía; sin embargo el acuerdo relativo a la Formación Integral de los alumnos resulta breve y sin indicadores claros, por ejemplo se muestra como acuerdo el Impulsar la reforma de los enfoques, asignaturas y contenidos de la educación básica, y la enseñanza del idioma inglés desde preescolar y promoción de la interculturalidad, y como sus consecuencias formar ciudadanos íntegros, capaces de desarrollar todo su potencial y por otro lado contribuir al desarrollo cognitivo, fortalecer la reflexión sobre la lengua materna y la apertura hacia otras culturas (ACE, 2008).

Si bien es central la apertura hacia otras culturas no se establece cómo lograrla, ya que aprender una lengua extranjera parece muy limitado como para responder a la dinámica actual o para formar ciudadanos integrales, ya que El hombre civil, el ciudadano, es aquel que es miembro activo de una comunidad política (Guevara Niebla, 1998) y parece que el esquema mexicano no ha logrado esa formación cívica, tal vez porque en la modernidad líquida no resulta un atributo de valor, por no seguir la lógica de mercado, del úsese y deséchese. Por ello se debe responder ante los cambios de manera rápida y precisa, ya que:

Para la reforma, un tema esencial es el de la cultura juvenil (…) los centros educativos deberían ser lugares donde se elaborar el tiempo libre (…) lugares que incluyeran la prevención (…) y centros formadores de la vida ciudadana y de los valores democráticos (Weinstein en Rama, 2001: p. 169)

3. REFLEXIONES FINALES

La educación tiene un enorme éxito cuando inculca en los alumnos actitudes de apoyo a las libertades civiles a través de mecanismos como hacerles escuchar o leer repetidamente temas que tratan de esas libertades, dado que esto los familiariza con situaciones políticas, los pone en contacto con las ideas y los principios de las figuras de la historia y les transmite argumentos para defender esas normas (Guevara Niebla, 1998)

Es por ello que los sistemas educativos desde su concepción deben entender que la inmovilidad no es una opción realista en un mundo de cambio permanente (Bauman, 1999), se requieren modificaciones desde la base, rescatando la esencia humanista de la educación, no puede entenderse como un producto más, ni al estilo del úsese y deséchese, la alternativa es potenciar el desarrollo de las capacidades cognitivas, sociales, afectivas, estéticas y morales de los alumnos, desarrollando programas de atención específica a los grupos con rezago en materia de educación,
analfabetismo funcional y condiciones socioeconómicas en desventaja con énfasis en las mujeres, las minorías y las poblaciones vulnerables (Macedo y Katzkowicz, 2002).
Otro punto importante, que resulta un reto ante la modernidad líquida es la generación de jóvenes que rompan con el sueño de convertirse en un producto admirado, deseado y codiciado, en el que existe una constante competencia entre ellos por sobresalir cuando lo que se debe rescatar es la esencia del ciudadano informado, crítico, capaz de transformar su entorno.
Por ello la educación secundaria cumple un rol central en la generación de ciudadanía, por ende requiere de docentes comprometidos con su labor, que logren vincular los contenidos con la vida diaria de los alumnos, dejando de lado las técnicas arcaicas de memorización y aprovechando al máximo las nuevas tecnologías de la información, ya que la modernidad líquida implica un reto intelectual, requiere de cultivarse y entender a los jóvenes para poder cambiar la lógica individualista, y para lograrlo también implica la participación de los padres de familia, porque Mejorar la educación es la mejor manera de mejorar a México. Mientras mejores sean nuestros alumnos, mejor México tendremos y para ello necesitamos también mejores maestros y mejores padres de familia (Calderón, 2010)
Finalmente como señala Bauman aún debemos aprender el arte de vivir en un mundo sobresaturado de información. Y también debemos aprender el aún más difícil arte de preparar a las futuras generaciones para vivir en semejante mundo (Bauman, 2008: p.46), un mundo en el que la educación debe ser un pilar, que permita generar ciudadanos informados, que no sigan la lógica del sistema líquido, que puedan encontrar su sentido en la colectividad, en el que el ideal de felicidad no puede reducirse al aspecto económico para poder avanzar hacia una sociedad mejor preparada y más capaz de transmitir la cultura de nuestro tiempo a las nuevas generaciones (OEI, 2008: p. 94)

FUENTES DE INFORMACIÓN
• Berger, P. y Luckmann, T. La construcción social de la realidad. Amorrurtu. Argentina. 2003
• Berger, P y Luckmann, T. Modernidad, pluralismo y crisis de sentido. La orientación del hombre moderno. Paidós. Argentina. 1997
• Bauman, Z. Los retos de la educación en la modernidad líquida. Gedisa Editorial. Argentina. 2008
• Bauman, Z. Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica. Argentina. 2000
• Bauman, Z. La globalización. Consecuencias humanas. Fondo de Cultura Económica. Brasil. 1999
• Bouché Peris,H. Educar para un nuevo espacio humano. Perspectivas desde la antropología de la educación. Dykinson. Madrid. 2004
• Editorial. (Jun., 9, 2010). Los vigilantes de la educación. El Universal. Recuperado el 9 de junio de 2010, de http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/48649.html
• Fernández Enguita, M. La escuela en el capitalismo democrático. Universidad Autónoma de Sinaloa. México. 1987
• Guevara Niebla, G. Democracia y educación. Instituto Federal Electoral. México. 1998
• Macedo, B. y Katzkowicz, R. En busca de la equidad en la Educación Secundaria. UNESCO. Santiago de Chile. 2002
• OEI. Metas educativas 2021. La educación que queremos para la generación de los Bicentenarios. Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura. Madrid. 2008
• Rama, G. W. et al. Alternativas de reforma de la educación secundaria. Banco Interamericano de Desarrollo. Washington. 2001
• Ramos, J. (abril, 19, 2010). Mejorar la educación es mejorar a México: FCH. El Universal. Recuperado el 19 de abril de 2010, de http://www.eluniversal.com.mx/notas/673821.html
• Santos del Real, A. La educación secundaria: perspectivas de su demanda. Universidad Autónoma de Aguascalientes. México. 2000
• SNTE-SEP. Alianza por la Calidad de la Educación. México. 2008
• Vázquez Piñón, J. Introducción a la filosofía de la educación. Secretaría de Educación del Estado de Michoacán. México.1994



Última edición por GARCÍA el Miér Ago 09, 2017 10:20 pm, editado 1 vez

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49 PRÁCTICA PARA LA SEMANA DEL 14/8 el Miér Ago 09, 2017 10:19 pm

GARCÍA

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En grupos:

1) Identificar dos situaciones democráticas y dos antidemocráticas que se produzcan reiteradamente en el contexto escolar. Analizar sus implicancias y modos de acción en relación a las mismas: “cómo fomentar las democráticas y subsanar las antidemocráticas…”

2) Leer y reflexionar sobre “El sistema educativo en la modernidad líquida.” Trasladar al Nivel Primario.

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50 Ética y Moral de y hacia Animales no humanos el Miér Ago 09, 2017 10:25 pm

GARCÍA

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Se confirmo lo que sabiamos el Sáb 8 Jul 2017 - 0:31
Germanborello4A2017

https://www.clarin.com/sociedad/confirman-perros-entienden-decimos-hacemos_0_r1475gQo.html

Saludos.!



Es así Germán.
Los perros y todos los animales en general.
Y en bastante mayor medida... los gatos.

En realidad, los animales poseen capacidades perceptivas que van mucho más allá de las humanas.
Más de uno se sorprendería...
Por eso merecen nuestro máximo respeto.

Muchas gracias por compartirlo! Wink



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Última edición por GARCÍA el Lun Ago 21, 2017 12:37 pm, editado 3 veces

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